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La Virgen María, Madre y Modelo de la Orden
Administrador - 03/09/2012

Introducción
«En todos los Institutos de vida consagrada existe la convicción de que la presencia de María tiene una importancia fundamental tanto para la vida espiritual como para la consistencia, la unidad y el progreso de toda la comunidad» (VC 28).

El artículo 1 de las Constituciones termina con el artículo 5 dedicado a la Virgen: “El carisma de la Orden, constituido por el amor contemplativo, el amor ordenado comunitario y el amor difusivo apostólico, adquiere una dimensión de ternura y calor humano en la devoción e imitación de la santísima Virgen, madre y prototipo de la Iglesia, incorporada al misterio de Cristo, la primera consagrada al Señor y perfecto dechado de todos los consagrados” (ib. 29). La vida consagrada tiene como norma el seguimiento e imitación de Cristo, tal como se propone en el evangelio. Esta es la regla suprema a la que deben atenerse todos los consagrados (cf. PC 2). María fue la que más siguió de cerca a Jesús en su vida íntima; ella fue la primera y más perfecta discípula de Cristo, lo cual tiene un valor universal y permanente. Por eso, las personas consagradas tenemos en María el ejemplo y el ideal de nuestra vida entregada al servicio de Dios y del prójimo.

I.- Sentido teológico de la ejemplaridad de María.
Este es un tema importante ya que relaciona la ejemplaridad de María (“Ella se entregó totalmente a la caridad”) para crear en el agustino recoleto las actitudes y disposiciones favorables a la acción de Dios que ella tuvo desde el amor total a Dios. Se trata de algo más íntimo y profundo que la mera contemplación de sus virtudes. Se trata de una ejemplaridad de sentido intrínseco porque forma y modela en nosotros, por su espíritu santificador, esas virtudes y dones que en ella admiramos. Como María es una persona viviente, presente en la Iglesia por su unión con Cristo y con el Espíritu, su acción santificadora llega a nosotros y nos hace partícipes de su pureza, de su entrega, de su humildad, de su disponibilidad total y docilidad a la acción de Dios.

A la luz de las Constituciones es fácil considerar la ejemplaridad de María respecto a nosotros: es un modelo que nos hace partícipes de su espíritu y nos configura con Cristo, que ha sido formado en su seno por el Espíritu Santo. Toda auténtica espiritualidad cristiana deriva de Cristo y de su Espíritu y tiende a la perfecta configuración con Cristo.

El don y la responsabilidad de la llamada comprometen a los agustinos recoletos a ser en la comunidad de los creyentes “signo” de una total entrega de la propia vida. En el templo, María, al ofrecer a Jesús, se ofrece también a sí misma, convirtiéndose en figura de la Iglesia que introduce a sus hijos en el templo para poder ellos hacerse disponibles por entero al designio de Dios. En el templo es, por otra parte, donde se prolonga la misión de María y de la Iglesia: misión que consiste en acompañar a los cristianos para que reconozcan en el mundo y en la historia de nuestro tiempo, el templo de Dios y su morada entre los hombres.

Los agustinos recoletos, como consagrados, pueden, en virtud de la radicalidad de su consagración bautismal, testimoniar la luz de la Presencia que en ellos mora y la sabiduría evangélica que en el misterio pascual (“esta «consagración, que radica íntimamente en la consagración bautismal y la expresa con mayor plenitud» y por la que los religiosos se incorporan más plenamente al misterio pascual de la muerte y resurrección de Cristo y se entregan al servicio de todo el cuerpo místico, se realiza en la profesión de los consejos evangélicos” -Const 32-) obtiene significación y funda esperanza. La interioridad inhabitada por el Espíritu, la disponibilidad para la contemplación, la fraternidad con los hermanos, hacen que nuestro mundo se convierta en un “ir habitándolo” para que el incesante contacto con la presencia del Señor sea efectivamente un templo de Dios viviente.

II.- María abrazó aquel género de vida virginal, pobre y obediente del que Cristo fue ejemplar principal.
Para nosotros, consagrados como agustinos recoletos, seguir a Jesús es llegar a ser discípulos de la Palabra encarnada: “María conservaba todas estas cosas en su corazón”. La escucha de la Palabra nos hace ser, en cierto modo, una prolongación de la humanidad de Cristo, nos permite descifrar la historia, acoger sus fragmentos de vida, insertarnos en las situaciones de nuestro tiempo. Esta misma escucha (a la llamada del Señor) cambia nuestro modo de pensar, de organizarnos, de vivir. Y es penoso. Como lo fue para María, al exigírsele afrontar ya esa fatiga del corazón (cf. RM 17) profetizada por el profeta Simeón en el templo y que ella iría experimentando en su itinerario de fe hacia el Calvario, donde se realizará con toda intensidad su cercanía y su participación en la vida del Hijo.

Como personas consagradas estamos referidos, por un título nuevo y peculiar, al servicio y a la gloria de Dios (cf. Const 31), a vivir una obediencia de fe como disposición para entrar en contacto vivo con el Maestro y para dejarnos evangelizar por Él, haciendo nuestras opciones por el Reino. Como consagrados, creemos que Dios nos llama y dejando que su eco interrogue nuestra vida e ilumine las diversas situaciones del contexto en que vivimos. Cuando nos invade la Palabra (¿qué le ocurrió a María?), cuando aceptamos que su luz disipe sombras de nuestra fácil superficialidad e improvisación con que a veces justificamos el statu quo, quedamos por ella misma preparados o capacitados para una nueva mirada evangélica que nos renueva el corazón e inyecta nueva savia en la vida de la Orden, permitiéndonos así nuestra humilde pero firme adhesión y decisiva entrega al proyecto de Dios en el hoy de la historia.

La fe y decisión de María nos muestran las actitudes que debemos adoptar en la respuesta a Dios, siendo testigos de esperanza para fomentar una comunión de vida sincera, para expresar un servicio de donación a los demás en una óptica de amor cristiano. Este momento de nuestra reflexión nos lleva a mirar a María como Madre y Modelo de la Orden. Nuestra Orden está urgida hoy por una revitalización; una Orden que vive en una tierra dolorosa, dramática y magnífica, en una época que tiene los rasgos colectivos de “una noche oscura colectiva”. Entre las características de esta noche está predominando el indiferentismo por la religión que ha llegado a plasmar un tipo de religión “a la carta”. Lo que importa es el “hacer” y el “tener”. Y, en ¿qué ocurre en la Orden? Y ¿en nuestro corazón...?

III.-Es maestra de vida interior, porque «fue más dichosa aceptando la fe de Cristo que concibiendo la carne de Cristo» y porque conservaba y meditaba en su corazón las obras y la doctrina del Hijo.
A la luz de María establezcamos un paralelismo:
- Ella y nosotros, somos un “Amor escogido”. Lo recibe todo de Dios. Aquí radica la grandeza de su misión, que misteriosamente se prolonga en la Iglesia: todo tiene su origen en el Señor. Y la Virgen acoge.
- Ella y nosotros, somos un “Amor correspondido”. Colmada de la gracia de Dios, María, con todo su ser, responde a Dios. No hay nada en ella que no sea dar el sí, la adhesión al designio de Dios y la elección de Él.
- Ella y nosotros, somos “Amor compartido”. Aunque es todo de Dios, María no es ajena al mundo. Al contrario, para ella el mundo es el lugar donde Dios encuentra al hombre, donde se espera a Aquel que “por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo”.

Una llamada: “Aprendan todos de la Virgen María a interiorizar la palabra y los misterios de Dios, compenetrándose con ellos y sirviendo de instrumento a su eficacia salvadora” (CA 151).

La maestra de vida interior es una discípula de Cristo y experimenta el gozo de una comunión de vida con Él: se aúnan así el carácter contemplativo y comunitario. Ella comunica gozosamente por la presencia de Dios en su interior. La comunicación que tiene con Jesús exige verla y vivirla como expresión de una “espiritualidad de comunión”. Tal espiritualidad, que tiene su fundamento en el misterio de la Trinidad, se manifiesta en estilo de reciprocidad y con una dinámica de acogida y entrega, de atención y solicitud. De ahí la gran lección: “formó parte de la comunidad perfecta de la Sagrada Familia”.

IV.-Es también maestra de la vida apostólica, «porque cooperó con amor al nacimiento de fieles en la Iglesia» y los sigue alumbrando con materna solicitud hasta que Cristo se forme en ellos.
La Iglesia mira a María como maestra de “incondicional seguimiento y de incesante servicio” (LG 52). Es su misma autodefinición: “he aquí la esclava del Señor” (Lc 1, 38). Nos enseña que servir es ofrecerse a sí mismos e inventar recorridos de amor por los caminos del mundo. María es, incluso, mujer preventiva: no solo se percata de una necesidad, sino que busca, además, el modo de remediarla, pidiendo a Jesús el anticipo de su “hora” y despertando la colaboración de las distintas fuerzas y realidades presentes. Es lo que sucedió en Caná. El ser artífices de comunión quiere decir también la promoción de un mundo nuevo, convencidos de la ecuación fundamental por la que los derechos de Dios son los derechos de la persona humana y los de ésta con los derechos de Dios.

Como María en Caná queremos despertar una nueva fantasía de la caridad (NMI 50): “una caridad que se convertirá  entonces es servicio a la cultura a la política, a la economía, a la familia, a la comunidad, para que en todas partes se respeten los principios fundamentales de los que depende el destino del ser humano y el futuro de la civilización” (ib. 51).

La misión a la que está llamada la vida consagrada agustino-recoleta, hoy, siguiendo el ejemplo de María, exige saber reelaborar incesantemente nuestra identidad, para ser fieles a Dios y al carisma; para ser, en la Iglesia y en el mundo, “signo” de la esperanza de salvación. Y nos exige vivir en el espíritu de comunión desde el proyecto de Dios, centrándonos en lo esencial. Se discípulos de la Palabra, como lo fue María, nos permite expresar hoy lo inédito de María: “Ella sigue alumbrando nuevos hijos de Dios hasta que Cristo se forme en ellos”.

Los agustinos recoletos estamos llamados a ser “signos” que señalen, como María, un “más allá”, sin por eso renunciar al compromiso por la búsqueda de vías de humanización, de comunidad gozosa y entrañable que, con la fuerza del testimonio de la consagración agustino-recoleta, irradie la existencia que vendrá a convertirse en esa tácita pero eficaz invitación: “venid y lo veréis”. En Caná es la invitación-mandato de María: “haced lo que él os diga”. Agustín dice: “exhorto cuanto puedo a los demás a abrazar este propósito, y tengo hermanos en el Señor que, por ministerio mío se han decidido a hacerlo” (Const 156).

Conclusión: La comunidad expresa la devoción a la bienaventurada Virgen María, madre de la Orden, con el título especial de la Consolación y la propone a los fieles como signo de esperanza cierta y de consuelo para el pueblo de Dios que peregrina (Const 30).

Fr. Imanol Larrínaga, oar

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