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VI Domingo de Pascua
Fr. Imanol Larrínaga, oar - 30/04/2016

LECTURAS

Hechos 15, 1-2. 22-29     

Aparece en escena el Concilio de Jerusalén, un momento decisivo en la primitiva Iglesia. Las iglesias de Jerusalén y la de Antioquía siguen caminos diversos. Por un lado, la iglesia de Jerusalén está formada o dominada por judeocristianos, conservadores en diversas cuestiones. Se consideran una especie de “resto” en el cual está cristalizando y creciendo el nuevo Israel, definitivo y total. Garantizan esa continuidad la descendencia física y, espiritualmente, la circuncisión y la observancia consecuente de la ley. La comunidad de Antioquía es más heterogénea en su composición y muy dinámica. Su definición está en vivir en un ambiente pluralista, abrirse hacia fuera con helenistas y paganos convertidos. Y surge la gran cuestión: los grupos judíos defienden la integridad de la comunidad si en ella hay circuncisión y cumplimiento de la Ley. De ahí que prácticamente niega que la iglesia de Antioquía está en la Iglesia.     

El tema es de tanta intensidad que se acuerda una reunión de los apóstoles y sacerdotes para resolver la cuestión. Terminada la discusión privada con un acuerdo, se pasa a la asamblea general que ratifica el acuerdo y se dispone a comunicarlo a la comunidad de Antioquía, Siria y Cilicia. Lo que deciden es en realidad sólo lo que ya Santiago ha decretado y sentenciado. En la carta se añaden algunos detalles a tener en cuenta: se desautorizan los extremismos y su acción espontánea. En contraste, son alabados Bernabé y Pablo por su espíritu de sacrificio a favor del evangelio. Y se apela al Espíritu Santo, que ratifica la decisión de los responsables. Hay una decisión común de elegir a Judas y Silas para enviarlos con Pablo y Bernabé. La decisión sobre la que se debe exigir a los gentiles cristianos es una decisión compartida: “hemos decidido en Espíritu y nosotros”. Es una decisión de compromiso, algo así como que cada parte cedió algo. Pedro aceptó las cuatro leyes de la pureza legal para permitir la convivencia entre judíos y gentiles conversos y Santiago aceptó no imponer la circuncisión a los gentiles convertidos.

Apocalipsis 21, 10-14. 22-23     

El texto propio requiere una atención al contexto: en los vv. 1 al 8 se especifica la “salvación”. En un texto anterior (17, 1) Juan es conducido al desierto y aquí es llevado a “una gran montaña” desde donde se puede observar a la “esposa del Cordero”. Ezequiel accede a la ciudad que está sobre la montaña; en nuestro caso, desde una montaña la contempla bajar del cielo, porque es creación de Dios.     Hay en el texto cuatro rasgos importantes: no solo habla de las medidas de la muralla que rodea a la Nueva Jerusalén sino que se entretiene en su descripción; Juan no describe el templo sino la ciudad; subraya que el trono de Dios y del Cordero constituye al centro de la Nueva Jerusalén. Finalmente, Juan apela a las esperanzas grecorromanas de vivir en la ciudad ideal.     La ciudad no necesita templo porque la llena la presencia de Dios y de Jesucristo. Tampoco necesita “luz de lámpara”. Ni la luz de las dos lumbreras de la creación pues será como la de Jerusalén de Isaías 60, 1-3. En el último versículo se cumple exactamente la profecía sobre el monte de ib. 2, 5 y 60, 11.

Juan 14, 23- 29     

En la cumbre de las promesas de la Nueva Alianza está lo más íntimo de la unión de Dios con el hombre: “el que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”. Es como si la relación del Hijo con el Padre se dilatara para dar cabida a los creyentes. La condición es la fidelidad a Jesús, la fidelidad al amor de Jesús, fidelidad que se expresa en el cumplimiento de los mandamientos. La promesa para el que ama a Jesucristo es ser amado por el Padre. A la promesa del amor del Padre se une la promesa del amor del mismo Cristo y la promesa de una manifestación continua y progresiva.     

En una especie de pausa, dice el evangelista: “el Defensor, el Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho”. El autor remite a la función del Espíritu Santo, completando así la promesa de 14, 15-17 y a la vez presentando al Espíritu Santo como continuador de la obra de Dios. Viene luego un saludo de paz. Recordemos que el saludo o despedida de Jesús tiene un sentido profundo y verdadero. Jesús dice que su paz tiene unas categorías muy distintas a las que el mundo anhela o desea. Y, a continuación, aparece una de las frases más interesantes y a la vez más difíciles del evangelio, aunque sí se puede enlazar una explicación: el Padre lo ha enviado, ha trazado el designio que ha de realizar y le comunica lo que ha de anunciar.     

La expresión “me voy volveré a vosotros” nos remite al anuncio de 14, 1-3. Por eso los discípulos tienen que alegrarse de que vaya al Padre ya que esta expresión es una fórmula para expresar la muerte y la resurrección. La razón que deben experimentar los discípulos porque vaya al Padre es “porque el Padre es mayor que yo”. Es cierto que el Verbo es igual al Padre pero en cuanto encarnado, en cuanto hombre, puede decir que el “Padre es mayor que yo”. Nuestra lectura de la Palabra termina con “os lo he dicho ahora para que cuando suceda, sigáis creyendo”. Al pronunciarlo serena y conforta, al cumplirse acredita e ilusiona. El esquema es típico de Is (cf. 48, 5).

MEDITACIÓN     

El ritmo que lleva la vida en estos momentos no es solo para contemplarlo y opinar desde nuestra postura de espectadores, quedando luego sin exigirse una respuesta que comprometa y nos haga pensar que todos tenemos nuestra responsabilidad. El tema del sacerdote y el levita que pasan de lejos ante el hombre caído en la cuneta y siguen su camino sin más, es algo que a nosotros nos debe servir de aviso y de preocupación ya que todos somos parte de una sociedad y según la toma de conciencia de cada uno puede ir creándose un ambiente no solo en plan solidario sino en caridad cristiana. Los ojos vendados a capricho para no ver primeramente la propia realidad tienen siempre un peligro: nos alejamos de los demás, no nos interesan los “otros”, queremos no inmutarnos para no perder nuestra plácida experiencia y seguir caminando -es un decir- sin preocupaciones.     

Vivir, gozar y derramar paz es una exigencia cristiana, es mandato del Señor y con un ejemplo vivo ante el cual no puede adoptarse una postura pasiva ni tampoco hacerse el desentendido. Es cierto que para ello hay que saber y querer amar y no amar de cualquier manera sino según el ejemplo de Jesús. No cabe otro planteamiento ni tampoco otra referencia. Y, puestos a pensar desde el Evangelio, la primera actitud es situarnos ante una opción que jamás desequilibra y sí fortalece: “el que me ama guardará mi palabra”. El hecho mismo de contemplar el amor de Dios en nuestras personas es ya una clave de luz y de fortaleza: Dios habita en nosotros y, consiguientemente, nuestras personas tienen en sí mismas una llamada para exigirse una respuesta: contemplar, agradecer, profundizar y llevar a la vida diaria una actitud exigente de ofrecer a los demás un ejemplo de sólida fe basada en el don del amor de Dios y de su presencia entre nosotros.     

El testimonio cristiano lleva consigo una constante apuesta: debe ser expresión clara y determinante del Dios verdadero en nuestro corazón y siempre encarnado en la vida desde el amor y la paz. No es cuestión de esfuerzo sin más, es una gracia que Dios nos concede a través del Espíritu Santo y se adentra en nuestras almas para que “nos enseñe todo y nos recuerde todo” lo que Jesús nos dice en el evangelio. El camino de la vida cristiana nunca puede estar alejado de la realidad y el ejemplo de Cristo lo ratifica: “he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. Y es hermoso sentir en el corazón la llamada del Maestro para vivir en el amor con la convicción que es amor de Dios y que lleva a la paz.

ORACIÓN

Señor: dedicarte la vida es un regalo más tuyo que nuestro, es descubrirte cada día como un milagro que está en nuestro corazón y que solo desde él podemos vernos y amarnos. Tú sabes que vivimos casi constantemente en la superficie de nuestras personas y en la sociedad; vamos casi siempre como curiosos que miran alrededor y casi nunca entramos en el corazón, lo cual nos hace ser muy superficiales y hasta desagradecidos. No descubrimos tu infinito amor ni tampoco la paz que nos concedes ¡Cómo luego vamos a llegar a la realidad de la vida...! Así caminamos y nos deslizamos sin parar mientes en tu presencia que nos llama y nos advierte que nuestro camino debe ser solo tu Camino y que no valen las escapatorias. Escucharte hoy en el evangelio demostrándonos tu infinito amor y la lógica de ser fieles a tu palabra sigue siendo desde ti la expresión de tu ternura infinita y también del privilegio de tu elección sobre nosotros otorgándonos la paz.

Señor: Tú sabes, mejor que nadie cómo necesitamos tu amor y tu paz, y que caminamos tan superficialmente porque no te escuchamos en el corazón. Sigue, Señor, sembrando y purificándonos para que sigamos creyendo siempre que Tú estás con nosotros y para que “no tiemble nuestro corazón ni se acobarde”.

CONTEMPLACIÓN     

«El que tiene mis mandatos y los observa es quien me ama»; el que los tiene en su memoria y los observa en su vida; es que los tiene presentes en sus palabras y los observa en sus costumbres; quien los tiene porque los escucha y los observa practicándolos, o quien los tiene porque los lleva a la práctica y los observa perseverando en ellos. «Ése es, -dice-, quien me ama». El amor debe manifestarse en las obras para que no se quede en palabra estéril. «Y a quien me ama, le amará mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a mí mismo». ¿Qué significa «amaré»? Deja entender que le ha de amar entonces, pero que no le ama ahora. No ha de entenderse así. Pues ¿cómo podría amarnos el Padre sin el Hijo o el Hijo sin el Padre? Si su obra es inseparable, ¿cómo pueden amar de forma separada? Pero dijo: «Yo le amaré, para añadir: Y me manifestaré a él. Le amaré y me manifestaré»: es decir, le amaré, para manifestarme a él. Al presente nos ha amado para que creamos y guardemos el mandato de la fe; entonces nos amará para que le veamos y recibamos la visión misma como recompensa de la fe. También nosotros le amamos creyendo lo que veremos, pero entonces le amaremos viendo lo que hemos creído. (San Agustín en el comentario al evangelio según san Juan 75. 2-5).

ACCIÓN     

Agradezcamos al Señor el don que nos concede: la paz os dejo, mi paz os doy, no os la doy como la da el mundo.

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