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Solemnidad de la Ascensión del Señor (ciclo C)
Fr. Imanol Larrínaga, oar - 08/05/2016

Lecturas

Hechos 1, 1-11

El breve prólogo enlaza el presente libro al evangelio como segunda parte de una obra, con la cual la historia de la naciente Iglesia queda firmemente sujeta al ministerio de Jesús. Lucas retoma aquí la referencia a Teófilo que puso al comienzo del evangelio.    El contenido del evangelio que Lucas resume aquí es todo “lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio… hasta que fue llevado al cielo”. El texto destaca que dio “instrucciones por medio del Espíritu Santo a los apóstoles que había elegido”. Cuando se retoma el evangelio (cf. Lc 24. 50 - 53) hay un aspecto propio: en el evangelio la resurrección es el fin de la vida de Jesús; aquí es el comienzo de la misión. Los “cuarenta días” es un número simbólico, que recuerda a Moisés en la montaña (Ex 24, 18; 34, 28, Dt 9, 9), a Elías peregrino (1Re 19, 8); Lucas pone aquí estos 40 días al comienzo de los Hechos para sugerir que también la comunidad de los apóstoles vivió un tiempo de tentación y discernimiento antes de comenzar este tiempo nuevo de misión.

Jesús da una orden a los apóstoles: ausentarse de Jerusalén para que “esperaran lo prometido por el Padre” y les dio esta orden “mientras comía con ellos”. Al final del evangelio el comer expresa la corporeidad; ahora expresa la presencia del Resucitado en la comunidad. La relación entre comida y reino de Dio es corriente en la tradición sinóptica. La permanencia en la ciudad debe durar “hasta que sean revestidos del poder de lo alto”; una referencia clara a Pentecostés. Esto es importante para entender el verdadero sentido de la Ascensión.

Hay un breve diálogo que revela el horizonte mental de los discípulos, todavía después de la Resurrección pero antes de recibir el Espíritu. Jesús no pone fechas. Pero “recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros y seréis testigos míos en Jerusalén… hasta el confín del mundo”. El proyecto de Jesús en el evangelio ha sido transformado ahora, por su muerte y resurrección, en un proyecto del Espíritu que actúa por los misioneros testigos desde Jerusalén hasta los límites de la tierra. La culminación del proyecto de Jesús en el evangelio (cf. Lc 24) es el comienzo de un proyecto del Espíritu y de los testigos de Jesús, ahora con una dimensión universal.

Efesios 1, 17-23

El contenido del texto se puede dividir en dos partes: petición (17-19) y parte cristológica (20-23). El contenido de la petición es conocer a Dios, pero también conocer nuestro fin último, expresado como objeto de esperanza, como gloria y como herencia. Todo ello procede del poder de Dios y que se expresa en su poder, eficacia, potencia y fuerza. Es la misma fuerza que se desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su diestra, la fuerza que le colocó por encima de todo Principado y Potestad y Poder, y “sobre todo nombre que se nombra”, con todo sometido a sus pies.

El mismo Cristo es la Cabeza de la Iglesia, la cual es su Cuerpo y “plenitud de aquel que lo llena todo en todo. Se traspasa a la Iglesia, de modo subordinado a la Iglesia, lo que es propio de Cristo, algo que otros textos dicen de los redimidos, sencillamente porque el nuevo Pueblo mismo tiempo los fieles pueden encontrar en la Iglesia mucha más “plenitud” de la que encuentran en sí mismos.

Lucas 24, 46-53

El relato de la Ascensión se une a los relatos de las apariciones de Jesús resucitado. El resucitado se despide de sus discípulos en una última aparición (cf. Hch 1, 3-14). Es un enlace entre la predicación y la muerte y resurrección. O sea, la pasión y la resurrección desembocan en la predicación apostólica, universal, a partir de Jerusalén. Jesús los envió en una primera expedición limitada (cf. Lc 9, 1-6); ahora los nombra sus testigos.

Cristo parece desaparecer a los ojos de sus apóstoles como el Sumo sacerdote desaparecía de la vista cuando entraba en el Santo de los santos (cf. Heb 9, 1-14). Con un gesto típicamente sacerdotal, Jesús, “elevando sus manos, los bendijo”. La referencia a esta bendición permite a Lucas relacionar el principio con el fin de su evangelio.

Jesús se separa de sus discípulos durante la bendición y no después de ella. Así da cumplimiento a la bendición prometida por Dios a Abraham (cf. Hch 3, 25). Al tomar estas imágenes de la liturgia del templo. Lucas quiere hacer comprender la función sacerdotal desarrollada de ahora en adelante por el Señor resucitado.

El comportamiento de los que acompañaban a Jesús tiene también un carácter litúrgico: ellos se postran delante del Señor y llenos de gratitud glorifican a Dios en el templo. A pesar de la separación, los discípulos vuelven a Jerusalén “con gran alegría”. Este sentimiento puede parecer extraño pero se explica porque ellos han visto que “el Señor en verdad ha resucitado” y saben que pronto serán “revestidos con la fuerza que viene de lo alto”. Lucas cierra su evangelio en el templo de Jerusalén, como lo había abierto (1, 7-8; 24, 53).

MEDITACIÓN

En el día de la Ascensión y con el mandato de Jesús para ir a proclamar el evangelio, asumamos nuestra responsabilidad ya que también a nosotros puede (debe) echarnos en cara nuestra incredulidad. En un examen serio de conciencia debemos redefinir nuestra creencia y reelaborar los medios de vivirla para que sea significativa. Solo así podemos comunicarla como algo valioso para los demás. Y, junto a esto, vivimos la necesidad de estar a la altura de lo que se espera de nosotros, pues, aunque se devalúe nuestra creencia y no se denigre por ella, se nos exige un comportamiento coherente con ella e impecable moralmente.

Si creemos que nuestra fe sigue siendo una respuesta válida hoy, se impone es la necesidad de ir desmontando la imagen que la gente percibe en nosotros y mostrar que la Iglesia de Cristo no puede, ni en sí ni en sus fieles, oscurecer ni encubrir la verdad del mensaje de salvación que nos trae Jesús. Los creyentes estamos llamados a proclamar la verdad del Evangelio sin cambiar un ápice a lo proclamado por Jesús y que, en líneas básicas, es la imagen de una Iglesia portadora de esperanza, que despierte la utopía de una humanidad más auténtica, con una vida cristiana más plena. Pero, sobre todo, la conciencia de una comunidad cristiana que tenga su centro mucho más en Jesús y en la verdad del evangelio. A cada uno de los creyentes, que también somos enviados por Jesús a proclamar el Evangelio, se nos urge que seamos de verdad Pueblo de Dios, y romper la inercia de una costumbre o de una vida cristiana sin gancho ni ilusión. Los apóstoles tienen conciencia de la presencia y fuerza del Espíritu en ellos. Y ¿nosotros...?

ORACIÓN

“¿Y dejas, Pastor santo, tu grey en este valle oscuro, en soledad y llanto,
y tú, rompiendo el puro aire, te vas al inmortal seguro?
Los antes bienhadados y los ahora tristes y afligidos, a tus pies criados,
de ti desposeídos, ¿a dónde volverán ya sus sentidos?
¿Qué mirarán los ojos que vieron tu rostro la hermosura que no les sea enojosa?
Quien gustó tu dulzura ¿qué no tendrá por llanto y amargura?
Y a este mar turbado ¿quién le pondrá ya freno? ¿Quién concierto al fiero viento, airado,
cuando tú encubierto? ¿Qué norte guiará la nave al puerto?
Ay, nube envidiosa aun de este breve gozo, ¿qué te quejas? ¿Dónde vas presurosa?
¡Cuán rica tú te alejas! ¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas! Amén.

(Himno de Vísperas en la Ascensión del Señor).

CONTEMPLACIÓN

Hoy celebramos la Ascensión del Señor al cielo. No escuchemos en vano las palabras: “levantemos el corazón”, y subamos con él, con corazón íntegro según lo que enseña el Apóstol: «si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba donde está sentado Cristo a la derecha del Padre; gustad las cosas de arriba, no las de la tierra». La necesidad de obrar seguirá en la tierra; pero el deseo de la ascensión ha de estar en el cielo. Aquí la esperanza, allí la realidad. Cuando tengamos la realidad allí, no habrá esperanza ni aquí ni allí; no porque la esperanza carezca de sentido, sino porque dejará de existir ante la presencia de la realidad. Oíd también lo que dijo el Apóstol acerca de la esperanza: «hemos sido salvados en esperanza. Mas la esperanza que se ve no es esperanza, pues lo que uno ve, ¿cómo lo espera? Pero si esperamos lo que no vemos, por la paciencia lo esperamos».

Ved cuán grande es la condescendencia de nuestro Señor. Quien nos hizo descendió hasta que descendió. Por tanto, si descendió hasta nosotros, nos elevó. Nuestra Cabeza nos ha elevado ya en su cuerpo; adonde está él le siguen también sus miembros, puesto que adonde se ha dirigido antes la Cabeza han de seguirle también los miembros. Él es la Cabeza, nosotros los miembros. Él está en el cielo, nosotros en la tierra. ¿Tan lejos está de nosotros? De ningún modo. Si te fijas en el espacio está lejos; si te fijas en el amor está con nosotros.

En efecto, si él no estuviese con nosotros, no hubiese dicho en el evangelio: «ved que estoy con vosotros hasta la consumación del mundo». Si él no está con nosotros mentimos cuando decimos: “el Señor esté con vosotros”. Tampoco hubiese gritado desde el cielo cuando Saulo perseguía, no a él, sino a sus santos, sus siervos, o, para usar un término más familiar, a sus miembros: «Saulo, Saulo ¿por qué me persigues?» He aquí que yo estoy en el cielo y tú en la tierra y entre los perseguidores, ¿Por qué dices “me”? Porque persigue a sus miembros, mediante los cuales, yo estoy aquí. En efecto, si se pisa a alguien el pie, no se calla la lengua. Así, pues, aquel por quien fue hecho el cielo y la tierra descendió a la tierra por aquel que hizo de la tierra y elevó a la tierra de aquí al cielo. Esperemos, por tanto, para el final lo que ya nos ha anticipado. Él nos dará lo prometido; tenemos esa certeza porque nos dejó una garantía. Escribió el evangelio; nos dará lo prometido (Sermón 395).

ACCIÓN

Hoy es un día para gozar de la mirada del Resucitado cuando sube al cielo.
 

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