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Segundo Domingo de Pascua
Fr. Imanol Larrínaga, oar - 02/04/2016

LECTURAS

Hechos 5, 12- 16

Para llegar a la comprensión de este texto (sumario) es necesario tener en cuenta el anterior y el siguiente. El relato sobre Ananías y Safira (5, 1- 11) no podía terminar con la referencia a la persecución de los apóstoles. Sería casi una contradicción. De ahí que parece comprensible que se sitúe en medio el texto que se lee hoy en la liturgia.

La Iglesia tiene en este momento la validez de una comunidad definida, diversa y, a la vez, abierta. El temor provocado por lo de Ananías exigía un gran respeto, incluso por parte de los judíos en relación con los cristianos. Debemos admitir la fuerza del evangelio: “los apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo”. Ya no solo el nombre de Pedro sino que los demás discípulos son tomados en total consideración. En sus reuniones, los cristianos no se mezclan con los otros, pero se les incorporan cuantos abrazan la fe en el “Señor”. 

La Iglesia, en la representatividad de esta comunión de vida tiene un cierto temor respetuoso, de modo que los otros, los no cristianos, no se atrevían a mezclarse con ellos para oír la enseñanza de los apóstoles, pero lo cierto es que “se hacían lenguas de ellos”. Esto da de sí una aproximación ya que “aumentaban más y más los creyentes”. 

El testimonio de reunirse “de común acuerdo” es también un elemento digno de atención por parte de los que los contemplaban en la unidad y en su vida digna. El caso es que mucha gente llegaba a Jerusalén atraída por el poder curativo de los apóstoles para ser curada. Y esto refrenda mucho el respeto y la simpatía de los cristianos.

Apocalipsis 1, 9 -11a. 12-13. 17 – 19

A esta lectura de la Liturgia antecede un texto (1, 1- 8) que arranca con un saludo epistolar. El profeta de Patmos describe su visión con toda la riqueza de la fantasía bíblica, para indicar con ello que Jesús es realmente Dios y hay que hablar de él con la misma legitimidad que el Antiguo Testamento habla de Yahvè.

Lejos de identificarse como Juan el apóstol, nuestro Juan habla de los Doce como figuras del pasado; es “siervo” de Jesucristo. El prólogo concluye con un anuncio profético de la venida de Cristo, su parusía, el acontecimiento tan remarcado en este libro y con una palabra muy clara del Padre que lo garantiza, “YO soy el Alfa y la Omega”. Todo se dirige a afirmar la gran verdad: Jesús viene.

Se entra así en el mensaje a las siete iglesias a través de una presentación fraterna. Su presencia se debe como compañero en pura humildad e igualdad y, en razón de su comportamiento ha merecido entrar en el “reinado” de Jesús. La valoración que hace de sí mismo solo tiene como fuerza vital la palabra de Dios y el testimonio que dio Jesucristo. Y su convicción de manifestar el mensaje solo se debe a que ha recibido, una vez que el Espíritu se apoderó de él y, por lo tanto, lo que recibió en la visión no lo puede callar hasta el punto de manifestar: “lo que ves escríbelo en un libro y envíalo a las siete iglesias”.

La descripción de Jesucristo tiene una impresión general de poder y majestad. Tiene figura humana como la de Daniel 7, 13. Se mueve entre lámparas y candelabros, las iglesias que alumbran el templo de Dios. Y en el v. 17 encontramos la autopresentación del Señor: “Yo soy el primero y el último”, frase que se repite en 22, 13. Su vida después de la resurrección es perpetua. El Resucitado, con las llaves, controla ahora el poder total.

Juan 20, 19 – 31

El relato tiene el signo de una manifestación total pero con un signo de sencillez y de lógica: lo fundamental está en la presencia del Señor en medio de los apóstoles y su mensaje de amor: “la paz con vosotros”. Es el saludo amoroso de Cristo Resucitado a las claras, desde el gran misterio y desde la esperanza. Es una presencia viva, que llega al corazón. La presencia del Maestro ante o entre los discípulos es la prueba evidente de la promesa, del cumplimiento de las profecías, de la verdad del Dios hecho hombre.

En esa presencia, aparición, tiene dentro del lugar “con las puertas cerradas” el anuncio de la paz, el conjunto de todos los bienes. Se dobla, no se repite, el saludo de la paz y los discípulos se alegraron “de ver al Señor”. Esta es la alegría que el Señor había prometido a sus discípulos en el discurso de la última cena (16, 22).  La reiteración del saludo muestra la solemnidad del momento. Es el acto del envío de los discípulos por Jesús, como Jesús había sido enviado por el Padre (cf. 17, 18). Los discípulos se convierten en mandatarios de Cristo como Cristo lo es del Padre.

Es necesario remarcar que el hecho del envío se concreta y se especifica ahora con la donación del Espíritu Santo para el perdón de los pecados. Y esta donación conlleva un gesto al cual debemos dar todo su valor: “dicho esto, sopló sobre ellos”, y ese gesto es casi una forma cuasi sacramental de representar la efusión del Espíritu Santo por parte del Resucitado: “recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (20. 22-23). La denominación de “Espíritu Santo” indica claramente la fe trinitaria y el don que se les concede es el poder de perdonar los pecados. 

Más adelante, nos encontramos con una escena llena de misterio y de amor: la incredulidad humana (Tomás) y la misericordia divina expresada en la actitud del Resucitado. La oveja descarriada, es el caso de Tomás, tiene el contrapunto del Buen Pastor, la expresión más bella y entrañable de no dejar fuera del redil a la oveja más tozuda. La escena, entre el amor entrañable del Hijo de Dios y los razonamientos del hombre, deja un margen abierto al amor y al perdón: “no seas incrédulo sino creyente”. Y vienen luego las palabras de Tomás: “Señor mío y Dios mío”. Estas palabras de Tomás son la confesión más clara de la divinidad de Cristo que hay en el cuarto evangelio.

El acto de la fe de Tomás tiene sin duda un valor extraordinario: “ver y creer” es abrirse a la gracia de Dios y obtener la vida eterna (cf. 6, 40). Ver al Señor es un privilegio de los discípulos, pero también indica Jesús que los que no le han visto físicamente pueden participar en la dicha de la fe.

El evangelio resume el sentido de su mensaje aludiendo a los signos de Jesús y su finalidad: “han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida eterna”. Aquí hay una hermosa síntesis: Jesús es el Mesías prometido en las Escrituras: con su muerte en cruz “todo está cumplido”. Y ese Mesías es el Hijo de Dios. 

 

MEDITACIÓN

En la vida humana se multiplican las distancias y, aunque nos sobren medios de comunicación, hay menos experiencia de encuentro y, consiguientemente, no provocamos el verdadero sentido de una humanidad más unida y más solidaria. Y esto que puede parecer una anécdota muy común en nuestro tiempo, se convierte en un gran problema, cuando no en un vacío, al tratar de la fe. En el plan de Dios nunca hay extremos que distancien, todo es acercamiento: vemos en el comienzo de la iglesia primitiva una apertura de vida y de crecimiento. La fe favorece, por la verdad y el testimonio, un acercamiento desde la convicción de los creyentes y desde su lógica de la vida siendo fieles a las enseñanzas de los apóstoles. Es casi necesidad dentro de un mundo concreto que una comunidad, pequeña en número y en fuerza externa, tenga tanta capacidad de atracción y de un horizonte distinto.

De hecho, hay una motivación básica y permanente: Jesús, Yo soy el primero y el último, es el que vive. Él es la presencia y la fuerza motriz que entra en la historia personal y social y cambia las entrañas de las personas desde su triunfo sobre el pecado y la muerte. Él trae con su Resurrección la imagen verdadera que el hombre debe hacer suya y expresarla en plenitud confesando con su vida que Él es la razón de todo. Es el anuncio de Cristo como señor de la historia y es la llamada a la fidelidad en todos aquellos que, renacidos en el agua y en el Espíritu, sean “luz del mundo y sal de la tierra”. Los discípulos de Jesús, conscientes del don recibido, “resucitados para una nueva vida”, deben ser testigos cualificados de la presencia del Resucitado. No se trata de admitir (creer) el don de la vida nueva; el compromiso de anunciar el mensaje de Cristo debe tender a una revolución de sistemas, de valores, de apreciaciones y de seguridades que contradicen claramente la “Paz” que trae al Señor y la ofrece a los discípulos.

La gran tentación, muchas veces, subliminal, es contentarse sin inquietudes. Si a los creyentes nos suena hasta antipático el apóstol Tomás por su empecinamiento en tocar y experimentar, también nos debería plantearnos a nosotros el gran peligro de ni siquiera sentir la inquietud de poder llegar a un encuentro Jesús que constantemente nos invita a la nueva vida y nos hacemos los remolones buscando razones, excusas, “pasando” sin más por la vida y despreocupándonos de lo que puede y debe definir la fe verdadera en nuestras personas.

La gran tentación por nuestra parte es no suspirar por una presencia de Jesús Resucitado en nuestras vidas y que despierte una atracción capaz de salir de nuestra pasividad y que nos ponga a la escucha de una Paz que sólo Él nos puede conceder y que da verdadero sentido a nuestras personas. Cada uno debemos recordar aquello de san Agustín: “temo al Dios que pasa y no vuelve”. La vida se convierte, desde el amor de Dios, en un paso constante de la gracia con la cual Cristo nos invita a creer en Él y a reconocerle. A la vez, esta experiencia nos abriría un margen muy amplio para descubrir los rostros resucitados que a cada paso manifiestan los auténticos discípulos de Jesús y son anunciadores de la Buena Nueva. Hoy escuchamos con gozo la voz del Maestro que quiere entrar en nuestra y topa con la dificultad del corazón cerrado por miedo a sus “exigencias” y desoye la gran invitación de la Paz a raudales, con el signo de Dios y con el don del Espíritu. En esta encrucijada de la historia en la que vivimos y nos encontramos, reconozcámonos necesitados de la presencia del Resucitado y escuchemos su voz: “dichosos los que crean sin haber visto”.

 

ORACIÓN

Señor, nuestra oración es un canto a la gratuidad. Contemplamos, por pura gracia tuya, los signos y prodigios de tus apóstoles, y la vivencia de un amor fraterno entre tus fieles que llama tanto la atención y el respeto de los demás. Son tus maravillas de vida nueva, frutos hermosos de la Resurrección que se hacen tan manifiestos en el crecimiento de la Iglesia.

Tu presencia es viva, radiante de luz e ilusión de una esperanza. Tú eres el primero y el último, el que vive. Concédenos, Señor Resucitado, la vida, resucítanos de nuestro egoísmo y de nuestra indiferencia y líbranos de toda esclavitud. Así viviremos con fe lo que está sucediendo y lo que ha de suceder más tarde. Entra, Jesús, en nuestra casa, en nuestros corazones, tan miedosos por tantas veleidades y tan poco lanzados a la sorpresa de tu presencia. Llega a nosotros, siéntate junto a mí  y enséñame cómo me amas para que  te descubra como “¡Señor mío y Dios mío!”. Como Tomás exijo tu presencia pero tú me brindas el regalo de la fe demostrándome que Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo en ti, tenga vida eterna.

 

CONTEMPLACIÓN

La lectura del santo evangelio de hoy nos ha relatado de nuevo la manifestación del Señor a sus siervos, de Cristo a los apóstoles y el convencimiento del discípulo incrédulo. El apóstol Tomás, uno de los doce discípulos, no dio crédito ni a las mujeres ni a los varones cuando le anunciaban la resurrección de Cristo el Señor. Y era ciertamente un apóstol que iba a ser enviado a predicar el evangelio.

Cuando comenzó a predicar a Cristo, ¿cómo podía pretender que le creyeran lo que él mismo no había creído? Pienso que se llenaba de vergüenza propia cuando increpaba a los incrédulos. Le dicen sus condiscípulos y coapóstoles también: <si no introduzco mis manos en su costado y no toco las señales de los clavos no creeré>. Quería asegurar su fe tocándole. Y el Señor había venido para que lo tocasen. Y si el Señor había venido para que le tocasen, ¿cómo dice a María en el texto anterior: <no me toques, pues aún no he subido al Padre>. A la mujer que cree le dice: <no me toques>, mientras dice al varón incrédulo: <tócame>. María ya se había acercado al sepulcro y, creyendo que era el hortelano el Señor que estaba allí de pie, comienza diciéndole: <Señor, si tú le has quitado, dime dónde le has puesto y yo lo tomaré>. El Señor la llama por su nombre: <María>. Ella reconoció al instante que era el Señor al oír que la llamaba por su nombre; él la llamó y ella lo reconoció. La hizo feliz con su llamada otorgándole el poder reconocerlo. Tan pronto como oyó su nombre con la autoridad y voz acostumbrada, respondió también ella como solía:<Rabí>. María, pues, ya había creído; pero el Señor le dice: <no me toques, pues aún no he subido al Padre>. Según la lectura que acaba de sonar en vuestros oídos, ¿qué oísteis que dijo Tomás? <No creeré, si no toco>. Y el Señor dijo al mismo Tomás: <ven, tócame; introduce tus manos en mi costado y no seas incrédulo, sino creyente>. Si piensas, dijo, que es poco el que me presente a tus ojos, me ofrezco también a tus manos. Quizás seas de aquellos que cantan en el salmo: <en el día de la tribulación busqué al Señor con mis manos, de noche en tu presencia>. ¿Por qué buscaba con las manos? Porque buscaba de noche. ¿Qué significa buscar de noche? Que llevaba en sus corazón las tinieblas de su infidelidad (San Agustín en el sermón 375 C, 1-2).

 

ACCIÓN

Repetir muchas veces “¡Señor mío y Dios mío!”

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