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HOY ES DOMINGO
Fr. Imanol Larrínaga, oar - 10/03/2016

En un mundo que parece empeñarse en no dejar tranquilas las cosas ni tampoco las personas, cosa que desde el inicio de la historia humana es realidad, se contrapone un lenguaje de Dios hecho vida que cambia totalmente la existencia humana: “no recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notáis?” (Is 48, 17). Parece un lenguaje tan distinto, tan inimaginable y tan difícil desde nuestros razonamientos no solo tan llenos de seguridades y precauciones que hasta somos capaces de oír una promesa de Dios y seguir permaneciendo  en nuestra certeza (¡)... Y, sin embargo, el corazón creyente sabe llegar a ese Dios y decirle: “Señor, Dios nuestro, que tu gracia nos ayude, para que vivamos siempre de aquel mismo amor que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo” (Oración colecta).
La oración de la Liturgia de hoy, en una perspectiva ya de Pasión, remarca la providencia de Dios que entra en el corazón del hombre desde unos paradigmas muy distintos: encontrarse en el propio corazón con el amor de Dios, ser testigos de los caminos que el Señor abre a favor del hombre, orientar la vida humana más allá de los cálculos de lo efectivo, crear un camino en el que la venganza, nacida de un corazón duro, no sea argumento que haga imposible el perdón. Esta lectura de la Palabra, tan verídica y sin espejismos, ilumina nuestro camino tantas veces árido y seco por falta de fe y de confianza; se enfrenta a esa muralla tan difícil de superar a causa de la soberbia humana, nos habla de la verdadera justicia, la del amor, que no mata sino que perdona.
Es lenguaje con fondo de Pasión y con la mirada puesta en la Cruz desde donde “manarán fuentes de agua viva”, desde donde es posible el acto de fe en el Hijo de Dios que, crucificado, eleva al Padre el perdón que redime y enseña que la salvación es plena. Aquí tenemos la síntesis de la acción de Dios: “mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando”. Se nos hace bastante imposible que todo esto sea verdad y seguramente, por nuestra falta de fe, no damos crédito a que Dios apaga la sed de su pueblo, un pueblo que es su escogido, un pueblo formado por Dios, para que proclame su alabanza” (Glosa al final de la primera lectura). Esta confesión de fe nos debería llevar a proclamar que “el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres” (Salmo 125).
Un lenguaje que Dios no lo deja en las solas palabras, es una presencia viva: Él cambia la suerte del hombre y, a vez, posibilita a éste que, olvidando lo que queda atrás y lanzándose hacia lo que está por delante, corra hacia la meta (cf. I Cor 3, 13-14). Lo cual indica que el creyente no puede ser un “instalado”, sino como “quien va corriendo”. Lo que hace falta es que no se mire hacia atrás sino que haga real el horizonte que se le presenta e inaugure un modo de vida para “ganar el premio, al que Dios desde arriba llama en Cristo Jesús” (ib.). Dios invita a una conversión hasta el punto de hacer realidad lo que dice el profeta: “ahora, dice el Señor, convertíos a mí de todo corazón, porque soy compasivo y misericordioso” (Jl 2, 12-13). La llamada de Dios no tiene límites, llega a todo hombre y mujer de todo y tiene un lenguaje vivo de acogida y perdón. En la conciencia de cada uno late el pecado y también la libertad en la que el corazón reconoce su infidelidad y la lejanía de Dios. Ante el Señor cabe solo la confianza y la verdad para reconocernos pecadores y necesitados de perdón, una actitud que solo los humildes son capaces de expresar. Los que se creen buenos se sienten con derecho a juzgar y a condenar olvidando su propia condición de pecadores, y casi forzando a que el Hijo de Dios se pronuncie a su favor. El relato de la mujer adúltera es una casi confrontación entre la ley estricta para ser cumplida y la misericordia infinita de Dios que no pone trabas al perdón cuando éste se pide con humildad y deseo de un cambio de vida. Tal vez, el juego de las dos medidas nos traiciona hasta el punto de callar nuestro pecado, siempre necesitado de perdón, y meternos en el juicio ajeno y olvidando que nosotros hemos sido antes perdonados. La sentencia del Señor, seguramente expresada con dolor ante la dureza de corazón de los que son olvidadizos de sus pecados, debe escucharse no como acusación sino como un examen de conciencia: “el que esté sin pecado, que tire la primera piedra”.
En nuestro ambiente, y también dentro de la Iglesia de Dios, se multiplica la acusación y con la gravedad de un escándalo farisaico. Olvidamos en nuestra vida la mirada amorosa y misericordiosa del Señor que, en el interior de nuestra conciencia, no nos reprende, más bien nos resucita al escucha sus palabras: “tampoco yo te condeno. Anda y, en adelante, no peques más” (Jn 8, 11). Es escuchar de nuevo: “no recordéis lo de antaño; no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo”. Hermosa la respuesta del Maestro y que san Agustín la traduce así: “Mira lo que sigue: «vete y no peques más en adelante». El Señor dio la sentencia de condenación del pecado, no contra el hombre. Si fuera favorecedor del pecado, le habría dicho: «ni yo mismo te condeno, vete y vive como quieras; peques lo que peques, yo mismo te libraré de las penas, incluidas las del infierno, y de sus verdugos». Pero no fue esta la sentencia” (Comentario sobre el evangelio de san Juan 3, 4-6).

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