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HOY ES DOMINGO
Administrador - 26/05/2016

La vida del espíritu es una vida de silencio y de holgura que hace posible  una cierta posibilidad de valorar todo con un signo distinto, Es posible  encontrar una actitud orante y de contemplación, necesidad de dejarse mirar y ser bendecido. De ahí se deduce la alegría del creyente, la posibilidad de experimentar la novedad permanente de todo lo que vive, pues al leer la propia historia ante Dios, todo se torna distinto e interesante y se nota la luz compasiva y misericordia de su Amor.

Este pensamiento lo deduzco desde un acto de fe que precisamente hoy me llama más la atención y la alegría con una palabra luminosa: “tradición”; palabra en la solemnidad de hoy y que es una referencia necesaria y digna de fe: “Yo he recibido una tradición, que procede del Señor, y que a mi vez os he trasmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregado, tomó un pan y pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: <esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía”> (1 Corintios 11, 23-24). Estas palabras del apóstol nos introducen en el misterio de la Eucaristía como banquete mesiánico y de acción de gracias, memorial de la muerte de Cristo por su propia institución en la Última Cena.

El apóstol Pablo hace frente a las reuniones de los cristianos en las que faltaba la caridad y la unión comunitaria: “cada uno se apresura a comerse su comida” y, además, había un desprecio de la asamblea de Dios porque “se avergonzaban de los pobres”. Pablo quiere con su catequesis sobre la Cena subrayar la muerte de Jesús como sacrificio cruento: “al partir el pan, el cuerpo se entrega a vosotros” y “el cáliz de la nueva alianza es mi sangre”. Los apóstoles tendrán que repetir muchas veces esto manifestando en “memoria mía”. 

Pasar de una costumbre de entender la solemnidad de hoy como una manifestación pública de la Eucaristía dista mucho de lo que la liturgia expresa. Aquí apenas hay exaltación; más bien, indica la fe en la “memoria” que debe perpetuarse en la humanidad y, además, la certeza de una presencia en  los cuerpos y en las almas. Lo importante del sacrificio eucarístico se clausura en vida, en la presencia de Cristo en cada corazón y, por supuesto, en cada memoria. Es un milagro de vida y para la y ida, es amor manifestado de la manera más entrañable.

La solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo abre un espacio inimaginable al creyente con la conciencia de la Alianza del Señor con su pueblo: “una alianza sellada con su sangre” y que lleva consigo un amor que crea un sentido de comunión y esperanza. Los dos aspectos de la alianza de Dios, presencia y comunión, se esclarecen propiamente  en el Evangelio: “Jesús se puso a hablar a la gente del Reino de Dios” (manifestación y realización de la Alianza) y “tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y los dio a sus discípulos para se sirviera a la gente”. Su presencia en la multiplicación de los panes es la respuesta verdadera al “Yo soy el Pan vivo que ha bajado del cielo” (Juan  6, 51), 

Orientando el milagro de la multiplicación de los panes a la celebración de la Eucaristía nos encontramos plenamente en la confesión de la fe: “anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección”.Esto supone que el “celebrar en memoria suya” significa que cada vez que coméis de este pan y bebéis de la copa, proclamaréis la muerte del Señor hasta que vuelva (ib. 11, 26). 
El don de Dios se comparte y exige un testimonio, “revela al que come el Pan y bebe de la copa que la comunión es un signo del banquete del reino del reino que se ha gustado en la vida mortal y que llena de gozo eterno de la divinidad” (Oración después de la Comunión). Lo más importante es que la Eucaristía sacia y da `plenitud, nos hace formar parte de una comunidad cristiana que sigue al Maestro y que, cuando nos alimentamos de la Palabra escuchamos la invitación para que nuestra peregrinación tenga un horizonte espléndido: “Yo soy el Pan vivo que ha bajado del cielo, dice el Señor; quien coma de este pan vivirá para siempre” (ib, 6, 52).

En plena experiencia cristiana vivimos un tiempo en la celebración de la Eucaristía y otro espacio vital en el misterio recibido y gozado. Se nos exige atención, silencio, interiorización, Sabemos que en todo     quehacer humano hay adormecimientos de los sentidos. Nuestros sentidos  y nuestra atención  están tan  sobrecargados que pierden fácilmente su agudeza y necesitamos fe en el misterio que llevamos en nuestro interior e ilusión para cultivar un diálogo de amor y de gozo. Necesitamos crear silencio que nos lleve hacia el corazón y que podamos vivir y gozar un encuentro con el Dios. Tenemos que sacar a la luz lo que está oculto en nuestra vida y dejar que el Señor lo ilumine y nos señale el camino verdadero de la felicidad, Al fin y al cabo, no estamos solos, Él está en nosotros y con nosotros,

Tengamos presente el gran misterio: “el que come de mi Carne y bebe de mi Sangre permanece en mí y yo en él” (ib. 6,57). Este habitar o permanecer en Cristo se desarolla ampliamente en Juan 15, 1-17. Se trata sin duda alguna de la vida divina comunicada al que comulga: “Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor hasta que él venga” (Juan  11, 26).

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