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Severino Calderón Martínez (ofm), reflexiona en torno al catequista del tercer milenio
Fr. Severino Calderón Martínez, ofm - 30/09/2009
(38 Kb)
La Iglesia existe para Evangelizar dice Pablo VI en la Evangelii Nutiandi.
El proceso de evangelización del Pueblo de Dios es movido por el Espíritu Santo que nos lleva a anunciar el Evangelio (Buena Noticia) de cara a la construcción del Reino (haciendo Iglesia que empuja hacia el Reino), dando testimonio de Ser y Vivir como creyentes. Todo esto supone un proceso de acompañamiento y educación en Comunidad Cristiana que Celebra (los sacramentos), transformando el orden temporal desde la universalidad de la salvación.

El proceso evangelizador tiene tres etapas:

1) ACCIÓN MISIONERA: tiene por finalidad ser “despertador” de los no creyentes....Tarea de preparar terreno y SEMBRAR (Anuncio-Conversión).

2) ACCIÓN CATEQUÉTICA: proceso de maduración de la fe ENRAIZAR la siembra (ARBOL CON RAIZ)

3) ACCIÓN PASTORAL: fieles que pertenecen ya a la Comunidad, que deben seguir madurando y evangelizando (misionando). FRUTOS DEL ARBOL (madurez de la cosecha).


LA IDENTIDAD DEL CATEQUISTA
Después de definir lo que entendemos por evangelización desde el proceso catequético, ahora nos centramos en el ser del catequista y los rasgos de su identidad, identidad que se sitúa en el marco de la Comunidad Cristiana.

Cuando alguien se siente llamado a comunicar Buenas Noticias, debe hacerlo desde una identidad comunitaria para que actúe conjuntamente con los demás. Se pone su vocación, llamada de Dios, respuesta humana, al servicio de los demás o se propone a una persona que forme parte del grupo y se haga catequista, conviene tener en cuenta, quitando cualquier equívoco que: “dar catequesis” no es una evasión, una diversión, un modo de emplear el tiempo libre, un “hobby”, sino un servicio a Cristo y a la Iglesia, desde el carisma específico que se ha recibido (agustino, franciscano...).

1.- La identidad de fe
Las motivaciones, lo que constituye la razón de reunirse o de “estar juntos”, no son de orden psicológico y pedagógico (necesidad del grupo para el crecimiento de la persona...),. Ni es una evasión de la realidad, ni compensación de otras frustraciones...

La identidad del catequista y del grupo no viene de fuera o de arriba. Viene referida por la Palabra de Dios a cuyo servicio llama el Señor a los catequistas..

Es una identidad que hay que descubrir en la fe, vivir en la caridad, en el amor recíproco, e interpretar en la esperanza, otorgada como un don del Señor. Sin esta perspectiva el catequista será incapaz de comprender correctamente las exigencias de la fe que van más allá de la trama humana de las relaciones exteriores.

Los motivos humanos no pueden ser ignorados pero han de ser asumidos desde la dimensión de la fe, en la que se concede preeminencia absoluta a la PALABRA DE DIOS. Los catequistas se sienten reunidos, ante todo por la Palabra de Dios, que les convoca y de la que dependen a la hora de desempeñar su servicio que requiere una actitud de escucha junto al Señor.

Es él, el Maestro, el primero que sale al encuentro con la Palabra, la cual tiende a crear comunidad.

No es pues el “catecismo” –explicar verdades contenidas en un manual...- el motivo principal que reúne a los catequistas, sino la Palabra de Dios, cuyo horizonte está mas allá del papel de “dar catequesis”, aunque este sea un medio para encontrarse con el Señor.

Los catequistas se sienten reunidos principalmente por el don de la Palabra, que reconoce su vocación bautismal y crismal y proporciona espacio operativo a su eventual misión matrimonial y religiosa. Todo gira en torno a la Palabra como centro animador y propulsor. Se trata de escuchar, presentar y profundizar el mensaje evangélico. Todo converge y dimana de ella; en ella está la verdadera identidad, el ser del catequista, el camino de la fe que tiene como fin el anuncio del Reino en la Iglesia. El latido de la vida del catequista surge de la escucha de la Palabra y la humilde disponibilidad a la común acogida de la propuesta cristiana. El catequista interioriza su identidad de fe que es siempre un don, desde una actitud de humildad y de simplicidad.


2.-El catequista forma parte de una comunidad de discípulos
El catequista vive su vocación desde una identidad de discípulos, lugar donde profundiza su formación cristiana. Desde ahí se aprende a ser mas responsables de su fe, dando cuenta de ella en el ministerio. Todo catequista debe ser un adulto en la fe.

El anuncio de la Palabra es un don, destinado a poner de relieve un rasgo fundamental de todo bautizado que hay que descubrir a la luz de la experiencia del Evangelio.

El catequista es un discípulo del Señor que, junto con los demás catequistas, constituye una comunidad de discípulos que se hace disponible para el anuncio del mensaje cristiano. Se crean vínculos de dependencia, de complementariedad, de coparticipación y de testimonio que crean comunión eclesial, indispensable para el ministerio. El catequista se debe dejar transformar por el mismo anuncio que transmite a los catequizandos. La comunidad está atenta a las personas, a su proceso de fe, a su desarrollo cristiano. Exigencias de acuerdo a la misión de “servidores” de la Palabra. Así se comportó Jesús (Mc 4,10-12; 6, 31).

El grupo prepara para ser responsable y coherente, y “no funcionario”... Es insuficiente una formación de carácter doctrinal, pedagógica o didáctica, si no introduce en un camino de fe común y compartida, desde la corresponsabilidad y sentido de vivir una comunión. Vivir esta comunión con el Maestro es vivir también esa experiencia de comunión con la comunidad, para compartir la misma misión del Maestro (Lc. 10,1-5).


3.- Pertenece a una comunidad de hermanos
La escucha atenta de la Palabra de Dios modifica no solo la relación con el Señor, sino las relaciones mutuas. El mensaje encierra ya el don de la comunión. Los catequistas reunidos forman una comunidad de hermanos que encuentran en la Palabra la fuente, el motivo y la profundidad de su unión.

El catequista no se reúne por sí mismo, sino porque el Señor lo ha convocado para estar con ellos y transmitirles el don de su comunión.

La comunidad es un don y una tarea del Señor, y resulta siempre una respuesta a la invitación de Dios. Lo cierto es que nadie puede realizar por sí solo la tarea de la catequesis, dado que exige la movilización de múltiples energías. Cada uno realiza su misión en función de su carisma. En el grupo se hace mas visible el misterio de la Iglesia en su ser y en su obrar. En realidad estamos llamados a vivir una fraternidad de catequistas, que va mas allá de la simple amistad, al ser signos testimonial y eclesial para la comunidad, yendo como hermanos entre hermanos, a fin de extender el don de la comunión de la Iglesia.

Por eso el grupo hace más visible el misterio de la Iglesia en su ser y en su obrar. Llamados a vivir en fraternidad catequística, atenta a la escucha de la Palabra de Dios y a su anuncio, y es clave hacerlo sin fisuras, y evitando dispersiones. Se es hermano gracias a la Palabra, la cual une, crea solidaridad y ayuda a crecer como “Iglesia”.


4.- Forma parte de una comunidad de testigos
El grupo debe ser imagen y modelo de lo que significa una verdadera comunidad de cristianos adultos, unidos por la experiencia de la fe para servir al Reino. Todo catequista recibe de los demás, pero también está invitado a dar, desde un crecimiento común en el testimonio. Se trata de compartir los bienes espirituales que el Señor ha concedido para el bien de todos. Encuentro de discípulos que después de la misión regresan para poner en común todo cuanto han enseñado y visto (Mc 6,12.30-31). Se trata de compartir lo que hemos oído, y visto... que nos recuerda la carta de Juan.

Todo se convierte en un encuentro de experiencias y en un testimonio de la presencia del Señor en medio de la comunidad. Los catequistas comparten interrogantes y dificultades existenciales acerca del modo de vivir, testimoniar y servir el mensaje cristiano para que su Palabra no quede vacía de eficacia.

La primera finalidad del catequista y del grupo de catequista es formar testigos, no de “preparar expertos”, capaces de dar razón, con su propia vida de la Palabra que transmiten. Se trata de promover “testigos-expertos”.

Los catequistas saben percibir la urgencia apostólica de hacer conocer y amar mejor al Señor, para desempeñar con sensibilidad apostólica el servicio de la Palabra aún en medio de las dificultades.


5.- El catequista forma parte de la comunidad en constante crecimiento.
Siempre hay un espacio que llenar entre la propuesta y la vida que se hace cada vez más hondo, a luz de las exigencias de la Palabra, para hacerse consciente de las propias limitaciones. Vivir en permanente “aggiornamento” es tomar conciencia de hallarse en camino con la fe de la Iglesia, aceptando la tensión que supone el estar en un crecimiento cristiano constante.

Siempre nos queda por recorrer el itinerario de la fe, ayudando a los demás y recibiendo ayuda. El catequista está siempre embarcado en una “búsqueda siempre nueva” para acoger el mensaje, transmitirlo y testimoniarlo del modo más completo y orgánico. El crecimiento del catequista afecta más a su ser que a su obrar.. Es clave tener un estilo de humilde sencillez para volver a comenzar siempre desde el principio y con el mismo entusiasmo, desde la frescura, lucidez y audacia que da el contacto personal con la Palabra de Dios.

Se trata de que ofrezcamos caminos permanentes de fe, desde la continuidad y estabilidad en el servicio. El grupo de catequistas es un don del Espíritu a cada catequista, como ocasión para el encuentro con el Señor, de intercambio fraterno, de comunión en el servicio y testimonio de vida apostólica.


6.- El catequista vive en grupo la vida eclesial
La vida del grupo debe privilegiar la experiencia de vida eclesial en la que se determinan el ser y el obrar propios de una comunidad cristiana, y desde los rasgos propios en los que debe inspirarse:

1. La escucha religiosa de la Palabra de Dios: escucha y acogida de la Palabra como realidad viva y actual que ha de ser interpretada en común. El grupo es el lugar adecuado para escuchar. Es una escucha de fe, capaz de captar la voz de Dios. Trata de hacer del catequista, del grupo, “oyentes de la Palabra de Dios”, para ser servidores fieles. El área de escucha es doble: los textos bíblicos (o los documentos eclesiales o carismáticos) y la vida de los componentes del grupo. Escucha humilde, disponible, que penetra la vida para iluminarla, corregirla, y transformarla. Afirma san Gregorio Magno: “La Sagrada Escritura es como un espejo puesto ante los ojos de nuestra mente para que podamos ver en él nuestro rostro interior”. Prosigue san Gregorio: “La Palabra de Dios crece con el que la lee”.

2. La meditación espiritual de los hermanos. La escucha ha de ser personal y comunitaria, para surja desde ahí el eco personal, familiar y social de la Palabra escuchada. Dice san Gregorio que muchas verdades de la Escritura que uno es capaz de intuir, se han comprendido cuando escuchamos a otros hermanos.

3. La comunión en el ministerio de la Palabra. Se descubre en el vínculo de haber recibido con otros catequistas una idéntica vocación, compartiendo la misma misión. Asumir una misma responsabilidad y anunciar el mismo misterio: nacimiento, muerte y resurrección del Señor.


Comunión a distintos niveles:

a) Conversión: todos necesitados de salvación y de recibir el perdón.

b) En la oración: se tratara de vivir en solidaridad orante para ser comunidad orante. El catequista ore con otros, poniendo en común sus propias peticiones que son acogidas por todos con una invocación antifonal. Iniciar en el rezo de alguna parte de la liturgia de las horas: laúdes, vísperas...

c) En la acción litúrgica . La celebración eucarística donde se escucha y medita la Palabra, se nutre de ella, se alimenta y asimila para la vida.

“Creer es orar; quien no cree, no ora; y el que cree y no ora, acaba por no creer” (D. Antonio Cañizares, obispo y catequeta).

4. Al servicio del Reino. La propuesta de fe brota de la fidelidad personal a la misión recibida en la Iglesia. Sin la santidad de vida el ministerio está destinado a resultar inútil, a la hora de valorar los resultados. El ministerio supone competencia y espiritualidad. Dar catequesis es un arte en el que la creatividad, la inventiva y la intuición van unidas a la espiritualidad.

a) La formación doctrinal. La fidelidad a Palabra encarnada exige también fidelidad al hombre de hoy por el principio de la encarnación. Fidelidad también a la interpretación eclesial de la Palabra. El catequista revive, interpreta y propone la fe profesada por la Iglesia.

b) La cualificación pedagógico-didáctica. El catequista tiende a formar al hombre y al cristiano según la novedad del Espíritu, y liberándolo del pecado. El catequista es un experto en relaciones humanas y en deshacer nudos.

c) El permanente crecimiento eclesial. La perspectiva del servicio del grupo de catequistas es misionera., forma personas disponibles para el Reino. Se fomentan valores como la generosidad, el altruismo, la participación, la responsabilidad, el compañerismo...Transmitir a la catequesis una mentalidad eclesial que les haga aptos para desempeñar el servicio de la Palabra incluso fuera de la propia comunidad. De este espíritu catequético puede también surgir las vocaciones de especial consagración, de total entrega a la causa de Dios.


7.- Un mandato: ID Y ANUNCIAD
El catequista forma parte de un eslabón de una larga historia de salvación: Dios, Abraham, Moisés, Patriarcas, el pueblo elegido, profetas... Jesús... Iglesia, nosotros... (Mc. 16,15).

El anuncio del Evangelio y la Eucaristía son los dos pilares sobre los que se construye la Iglesia (DGC 218). El acontecimiento a anunciar no es otro que la persona, la obra y la misión de Jesús, el Hijo de Dios. Y la Iglesia relee estos acontecimientos: “Me quedan muchas cosas por deciros” (Jn 16,12-13)

El Anuncio del evangelio es sencillo, lo que puede ser mas difícil es vivirlo. Quizás nos dé miedo como a Jeremías (Jr. 1,5-10). No tenemos oro ni plata; sólo damos lo que tenemos: a Jesús (Hech 3,6).. Damos de los bienes que hemos recibido, porque él tiene más interés que nadie en revelarse. El catequista no es dueño sino siervo, y la semilla la hace germinar el Espíritu del Señor (1 Cor, 3,6: Dios es quien hace crecer”). Desde la convicción de que la Palabra es fecunda y portadora de fuerza transformadora: “como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo... así será mi Palabra. No volverá a mí vacía...” (Is. 55,10-11).

Anuncia el que ha tenido atracción por Jesús, se siente invitado, ve la urgencia y se pone a disposición: “Aquí estoy, envíame”. Desde las posibilidades reales: dedicación parcial o plena, por unos años...

¿Desde qué raíces?

1. La comunidad: origen, lugar y meta de la catequesis (DGC 254).

2. La Palabra de Dios: fuente de donde la catequesis toma su mensaje (DGC 94).

3. La celebración y la Oración: asumir el carácter orante y celebrativo que tuvo el Maestro (Cf. DGC 85).

4. La Formación: sin ella corremos peligro en la calidad (DGC 234-250)


Severino Calderón Martínez, ofm
Prof. de Teología Pastoral
Facultad de Teología de Granada
JORNADA DE FORMACIÓN DE CATEQUISTAS
Granada, 13 de enero de 2007

 

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