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Solemnidad del Corpus Christi
Fr. Imanol Larrínaga, oar - 26/05/2016

Lecturas

Gen 14, 18 – 20

Este capítulo se compone de dos episodios artificialmente ligados (14, 1- 17 y 14, 18 – 24). El segundo episodio, del cual la liturgia solo lee 14, 18 – 20, es más solemne. En líneas generales habla de un misterio del cual sale un rey sacerdotal, de nombre cananeo, que venera al Dios supremo y tiene su sede en Salem. Surge para recibir el tributo de Abraham y pronunciar sobre él la bendición.

Invoca para Abraham la bendición de su Dios, supremo, creador, universal. Y bendice a Dios dándole gracias por la victoria. De esa manera se hermana a una deidad local con el Dios de Israel, dándonos el único ejemplo de apreciación de un culto cananeo por parte del autor bíblico. Que Abraham le dé los diezmos de sus pertenencias muestra con cuánto respeto trata a ese sacerdote cananeo. Este hecho es otra prueba de la antigüedad  e independencia de la narración respecto de las tradiciones  dominantes en el antiguo Israel. 

En el NT encontramos en Hech 5-7 un uso abundante de esta figura sacerdotal vinculada a Jesús. Para esto ayudan el símbolo del pan y del vino ofrecidos por Melquisedec y el hecho de que Abraham sea bendecido por ese sacerdote, entendiéndose que es siempre un superior quien bendice a alguien de rango inferior. El superior es identificado con la persona de Cristo.

1Cor 11, 23 - 26

Con el lenguaje técnico de “recibir” y “transmitir”, Pablo enfatiza el carácter de tradición autorizada que tiene este relato. Los vv. 23 y 26 señalan dos horizontes: primero, el pasado histórico y concreto  –“la noche en que era entregado” el Señor Jesús-, luego, el futuro escatológico –“hasta que él venga”-. Al usar la expresión “Señor Jesús” queda plasmada la unión entre estos dos horizontes; el Señor de la parusía futura es también el Señor de la historia humana. Entre estos dos puntos se celebra la Cena, que lo hace presente dentro de la comunidad de la nueva alianza.

A diferencia de los relatos de la ‘ultima cena en los evangelios, el que Pablo transmite comienza con estas palabras: “la noche en que iba a ser entregado. En esta referencia a la traición por un miembro del grupo íntimo de Jesús, hay una advertencia para los cristianos que traicionan y anulan la cena del Señor (v. 20). Para los que guardan su pan solo para sí, la tradición les recuerda que Jesús bendijo el pan para entregarlo a todos, así como se entrega a sí mismo por ellos. La tercera copa de la comida pascual judía, la que se tomaba “después de cenar”, queda reinterpretada por Jesús como signo de una alianza nueva, sellada por su propia sangre como cordero pascual (cf. 5, 7).

Pablo cita una formulación de la tradición que repite con la copa el “haced esto en memoria mía” del reparto del pan, y agrega “cuantas veces lo hiciereis”. En esto hay una alusión a la situación escandalosa de los que se embriagan en la cena de la comunidad. Las personas que tienen suficiente capacidad económica para traer vino a la reunión, pero que no lo comparten con los hermanos humildes, se descalifican como destinatarios de la nueva alianza; no están dispuestos a encarnar la memoria de Jesús. El pueblo de la nueva alianza, al participar del pan y del cáliz, anuncia la muerte del Señor (v. 26) y toma conciencia del compromiso de solidaridad y sacrificio que ésta le exige. La comunidad cristiana proclama que con este acontecimiento se inició el tiempo escatológico de la salvación, tal como se expresa en el “maran-atha” litúrgico, el “Señor viene”.

Lc 9, 11b – 17

El ministerio de Galilea culmina en varios actos y afirmaciones de Jesús que sientan las bases del Reino, cuyo signo y germen es la Iglesia. Lucas, que ha seguido cuidadosamente a Marcos, pasa por alto en  este punto a Mc 6, 45 – 8, 26. Pero, en realidad, no rechaza el contenido de la sección de Marcos sino que suprime el contexto. Lucas mantiene ostensiblemente el ministerio de Jesús dentro de los límites de Galilea; los viajes por territorio de los gentiles serán una tarea propia de los apóstoles de la Iglesia.

El v. 10 habla de un Jesús humano que descansa con sus discípulos en los alrededores de Betsaida. El episodio, el único relato común a los cuatro evangelios, constituye la culminación del ministerio de Jesús en Galilea. A partir de este momento, la actividad de Jesús estará centrada en la instrucción de los apóstoles, mientras que sus pensamientos giran cada vez más en torno a su propio destino. En este relato es notorio el simbolismo eucarístico. La forma en que los cuatro evangelistas  relacionan la multiplicación de los panes con el anuncio de la pasión subraya el rasgo “sacrificial” de la Eucaristía. Para apreciar el valor simbólico de este pasaje conviene tener presente que el hecho de alimentar a una multitud en un lugar desértico trae a la memoria de los judíos los milagros del éxodo.

El simbolismo de la narración queda confirmado en las palabras del v. 16: “tomó los cinco panes y los dos peces y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición y los partió y los iba dando…”. En todos los relatos de la multiplicación encontramos las palabras de la institución de la eucaristía y las pronunciadas en la cena de Emaús (cf. 24, 30), que aparecen en el mismo orden: “tomó…, levantó lo ojos…, bendijo…, partió…, dio”. Lucas intensifica aún más el aspecto eucarístico al suprimir la doble alusión de Mc a los peces y al centrar más la atención en el pan.

Meditación

En una sociedad tan compleja y tan avasallada por los innumerables problemas que le afectan, celebrar el misterio de la presencia real de Jesucristo en la eucaristía, es una gracia maravillosa, como misterio de fe y alimento de vida. Y estas dos realidades, si se viven con conciencia de la necesidad en cada hombre y mujer de ser felices y dar a su vida un sentido total, ofrecen desde el amor infinito de Dios la respuesta verdadera a su fe.

El día del Corpus tiene, como pedimos al Señor, el regalo que hace Dios, y en ella a todos nosotros, del “don de la paz y de la unidad”. Es providencial que en la celebración de la Eucaristía y, después de la oración del Padrenuestro, se nos ofrece la paz de Jesús y la invitación a darnos mutuamente la paz para que todos nos acerquemos en unidad a la comunión. El milagro de la multiplicación no es solo de un momento en el que Jesús da de comer a la multitud; el milagro, en lógica a “haced esto en conmemoración mía”, continúa en la Iglesia y la multitud, que somos nosotros, somos los beneficiarios del don del mismo Hijo de Dios. A ojos vista de la sociedad de la cual somos, no un número  más, sino parte esencial de la misma, la vida en paz y en unidad es la expresión más sincera  de fe que, alimentada en la Eucaristía, puede ofrecer con el testimonio de su presencia y como expresión del misterio que lleva dentro de sí: “el que come de mi Carne y bebe de mi sangre habita en mí y yo en él, dice el Señor” (Jn 6, 57).

Una humanidad doliente, tal como es nuestra sociedad,  enferma de cuerpo y de espíritu, tiene que encontrarse con alguien que, puesta toda su razón en Cristo, da sentido a cada momento de su vida en cuanto que es consciente del “Amén” dado en la comunión con Cristo. Todo encuentro con Jesús en la Eucaristía es una “elevación de nivel”, es una profundidad en la gracia que se va experimentando en el trato continuo con Dios en el corazón y que necesariamente se plasma luego en el encuentro con los demás y, a quien es preciso, poder llenarle el corazón como lo hacía Jesús en el evangelio.

Todos, en mayor o menor grado, sentimos necesidad de atraer a los otros pero olvidamos muchas veces las palabras del Señor: “cuando yo sea elevado a lo alto, atraeré a todos hacia mí”. Por lo tanto, solo quien  ha aprendido a dejarse atraer, en este caso, en la Eucaristía, tiene fuerza y vida para llegar a los demás. El evangelio nos plantea el amor infinito de Dios al manifestarse como presencia y alimento de nuestras vidas y, a la vez, nos invita a ser conscientes del misterio del corazón cuando nos dejamos habitar, llenar, por el mismo Cristo. Hay que aventurarse a creer y a vivir el misterio que existe en el corazón después de decir Sí al “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.  

Oración

Altar de Dios: el centro de la vida con el Señor en medio del pueblo, mesa del pan que a todos nos convida  a reunirnos  en un mundo nuevo.
Altar de Dios: la fuente de aguas vivas para saciar la sed del universo: “que todos sean uno” en Jesucristo, la oración del Señor, su testamento.
Pueblo de Dios, escucha sus palabras, que está el Señor presente entre los hombres; pueblo de Dios, camino de la patria, convoca a la unidad a las naciones.
Venid a la asamblea, de Dios es la llamada, que nadie quede fuera, de todos es la casa. Miembros de Cristo fieles, y de su amor testigos, pueblo de Dios, de paz sediento y peregrino.
Pueblo de Dios, escucha su palabra, que está el Señor presente entre los hombres; pueblo de Dios, camino de la patria, convoca a la unidad a las naciones.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Amén.

Contemplación

Restan las peticiones que se refieren a nuestra vida de peregrinos. Por eso, sigue así: <Danos hoy nuestro pan de cada día>. Danos los bienes eternos, danos los temporales. Prometiste el reino, no nos niegues el auxilio. Nos darás la gloria eterna en tu presencia; danos en la tierra el alimento temporal. Por esto decimos cada día; por esto hoy, es decir, en este tiempo. Cuando haya pasado esta vida, ¿pediremos acaso el pan d cada día? Entonces no se nos hablará de cada día, sino de hoy. Se habla de cada día ahora, cuando a un día que pasa sucede otro. ¿Se hablará de cada día cuando ya no habrá más que un día eterno?

Esta petición sobre el pan de cada día ha de entenderse de dos maneras: pensando en el alimento necesario para la carne o también en la necesidad de alimento para el alma. El alimento carnal para el sustento de cada día, sin el cual no podemos vivir. El sustento incluye también el vestido, pero aquí se toma la parte por el todo. Cuando pedimos pan recibimos con él todas las cosas. Los bautizados conocen también un alimento espiritual, que también vosotros estáis seguiros de recibirlo en el altar de Dios. También él será pan de cada día, necesario para esta vida. ¿O acaso hemos de recibir la Eucaristía cuando hayamos llegado a Cristo y comencemos a reinar con él por toda la eternidad?

La Eucaristía, en consecuencia, es nuestro pan de cada día: pero recibámoslo de manera que no sólo alimentemos el vientre sino la mente.  La fuerza que en él se simboliza es la unidad, para que agregados a su cuerpo, hechos miembros suyos, seamos lo que recibimos. Entonces será efectivamente nuestro pan de cada día. Lo que yo os expongo es pan de cada día. Pan de cada día es el escuchar diariamente las lecturas en la Iglesia; pan de cada día es también  el oír y cantar himnos. Cosas todas que son necesarias en nuestra peregrinación. ¿Acaso cuando lleguemos allá hemos de escuchar la lectura del códice? A la Palabra misma hemos de ver, a ella oiremos, ella nuestra comida y nuestra bebida como lo es ahora para los ángeles. ¿Acaso necesitan los ángeles códices o quien se lo exponga o lea? De ningún modo. Su leer es ver; ven la Verdad misma y se sacian de aquella fuente de la que a nosotros nos llegan unas como gotas de rocío solamente. Hemos hablado ya del pan de cada día, porque en esta vida nos es necesario hacer esta petición (San Agustín en Sermón 57. 7).

Acción. Contemplar el misterio de Cristo en la adoración de la Eucaristía. 

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