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HOY ES DOMINGO
Fr. Imanol Larrínaga, oar - 02/06/2016

La cercanía de Dios es siempre una bendición, una mirada amorosa que el Señor deja en el corazón en la medida que éste acepte la gracia que recibe. Es fe y no solo de lógica el pensar casi como mérito personal que tenemos derecho y obligación de que todo se nos conceda. Este peligro, incluso, nos ocurre  con Dios. En cierto modo, hasta lo exigimos, casi sintiéndonos que se nos conceda todo y olvidando que la gracia no la merecemos y solo Dios, sin mérito, nos lo concede.     

En esta línea es bueno acercarse hoy a la Palabra de Dios y encontramos así el milagro de la vida, la conciencia de ser llamados por la gracia y cómo Dios ha visitado a su pueblo. Tres verdaderos milagros que provienen de la bondad de Dios y que hacen  recuperar la vida en lo humano y en el interior: el hijo de la señora de la casa, Pablo el apóstol y el hijo de la viuda de Naím.     

Cada uno puede deducir en su interior la necesidad del milagro; de otra manera, sería una mera lectura de la Palabra de Dios y no una llamada al corazón, quedándonos en milagros bonitos y sin referencia a nuestras personas. La gracia no nos falta nunca y no podemos vivir ni sobrevivir a largo plazo, mantenerse y conservarse, crecer hacia dentro y trabajar hacia fuera sin convicciones éticas y valores sinceros y exigentes para dar a la existencia un sentido de fe y de esperanza en Dios.     

La Palabra de Dios nos sitúa hoy ante lo que es recuperar la vida, sentir en su propio interior una conversión total que lleva a ser un testigo de Cristo y, por último, creer que “un gran profeta ha surgido entre nosotros”. Son las referencias cuya síntesis es la resurrcción de un niño, la confesión del apóstol Pablo y el milagro del “¡Muchacho,  a ti te digo, levántate!. Al creer en la Palabra de Dios surge inmediatamente una gran esperanza si ponemos la vida y la convivencia en un ámbito en el que el perdón y la misericordia se convierten en un estilo de vida como quiere Dios. La fe es una gracia y es muchas veces exigida para vivir hacia dentro y conservar la presencia de Dios en el nivel de la fe y en razón a la gracia recibida desde Dios.

Si somos capaces de situarnos ante el Señor en un plan de escucha y de confianza habrá siempre un margen de la gracia que ilumina, antes que el camino, el interior del corazón y la orientación hacia un presente y futuro con una visión de la realidad según la voluntad divina. Las dos madres que salen hoy en escena parten de un fondo de fe en el “Dios mío” y el “Dios ha visitado a su pueblo”. No es sin más una oración, es asumr la presencia verdadera de Dios que entra en la humanidad cuando ésta es consciente de valorar su existencia y su ser desde la humildad y desde la verdad. Es bueno escuchar al apóstol Pablo cuando da a conocer públicamente  el descubrimiento de la misericordia de Dios.

Es una confesión de fe que, ojala los cristianos quisiéramos y pudiéramos expresar en la verdad de un replanteamiento de vida ya que ésta no puede resumirse  en una mera existencia sino como expresión de una gracia que se recibe de Dios y permanece en la medida que nosotros nos pongamos en manos del Señor. La fe no puede vivirse a largo plazo. Las dos madres que aparecen hoy en escena no insisten primariamente en la vida de sus ojos; más bien, suplican con fe al profeta como al Hijo de Dios la vida de sus hijos. Es una clara expresión de la esperanza ya que no cabe otra postura a no ser la rebelión ante Dios. Basta con recordar  dos detalles: “Elías le  dijo a la madre: <Mira, tu hijo está vivo>” (1 Reyes 17, 23) y “Jesús se lo entregó a su madre” (Lucas 7, 15).

El ser humano es un ser agradecido porque es una creación de Dios y de ello surge una vinculación universal; esto solo es posible  cuando la verdad y la veracidad alcanzan su realización y salen a la luz en la libertad individual y en la responsabilidad en  la vivencia de la fe, en la humildad y en la confianza total en el Señor. En las dos lecturas y cuya referencia nos sitúa ante la misericordia divina  hay un algo que debemos recordar: todo cuanto nos rodea no es otra cosa que un decorado más o menos bello, y que adorna el escenario de nuestro vivir.

Los personajes que nos acompañan van pasando a nuestro lado y muchas veces para no volver jamás. Todo esto tiene una necesaria lección: debemos aprender aquí a vivir de cara a Dios. empeñados en rectificar nuestra vida y fijando la mirada en un horizonte: “un gran profeta ha nacido entre nosotros” (ib. 7, 16). ¿Hasta dónde podríamos nosotros escuchar en nuestro corazón la petición de Elías: “Señor, Dios mío, que vuelva a este mujer o a este hombre la respiración”? No estamos ante un médico sino ante Dios, estamos ante un gracia que puede cambiar nuestra persona desde una indiferenci a un seguimiento de Cristo en la medida en que dejáramos a Dios lo que dice el apóstol Pablo: “revelar a su Hijo en mí” (Gálatas 1, 16).

Esto nos llevaría a mayor humildad, a mayor capacidad de escucha de la realidad de los otros y de Dios, a mayor receptividad para dejarnos afectar, tocar y alterar el fondo de nuestro espíritu ante los acontecimientos que irrumpen en nuestro presente tantas veces distraído y, por ende, nos llevaría a mayor cercanía y tambén al sentido de todo lo que Dios nos dice, nos ilumina y nos corrige. Puede que nos sorprenda el decirnos que necesitamos una resurrección y, sin embargo, no es solo necesidad sino también una gracia que se nos está ofrecidendo en cada momento y que puede cambiar totalmente la dirección de nuestro espíritu. 

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