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La renovación permanente, un replanteamiento de la vida como conversión continua, tiene una base cierta: “hemos sido rescatados a precio de la Sangre de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha” (1 Pe 1, 18-19).
Fr. Imanol Larrinaga, OAR - 01/04/2017

El creyente tiene cada día una llamada a beneficiarse de una renovación permanente con nuevas energías y creatividad, y, también, a enriquecerse de una nueva sensibilidad espiritual y apostólica: “que tu amor y tu misericordia dirijan nuestros corazones” (Oración colecta). Dios dirige el corazón del profeta: “me instruyó y comprendí” (Jer 11, 18). En medio de la hostilidad, el profeta está solo con el Señor, su amo y confidente: él informa al ingenuo, a él acude el perseguido, él sentencia a los culpables. Jeremías nos lega apuntes de oración personal y el “Señor, desde su templo, escuchó la plegaria” (Salmo 17, 7) “porque a ti he encomendado mi causa, Señor, Dios mío” (Jer 11, 20).

            Descrita queda la luz de Dios que invade al profeta, le ilumina y le coloca como centinela: “permíteme con todo a mí, polvo y ceniza, hablar en presencia de tu misericordia. Sé que, al hacerlo, no hablo a hombres que pueden reírse de mí. Aunque quizá mis palabras causan risa a ti, al menos cuando te vuelvas a mí sé que de mí tendrás misericordia” (Confesiones 1, 5, 6). El profeta asume que no se puede actuar con palabras y gestos ambiguos para que no lleven en sí malentendidos, conflictos, frustraciones y fracasos. Es hora, así lo plantea el evangelio, de confesar al Hijo del Hombre y, a la vez, hacer frente a las discordias por su casa. La actitud de Nicodemo, (¿renacido ya “de lo alto”?) se sitúa en la confesión de fe en el Mesías y manifiesta su testimonio con valentía.

            La renovación permanente, un replanteamiento de la vida como conversión continua, tiene una base cierta: “hemos sido rescatados a precio de la Sangre de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha” (1 Pe 1, 18-19). La confesión sobre Jesucristo se sintetiza en tres tiempos: predestinado desde siempre, manifestado en esta última etapa, muerto y resucitado. Es la respuesta que no dan los enemigos de Jesús pero que, por otro lado, debe convertirse en respuesta confesional en la vida de quien se siente y es discípulo y apóstol del Mesías: “Dios necesitó sólo de una palabra para crearnos, pero hubo de derramar su sangre para redimirnos. Así, pues, cuando te sientas frustrado por tus miserias, recuerda lo que has costado” (Sermón 36, 8).

            La Cuaresma es un camino en el que Dios “prueba las entrañas y el corazón”, en el que podemos gritar: “Señor, Dios mío, a ti me acojo, líbrame de mis perseguidores” y en el que manifestamos nuestra esperanza: “Mi escudo es Dios”.

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