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HOY ES DOMINGO
Fr. Imanol Larrínaga, oar - 02/04/2016

Un domingo para reconocer los “dones de la gracia”. Y, al ser así, “dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (Salmo responsorial). O sea, desde la misericordia divina, que es infinita, se “reanima la fe” del pueblo escogido y se comprende mejor “que el bautismo nos ha purificado, que el Espíritu nos ha hecho renacer y que la sangre nos ha redimido” (Oración colecta). Estos son los dones de la gracia que la Pascua quiere hacer renovar y revitalizar en la vida del cristiano para que el camino se oriente hacia una nueva vida en la fe y en el testimonio de un auténtico seguidor de Cristo Resucitado.

De entrada, hemos recordado el salmo 117, salmo que lo cantábamos en el Domingo de Pascua, un salmo de gozo y esperanza que vuelve a florecer los sentimientos de fe y de agradecimiento en la liturgia. Nunca mejor que hoy, en plena primavera, hacer renacer esos sentimientos, como invitación a que la “misericordia eterna” penetre en el interior de nuestras vidas, en el pensamiento y en la voluntad, en el querer y en el saber.

El punto central es Jesús resucitado: “estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos; y tengo las llaves de la Muerte y del Infierno” (Apocalipsis 1, 17); “y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: <Paz a vosotros>. Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado” (Juan 20, 20).  Jesús ha resucitado, ha dominado a la muerte, al enemigo nunca derrotado, y con ella ha vencido también al pecado. Lo más maravilloso es que la victoria no se encierra en Él sólo, su victoria es una realidad hermosa de alegría y de fuerza, de perdón y de gracia, una vida llena de luz y de gozo que llega a todos los que creen en Él. Es lógico que, al igual que los discípulos, nosotros nos llenemos “de alegría al ver al Señor”. Ojalá que la novedad de vida en nuestros corazones tuviera la misma fuerza y llamada que la de los fieles que crecían y que se adherían al Señor. Así nos los narran los Hechos de los Apóstoles. La predicación de Pedro no es sino la confesión de Cristo Resucitado y su fuerza salvadora. Cristo resucitado es anunciado valientemente por los apóstoles que han recibido el mandato del anuncio del Reino y cuyo fundamento está en Cristo, “alfa y omega” de la historia.

Humanamente hablando es difícil creer y aceptar la resurrección del Señor; humildemente creyendo es llegar, una vez dejado de lado la seguridad personal –es el caso de Tomás-, a una confesión que va a ser la referencia para los “tomases” de la historia. Los planes de Dios son distintos a nuestros planes y la fundamentación pretendida por nosotros en tono lógico no tiene valor ante Dios. Él sublima la “piedra que desecharon los arquitectos y la convierte en piedra angular; es el Señor quien lo ha hecho, es un milagro patente” (Salmo 117). Los que oyen las palabras de los discípulos reconocían antes los “signos y prodigios que hacían éstos en medio del pueblo” y eso nos lleva a recordar que los apóstoles expresaban desde su vida y desde sus palabras el Espíritu Santo que el Resucitado les otorga en su aparición de Pascua.

Vivimos en un mundo cargado de apariciones, de anuncios y de palabras que quieren modificar constantemente el modelo de vida y tratando de sembrar por doquier a través de mediadores un estilo de un mundo nuevo. La sociedad de hoy está, a pesar de molestarse por tanta propaganda barata, en una constante escucha de mensajes, de apariciones, como necesitando que se desaparezca tanta invasión de palabras y entren en el mundo real personas que, con el testimonio de sus vidas fundadas en Cristo Resucitado, motiven la presencia de un Dios misericordioso que abraza a todos los hombres y los una en un mismo amor. Tal vez está aquí la “proyección del Tomás actual”: si no veo…, ni no meto…, no lo creo”. Lenguaje radicalmente distinto al de Dios y que, desde el nuevo y renacido Tomás, se convierte en oración: “es el Señor quien lo hecho, ha sido un milagro patente”. De ahí nace el Aleluia, una expresión necesaria y vital del cristiano renacido y que se hace canto continuado. Pero esto presupone una confesión de fe: “¡Señor mío y Dios mío!”.
La resurrección del Señor exige remover la muerte y el don del Espíritu y se comunica como poder contra la muerte. Este fue el poder que Jesús comunicó a sus discípulos y a los sucesores de éstos. Para nosotros, los “tomases de hoy”, también se aparece el Señor Resucitado y en tantos momentos de nuestra vida: es la Divina Misericordia siempre presente y su Palabra, escuchada con fe, nos puede (debe) llevar a la fundamentación de comunidades eclesiales y consagradas que, con su testimonio de vida y la fuerza de su mensaje en medio del mundo, sean los instrumentos de Dios para hacer crecer el “número de los creyentes que se adhieran al Señor”. ¿Pensamos en la responsabilidad que nos afecta el ser o no ser instrumentos sinceros que anuncien al Cristo Resucitado?

Meditemos la enseñanza agustiniana: “escuchasteis cómo el Señor alaba a los que creen sin haber visto por encima de los que creen porque han visto y hasta han podido tocar. Cuando el Señor se apareció a los discípulos, el apóstol Tomás estaba ausente; habiéndole dicho ellos que Cristo había resucitado, les contestó: <si no meto mi mano en su costado, no creeré>. ¿Qué hubiese pasado si el Señor hubiese resucitado sin las cicatrices?  ¿O es que no podía haber resucitado su carne sin que quedaran en ella rastro de las heridas? Lo podía; pero si no hubiese conservado las cicatrices en su cuerpo, no hubiera sanado las heridas de nuestro corazón. Al tocarle lo reconoció. Le parecía poco el ver con los ojos, quería creer con los dedos. <Ven, le dijo, mete aquí tus dedos; no suprimí ninguna huella, sino que dejé algo para que creyeras; mira también mi costado, y no seas incrédulo sino creyente>. Tan pronto como le manifestó aquello sobre lo que aún le quedaba duda, exclamó: < ¡Señor mío y Dios mío!> (Sermón 145 A).

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