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HOY ES DOMINGO
Fr. Imanol Larrínaga, oar - 24/04/2016

El tono festivo de la liturgia de hoy es algo así como una bocanada de aire puro y esperanzador. Y tiene motivo: el “Señor ha hecho maravillas, revela a las naciones su justicia”; por eso, “cantad al Señor un cántico nuevo” (Salmo 97, 1-2). ¡Qué necesarios son este mensaje y esta invitación y no solo en medio de un ambiente tan duro en expresividad sino especialmente en el corazón de los creyentes, inmersos en un clima más de desesperanza y lloro que de mirada limpia hacia el horizonte!
Puestos a leer con fe y deseosos de una novedad con fondo y forma, la Palabra de Dios nos invita al ánimo, a la certeza y al amor verdadero. Son síntesis y no rápidas sino más bien un encuentro al cual nos llama el Señor para descubrir Quién es Él y quiénes somos nosotros. ¿Acaso no es éste el tema fundamental al que debemos enfrentarnos a lo largo de nuestra vida? Es cuestión esencialmente de fe: “al llegar, reunieron a la comunidad, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe” (Hechos 14, (27); “ésta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos; ellos serán su pueblo y Dios estará con ellos” (Apocalipsis 21, 3); “os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Juan 13, 34).
Queda así afirmada la identidad del creyente cristiano y cuya calidad tiene un punto de partida inigualable: “Señor, que te has dignado redimirnos y hacernos hijos tuyos; míranos siempre con amor de Padre” (oración colecta). En toda la Palabra aparece Dios como causa, como necesidad de ser descubierto en la realidad humana, como cercanía con los hombres, en la referencia única e intransferible: todo lo ha hecho Dios, Dios estará con ellos, Dios glorifica al Mesías y en Él a nosotros. De ahí nace todo amor. Por eso, se multiplica la alabanza: “bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mi Rey” (Salmo 144). Se trata en todo momento de permanecer en la fe, permanecer en el Señor, permanecer en la gracia. En los tres casos se describe la existencia cristiana o el ser del cristiano como el esfuerzo de permanencia en la relación iniciada con el Señor, convertido en el Señor de la vida considerada como un servicio a Dios. Pero este servicio necesita el soporte de un mandamiento nuevo, del verdadero amor, tal como nos lo advierte el evangelio. Pero ¿en qué sentido el mandamiento del amor es nuevo? La novedad consiste en la universalidad, al estilo de Dios; es necesario borrar todas las barreras, sean del color o de la hechura que tengan: desde Dios todos somos sus hijos, no cabe por tanto ninguna discriminación. Dios ha puesto su morada en los hombres; de ahí que el mandamiento lleva el signo de la universalidad; “que os améis unos a otros como yo os he amado”.
El amor mutuo, sin distinciones, es como el de Jesús que entregó su vida para que toda la humanidad tuviera vida; por lo tanto, el amor debe ser cristiano, con el sello de Cristo, con una relación de amor, semejante a la relación del Hijo con el Padre. Y, así, entra en la humanidad un tiempo y un espacio nuevos, fundamentado en el amor y eso lleva una exigencia: “como yo os he amado”. Puede ocurrir que en nuestra formulación del amor (no olvidemos que nuestro amor debe llevar el sello de Cristo: donación y entrega por todos) se analiza muy mucho el sentido horizontal y, por eso mismo, se devalúa la calidad del amor porque queda reducida solo a nuestra medida. Por eso, -estamos en Pascua-, la definición en el amor no puede separarse de la pasión, muerte y resurrección del Señor: por todos y para todos. Además, el amor que se nos exige, debe llevar las mismas características del amor entre el Padre y el Hijo. Y solo este amor debe aparecer en el amor de cada uno de nosotros. Y no se puede manifestar este estilo de amor si no somos discípulos auténticos de Cristo.
El “mandamiento nuevo” no lo podemos separar de Dios que “todo lo hace nuevo” (Apocalipsis 21, 5a). Es la nueva relación entre el mundo de Dios y el mundo de los hombres. Dios purifica todo, renueva todo, lo reconvierte todo en su imagen… Hay por lo tanto un enfoque nuevo del hombre: “haz que los que creemos en Cristo, tu Hijo, alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna”. Cantemos: “que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles”, los que te aman y los que desde tu amor aman a los demás.
Respecto del “mandamiento nuevo” meditemos a la luz de Agustín de Hipona: “Quien tiene su corazón lleno de amor, comprende sin error y mantiene sin esfuerzo la variada, abundante y vastísima doctrina de las Sagradas Escrituras, según las palabras del Apóstol: «la plenitud de la ley es el amor», y en otro lugar, «el fin del precepto es el amor, que surge de un corazón puro, de una conciencia recta y de una fe no fingida». ¿Cuál es el fin del precepto, sino el cumplimiento del mismo? ¿Y qué es el cumplimiento del precepto, sino el cumplimiento de la ley? Lo que dijo en un lugar: «la plenitud de la ley es el amor», es lo mismo que dijo en el otro: «el fin del precepto es el amor». No puede dudarse de que el hombre en el que habita el amor es templo de Dios, pues dice también Juan: «Dios es amor»… El mismo Señor que los (a los apóstoles) alimentó con la palabra de la verdad y del amor, que es el mismo pan que ha bajado del cielo, dijo: «os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros». Y también: «en esto conocerán todos que sois mis discípulos: si os amáis los unos a los otros». El que vino a dar muerte a la corrupción de la carne a través de la ignominia de la cruz y a desatar con la novedad de su muerte la cadena vetusta del pecado, creó un hombre nuevo con el mandamiento nuevo” (Sermón 350).

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