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II Domingo de Cuaresma
Administrador - 27/02/2016

LECTURAS
Génesis 15, 5-12. 17-18
    La lectura de Génesis 15 nos hace asistir a la consolidación de la promesa, en un rito de alianza de Dios con Abrahán. La descendencia numerosa se muestra al patriarca en el signo de las estrellas incontables que llenan el cielo de la noche.
    La alianza se inicia con la autopresentación de Dios como el que “sacó” ya antes a Abrahán de un lugar en que no era nada, por carecer de sentido y propósito. Y como garantía de que el que sacó una vez está también en el camino hacia la meta se acude a un rito, que tiene su origen en la ratificación de compromiso en la relación interhumana. 
    Abrahán aparece en el relato como figura ejemplar. Es el modelo del que confía en Dios que viene a su encuentro. Por la confianza entra ya en posesión de lo que espera. Sus descendientes son testigos de que su fe no quedó defraudada. Ellos mismos se profesan en su credo promesa cumplida en todos los capítulos. Pero, a la vez, se ven también como destinatarios de la misma promesa, en camino hacia el verdadero pueblo de Dios y hacia la verdadera tierra de reposo, pues ninguna realización histórica equivale ni a la promesa ni a la esperanza.

Filipenses 3, 17- 4, 1
    Después de haberse propuesto Pablo a sí mismo como modelo de valoración del judaísmo en contraste con la eficacia de la redención, traza con duros y certeros rasgos la figura de los judaizantes. No parece que estos judaizantes amenacen de una manera concreta y específica a la comunidad de Filipo, sino que se trata de la labor de zapa que por doquier iban haciendo los tales, y cómo Pablo en sus exhortaciones a los filipenses les había hablado frecuentemente, poniéndolos en guardia contra ellos. Pablo los llama “enemigos de la cruz de Cristo”.
    Y, en efecto, una “teología de la ley” es incompatible con una “teología de la cruz”. Aquella implica la manipulación de Dios y su integración en un código del hombre; la teología de la cruz deja al hombre en la intemperie. Pablo emplea una cortante ironía; estos judaizantes ponen todo su timbre de gloria en aquella parte del cuerpo que justamente ha sido denominada “vergüenza”.
    Todo esto se reduce a la expresión: “¡Los que aspiran a cosas terrenas!”. Su moral es puramente introvertida. Por el contrario, la moral cristiana mira para arriba y para adelante: “nuestra capital está en los cielos, desde la cual asimismo aguardamos como Salvador al Señor Jesucristo”. La moral cristiana es una moral de esperanza y no puede perderse en los estrechos callejones de una casuística puritana y orgullosa. 

Lucas 9, 28b- 36
    Como una luz que aclara la tiniebla escondida en la pasión, como esperanza que desvela el sentido del camino de la muerte de Jesús y de los suyos (9, 21-25),  la antigua tradición ha situado la escena de victoria oculta de la transfiguración. 
    El gesto de Jesús que tiende hacia la muerte y que señala para todos la verdad de su camino es el signo de un fracaso. Por eso, cuando sube a la montaña y ora la verdad de su interior se manifiesta: Dios le llena desde dentro, su rostro se transforma y sus vestidos se vuelven transparentes (9, 26- 29).
    Cuando sentimos la palabra de Dios que le proclama el hijo amado, descubrimos que el misterio de la filiación de Jesús se realiza en su mismo destino humano. Las palabras de Dios (“Este es mi hijo amado, escuchadle”) ofrecen una doble vertiente: Dios ha ofrecido a Jesús todo su poder sobre la tierra; Jesús, por su parte, ha cumplido de forma incondicionada, la voluntad del Padre. Por eso, la verdad de este misterio puede culminar en la palabra: “escuchadle”; la vida de los hombres cobra su sentido a partir del seguimiento de Jesús. La palabra de Dios ha señalado el contenido del misterio: aquel que externamente es solo un hombre, el mismo Jesús que tiende hacia la muerte, se ha desvelado como la realidad definitiva, la presencia (el Hijo) de Dios sobre la tierra.
    Los discípulos no entienden, Han vislumbrado en un instante la gloria de Jesús, presienten el fulgor de la presencia de Dios y suponen que la historia ha llegado ya a su meta. Pero olvidan que la luz que han vislumbrado se realiza en un camino. Por eso es necesario que se despierten y se encuentren solos, con Jesús que se dirige fielmente hacia su muerte (9, 36).
    La gran lección: Jesús está detrás del caminar de sus creyentes; por eso, cuando parece que no existe ya remedio, se escucha la voz del Señor que se impone a los demonios y despierta sobre el mundo la esperanza en la victoria del final que está llegando.
 

MEDITACIÓN
    Más que llamados a la Transfiguración estamos llamados a la unidad. Desde la base: “el Señor es mi luz y mi salvación” se desgrana la verdad de un “Señor Dios” que hace la alianza con Abrahán, y que la manifiesta así: “Este es mi Hijo, mi Elegido, escuchadle” y que nos convierte en “ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador, el Señor Jesucristo”. He ahí la unidad.
    La Transfiguración nos plantea la ascensión del corazón, nos descubre la llamada a descubrir no solo los pasos a dar sino a intuir los caminos de la vida interior que dan margen verdadero al desarrollo de la gracia que Dios nos concede. La existencia de un cristiano no puede enmarcarse en una dimensión siempre desconocida (Tabor, Calvario, configuración con Cristo, donación de sí mismo, tomar cada día la cruz ser testimonio de amor y misericordia), sino en la fidelidad a la voluntad de Dios: “Señor, Padre santo, tú que nos has mandado escuchar a tu Hijo, el predilecto, alimenta nuestro espíritu con tu palabra”.
    La grandiosidad de la cima del Tabor se llenó con la luz que Cristo irradiaba. Toda la gloria que se ocultaba tras los velos de la humanidad se dejó ver por unos instantes. Fue tanto el resplandor de aquella transformación que los apóstoles quedaron extasiados, como fuera de sí, sin saber con certeza lo que se decían. Un gozo inefable les colmaba por dentro y sólo se les ocurre decir que allí se estaba muy bien y que lo mejor era hacer tres tiendas y no moverse de aquel lugar, antesala y primicia de la visión beatífica, estímulo para los momentos oscuros cuando la esperanza haya muerto y tenga que florecer de nuevo. 
 

ORACIÓN
    Tú, Señor, no te dejas ganar en generosidad; tus palabras no están vacías como las de los que se creen grandes y poderosos, Tus palabras, Señor, están llenas, dicen y hacen, son palabras sustantivas, eficaces, Tú, Señor, precisamente cuando Abrahán está a punto de sacrificar a su hijo, repites tu promesa, una descendencia numerosa como las estrellas de los cielos y como las arenas del mar.
    Esas son tus matemáticas, Señor. Por un poco que demos de lo mismo que Tú nos das, nos devuelves multiplicado… Lo malo, Señor, es que no acabamos de creerlo y por eso te regateamos la entrega. 
    Rompe, Señor, la exactitud de nuestras matemáticas raquíticas, pobres, esas medidas de las que no conseguimos desprendernos, Señor, queremos no tener medida en el amor a Ti, ni ser roñosos, ni seguir apegados a esa moral estrecha que nos hemos construido.
    Que el misterio de la Transfiguración nos enseñe, Señor, caminar en tu presencia y para que vivamos siempre preocupados de agradarte solo a Ti,

 

CONTEMPLACIÓN
    Ve esto Pedro y, juzgando de lo humano a lo humano, dice: <Señor, bueno es estarnos aquí>. Sufría el tedio de la turba, había encontrado la soledad de la montaña. Allí tenía a Cristo, pan del alma. ¿Para qué salir de aquel lugar hacia las fatigas y los dolores, teniendo los santos amores de Dios y, por tanto, las buenas costumbres?  Quería que le fuera bien, por lo que añadió: <Si quieres, hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías>. Nada respondió a esto el Señor, pero recibió, no obstante, una respuesta, pues mientras decía esto, vino una nube refulgente y los cubrió. Él buscaba las tres tiendas. La respuesta del cielo manifestó que para nosotros es una sola cosa lo que el sentido humano quería dividir. Cristo es la Palabra de Dios, Palabra de Dios en la ley, Palabra de Dios en los profetas. ¿Por qué quieres dividir, Pedro? Más te conviene unir. Busca tres, pero comprende también la unidad. 
    Al cubrirlos a todos la nube y hacer en cierto modo una sola tienda, sonó desde ella una voz que decía: <Este es mi Hijo amado>. Allí estaba Moisés, allí estaba Elías, No se dijo: “estos son mis amados”. Una cosa es, en efecto, el Único, y otra los adoptados. Se recomienda a aquél de donde procedía la gloria a la ley y a los profetas. <Este es, dice, mi Hijo amado, en quien me he complacido, escuchadle>, puesto que en los profetas fue a él a quien escuchasteis y lo mismo en la ley. Y ¿dónde no le oísteis a él?  Oído esto, cayeron a tierra. Ya se nos manifiesta en la Iglesia el reino de Dios. En ella está el Señor, la ley y los profetas; pero el Señor como Señor; la ley en Moisés, la profecía en Elías, en condición de servidores, de ministros. Ellos, como vasos; Él como fuente. Moisés y los profetas hablaban y escribían, pero cuanto fluía en ellos, de él lo tomaban (San Agustín en Sermón 78. 3-6).
 

ACCIÓN.  Busquemos un momento de silencio y recordemos las palabras de Jesús  a los discípulos ¿Qué respuesta tienen  hoy? 
 

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