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La compasión sin límites, en sus raíces y en sus consecuencias, es del Señor, “mi luz y mi salvación”
Fr. Imanol Larrinaga, OAR - 10/04/2017

La sociedad nos empuja mucho a gritar y a prejuzgar, se hace casi ley convertirnos en árbitros inapelables y con derecho casi absoluto a pontificar sin temor a pensar que nos equivocamos. Muchas veces es la ley del embudo, no encontrando posibilidad para entrar en uno mismo y descubrir su propia falsedad: “yo me esforzaba por buscar la causa del mal, pero como la buscaba mal, ni siquiera me daba cuenta de lo mal que lo buscaba” (Confesiones 7, 5, 7).

            Lo contrario a todo esto es la aclamación antes del evangelio: “Señor, Rey nuestro, solamente tú te has compadecido de nuestros errores”. Es una gran verdad, única en su contenido y expresión total, y muy lejana a nuestros comportamientos tan injustos. La compasión de Dios es sin medida: “te he llamado… para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas” (Is 42, 7). Incluso en la justificación por las obras buenas, un juicio de Judas, el Señor tiene una mirada-palabra de ternura: “déjala, lo tenía guardado para mi sepultura” (Jn 12, 7). Y esto da pie a Agustín para una reflexión y ejemplo de vida: “unge los pies de Jesús. Sigue las huellas de Jesús con tu buena vida. Seca sus pies con tus cabellos: si tienes cosas superfluas, repártelas a los pobres, y así enjugas los pies de Jesús, ya que los cabellos parecen ser lo superfluo del cuerpo. Tienes que emplear lo que te sobra; para ti son cosas superfluas, mas para los pies del Señor son necesarias” (Tratado sobre el ev. según Juan 50, 6-9).

            La compasión sin límites, en sus raíces y en sus consecuencias, es del Señor, “mi luz y mi salvación” Es como si se nos dijera: ante todo error (pecado, maldad, desobediencia, soberbia…) “el Señor es la defensa de mi vida”. Precisamente porque el “Dios todopoderoso mira la fragilidad de nuestra naturaleza y con la fuerza de la pasión de su Hijo levanta nuestra débil esperanza” (Oración colecta).

            Estamos en semana santa y se impone una interiorización de actitudes y conductas que encajen más con el espíritu de Jesús: “hagamos de nuestro corazón un altar. Negociemos allí nuestra reconciliación con el Señor por medio de su Hijo, nuestro sacerdote. Ofrezcámosle el sacrificio de nuestra sangre, luchando hasta la última gota por la verdad. Dediquémosle el incienso, suave y oloroso, de nuestro amor quemándonos lentamente en su presencia. Devolvámosle sus propios dones, haciéndonos nosotros un don aceptable. Brindémosle el recuerdo de las bondades que ha tenido con nosotros. Presentémosle la hostia de nuestra humildad y la oblación de nuestro corazón” (De la Ciudad de Dios 10, 3).

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