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Domingo V de Cuaresma
Fr. Imanol Larrínaga, oar - 10/03/2016

Lecturas

Is 43, 16 – 21
El texto está dentro de un oráculo de salvación y pone de manifiesto el pasado remoto y glorioso; llegará un futuro próximo que supera el pasado. Llama mucho la atención la multiplicación de los títulos del Señor, algo así como ponerlo enfrente a los demás dioses.
En Israel traer a la memoria las acciones salvadoras del Señor es casi un deber y es delito el olvido. Pero hace falta recalcar que la memoria no es un simple recuerdo, debe tener fuerza para estar alerta  y actualizarlo en el futuro. Podemos pensar, creer, que la intención de Isaías está en pasar de lo recordado a una esperanza verdadera en el Señor.
Queda como radiante el v. 19 cuando se anuncia una nueva era como un brote nuevo, como un gozo que se va experimentar en Israel desde la acción maravillosa de Dios. Es una página abierta en la que el Señor quiere llegar al corazón de su pueblo y éste siga creyendo en la Alianza. Es su pueblo el que debe tomar conciencia total de que su felicidad estriba únicamente en el pueblo que el Señor ha formado y lo cuida porque es su elegido. Dios se revela generoso y hasta un tanto como un reto para que su pueblo salga de la duda y del miedo que tantas veces le invade. Dios no puede ser infiel a su promesa.
 

Filp 3, 8 – 14
San Pablo alude a cómo, desde la revelación de Cristo, ha cambiado sus valores. Todo lo que antes era para él una ventaja, ahora no significa nada. Hay un contraste total entre “pérdida” y “ganancia” en alusión clara a lo que Mateo certifica en 13, 44-46; 16, 26. Según Pablo el conocimiento de Cristo relativiza todo lo demás, es su experiencia personal.
En los vv. 9-10 encontramos el texto culminante: alude a la justicia. Antes, Pablo basaba su justicia en el cumplimiento de la Ley, incluso como mérito propio que el hombre podía presentar ante Dios. Pero cuando Cristo entra en su vida, hay un cambio total: queda plenamente incorporado a Cristo, “en él”. Y de aquí en adelante no tiene sentido presentar méritos ante Dios sino de aceptar la acción de Dios, quien por medio de Cristo y mediante la fe nos pone a paz y salvo consigo mismo. Así hay que traducir la palabra “justificar”. La iniciativa procede de Dios y el medio es nuestra relación con Cristo, expresada en el término “fe” que no es solo una aceptación de verdades, sino la entrega total de toda la persona a Dios  a través de la aceptación de Cristo.

El v. 10 es de suma importancia, casi se puede decir que es frase culminante y que destaca mucho en el pensamiento paulino: habla de la solidaridad de Cristo con el término “conocerlo”, que aquí implica experimentar todo su poder salvífico. Y esa participación en el poder salvífico se clarifica como una participación en su muerte y resurrección. Los sufrimientos de Pablo son una participación de la muerte de Cristo, un “reproducir su muerte”, hacerse semejante a él en su muerte: “para ver si alcanzo la resurrección de la muerte”. Y esto le hace ser diferente de los adversarios que ya se creen perfectos, como se indica más tarde.
Pablo insiste en que él no ha alcanzado todavía la perfección y con una idea muy al alcance de todos traza un programa que se va realizando a lo largo de su vida como una carrera atlética. Aún no ha llegado a la meta y está luchando por alcanzarla. Pablo tiene una llamada: Cristo alcanzó a Pablo en el camino de Damasco y ahora toca a Pablo correr para alcanzar a Cristo (1 Cor, 9, 24). Aunque la imagen de la carrera simboliza el esfuerzo humano, Pablo insiste de nuevo en que la iniciativa es de Dios y la mediación es de Cristo: “Dios me llama en Cristo Jesús”.
 

Juan 8, 1 – 11
Una aclaración: es opinión común que este relato es una añadidura posterior. El lenguaje no es de Juan al menos en parte y falta en algunos manuscritos antiguos. Aún así, el relato es canónico, es decir, forma parte del NT inspirado, conserva el recuerdo de un episodio de Jesús y tiene una expresividad llena de novedad y misterio.
El relato tiene parecido con otros de la tradición sinóptica en que se quiere confrontar a Jesús con Moisés (cf. Mt 19, 3-9). En esta escena los escribas y fariseos acusan a la mujer y recuerdan la Ley de Moisés  (cf. Jn 8, 3-5a). De hecho parece una buena ocasión para poner a prueba a Jesús. La ley decreta pena de muerte para la adúltera (Lc 20, 10), pena de muerte por lapidación para la prometida o desposada infiel al hombre que legalmente pertenece aunque todavía no conviva con él (Dt 22, 21). Ezequiel (16, 38- 40) menciona la lapidación como pena normal de las adúlteras. 
La escena tiene alcance público en el templo, donde Jesús suele enseñar. Se trata de “un caso legal práctico” que los letrados y fariseos presentan  y seguramente con la misma intención capciosa como la de la moneda del César. Lo que está en juego no es una opinión sino que  haga un dictamen sobre la aplicación de la ley mosaica a un caso particular. Esto presupone que los interlocutores han visto a Jesús distanciarse de la ley y perdonar pecados. La pregunta tiene una dirección rápida: la hemos pillado en flagrante adulterio, ¿la llevamos al tribunal competente, la ejecutamos sin más?
Conocemos la respuesta en silencio de Jesús, ¿qué escribió en el suelo?, para luego plantear una gran cuestión: “el que esté sin pecado, que tire la primera piedra”. Se debe pensar, teniendo delante a los letrados y fariseos que hay otro “adulterio” más grave, la infidelidad de los dirigentes a su Dios, denunciada por los profetas (cf. por ejemplo Ez 16; Os 2). Y aquí nos encontramos con la solución del Maestro: la ley se hizo para el hombre y la mujer, y Jesús no ha venido para juzgar (condenar) sino para salvar (12, 47). La salvación de aquella mujer está en el perdón y la enmienda: “tampoco yo te condeno. Ve y en adelante no peques más”. Recordemos el aviso de Jesús al paralítico de la Piscina probática (5, 14).
 

Meditación
Se dice que el tiempo no debe ser un tiempo de veredictos sino de oportunidades. La idea es fantástica hasta que no se presentan “los peros”. O sea, lo que parecía tan positivo pasa por un tamiz donde aparecen las dificultades; es ahí donde los diálogos pueden desgraciadamente convertirse en acusación y hasta condena ¿Falta de objetividad, de sentido común o preponderancia para “llevar el agua a su molino”, incluso mediante vericuetos peligrosos?
Nadie se escandaliza ya en una sociedad en que las acusaciones se multiplican y los motivos no son limpios de intención y de verdad. 
La imagen del evangelio de hoy pone en evidencia nuestro fariseísmo y también nuestra ligereza en los juicios. Parece que tenemos un inquieto interrogante: ¿quién tiene la culpa? En el fondo es la tendencia de echar balones fuera, responsabilizando a otros de su modo de ser y guardando nuestra propia imagen entre algodones. Cada uno somos hijos de una generación precedente que nos ha educado de una manera determinada. 
Pero el tema entraña un punto más profundo y teniendo como  base la fe. Se crea una distancia entre los creyentes por exageración de la propia bondad o también porque se desprecia a los otros a través de juicios de condenación. La parábola de la “gente cumplidora” que aparece en el Evangelio de la mujer adúltera es una descripción de una injusticia sobre los demás, basándose no solo en la Ley sino especialmente en el testimonio “limpio” de sus vidas ¡Menos mal que el Maestro descubre el juego sucio y lleva a los acusadores a entrar en su propia conciencia y descubrir a las claras que se apropian el papel de justos e incluso olvidan la actitud del Señor con los pecadores!. El modo de acusación concreto, cargado y falto hasta de educación, tiene de inmediato la respuesta de Jesús: “el que esté sin pecado, que tire la primera piedra”.  
Es triste y además injusto que el hombre, siempre pecador, asuma el ser juez y no teniendo en cuenta la actitud de Dios como Padre misericordioso, Reconciliador y lleno de ternura y de respeto al hombre. En la conciencia de cada uno hay una experiencia de constante perdón y de paz con que Dios bendice a quien, en su humildad y confianza, se acerca a dejarse amar, abrazar y ser perdonado. 
La actitud de Dios tiene las características de un amor incondicional, de cercanía; así lo manifiesta Jesús con la mujer adúltera y esa debe ser la conducta de todo cristiano recordando que “con la misma medida que midieres, serás medido”. El evangelio dice que los acusadores escaparon y dejaron solo a Jesús con la mujer. Y es ahí donde de manifiesta el milagro de la gracia, del amor y de la vida. Más que un feliz final es un comienzo de una vida nueva donde hay margen de una pureza de mente y de corazón. Nace una mensajera de la misericordia divina y Dios Padre recibe con entrañable ternura a quien, entre agradecida y humilde, recibe un abrazo para siempre. La lección que aprendemos hoy en el evangelio es una prueba de la eterna misericordia para todos y es siempre una enseñanza que debemos no solo conocer sino ponerla en práctica.

 

Oración
Señor: te he encontrado o, mejor, has venido a encontrarme. Cuando yo caminaba de un lado para otro, lo hacía muchas veces entre mi soberbia y mi oscuridad. Con la idea de ser fiel me iba encontrando con una soberbia mía que me tapaba los ojos y no veía sino el ser feliz sin darme cuenta que iba deslizándome hacia el abismo. Mi egoísmo me tapaba los ojos y ya  era una encrucijada difícil cuando no insuperable de escapar.
Aunque nuestro encuentro, siempre providencial, fue en última instancia ante un “juez” al que me entregaban, dentro de mi vergüenza como mujer adúltera y pecadora, noté que en Ti no había ninguna mirada turbia y que Tú ponías los ojos en mí con pureza y misericordia. No me sentí despreciada por ti, encontré un algo que me invitaba a la confianza y a la esperanza. Y Tú, Señor, me hiciste comprender que toda maldad no es solo para juzgarla sino también para renovarse y vivir de otra manera.
Al oír tus palabras sentí en mi corazón como una luz que me guiaba hacia arriba y te encontré a Ti, Salvador y Redentor de las almas y de los cuerpos, y que con tus ojos traspasabas mi interior y me sanabas como médico y como amigo. Sentí entonces la fuerza de tu mano que me invitaba a levantarme en mi interior, a posar mis ojos en ti, y  a encontrarte como Amigo, mi Dios y mi Maestro. Desde ese momento, canto tus misericordias y elevo mi plegaria para que todos los que, de una u otra manera, “adulteran”, te encuentren y vivan con tu perdón.
(Glosa a una posible oración de la “mujer perdonada”).

 

Contemplación
¿Qué respuesta dio, pues, el Señor Jesús?¿Cual fue la respuesta  de la verdad? ¿Cuál la de la sabiduría?¿Cuál la de la justicia en persona a la que iba dirigida la trampa? La respuesta no fue: <no se la lapide>, para no dar la impresión de que actuaba contra le ley¸ tampoco esta otra: <sea lapidada>, pues <no había venido a perder lo que había hallado, sino a  buscar lo que se había perdido>. ¿Qué respondió? Observad qué respuesta saturada de justicia, de mansedumbre y de verdad: <El que de vosotros esté sin pecado, arroje el primero la piedra contra ella>.¡Contestación digna de la sabiduría!¡Cómo les hizo entrar dentro de sí mismos! (San Agustín en el Comentario sobre el ev, de san Juan 33, 4-6).

 

Acción
Meditar en nuestro corazón las palabras del Señor: “Vete y no peques más”.

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