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HOY ES DOMINGO
Fr. Imanol Larrínaga, oar - 08/07/2016

La definición de nosotros está expresamente en la primera lectura de hoy: el mandamiento está muy cerca de ti; en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo (Deuterenomio 30, 14). Quien cree esta hermosa verdad da el paso más completo de su persona a un despojo de muchos caprichos y de toda la superficialidad, temas siempre enlazados a nosotros en el camino de la vida. Surge así una llamada: ¿quien me va a seguir ahora desde la fe? Ese es, al menos, uno de los sentidos con los que el Señor bendice a los cristianos.
Nada es más necesario en nuestra vida que lo superfluo, porque solo con  el desborde hay alegría. Por lo tanto, nada es más imperioso que la fragilidad. Cuando nuestras necesidades son limitadas, nuestro corazón y nuestra boca se llenan con más facilidad y estamos alegres… pero ¿de verdad? Pensamos mucho en las exigencias que se nos plantean y dejamos de lado el fondo interior de nosotros mismos dando así paso a una superficialidad en la fe. El texto bíblico que hemos leído al principio tiene en sí una riqueza sin medida y es que tiene una base que es gracia y deriva todo él desde el amor de Dios: conviértete al Señor, tu Dios, con todo el corazón y con toda el alma. Es como decirnos: en la medida que hay en ti una interioridad propiamente cristiana, tienes también una experiencia fundamental de tu ser en relación con Dios. Ahí está la conversión, una manera distinta de verse  a sí mismo en actitud de escucha y mirada.
En este contexto tiene lugar un examen de conciencia sobre la verdad de nuestra fe: el ser humano, nosotros, puede acercarse y compartir con otros la experiencia de su realidad interior y la estabilidad  que uno mismo adquiere cuando se deja a Dios que sea dueño de nuestro corazón. La humanidad, por otro lado, sigue alejándose de la fe mientras  no descubra que solo Dios busca nuestra felicidad y que la busca desde este momento. Dios es nuestro salvador y, además, salvador de nuestra felicidad ahora y siempre. Y, aunque parezca un tanto seria la referencia, un cristiano está a punto de tomar en plenitud a Jesús cuando intuya en Él poder encontrar precisamente lo “que le falta” para ser feliz con una felicidad más real y verdadera.
    Siendo realistas, jamás Dios nos impone nada, solamente hace caernos en la cuenta de cómo Él es todo y que para nosotros no hay otro camino que la escucha a Él: Miradlo los humildes, y alegraos, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón (salmo responsorial). Aún en la situación más pobre de nuestro interior siempre hay posibilidad (ojalá fuera necesidad) de descubrir la presencia de Dios que en todo momento, y  de la manera más sencilla y verdadera, nos adentra en el misterio y nos dice: haz esto y tendrás la vida (Lucas 10, 28); así se lo dice al maestro de la ley, un hombre al que no hay que negarle su buen deseo, y cómo, por encima, Jesús le plantea una respuesta total y esa misma respuesta nos la dirige a nosotros, ojalá ansiosos buscadores de un seguimiento total de Cristo.
En nuestra vida siempre se nota una cierta prisa por llegar a cotas que soñamos o queremos gozar. Decimos que es muy normal pensar en el futuro y que es necesario salir cuanto antes de lo acostumbrado y salir así de un presente que ilusiona poco. Tal vez,  así surgió lo que planteó el maestro de la ley a Jesús: Maestro ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? (Lucas 10, 25). La pregunta le da oportunidad a Jesús para continuar con su instrucción acerca de los que quieran ser sus discípulos. La respuesta de Jesús indica cuál ha de ser la conducta del verdadero discípulo: la de los humildes, sabios y prudentes (no precisamente la de los instruido en la Ley). Para nosotros puede y debe ser el punto  de partida para el análisis personal y eclesial y para ir iluminando el camino de la  vida.
El tema, en sí, tiene un sentido universal; el seguimiento de Cristo no puede ir a nuestro ritmo sino de la luz de la gracia. De otra manera nos encontramos en  que la vida no se deja plasmar desde el ejemplo del Maestro y vivimos tiempo y tiempo metidos en una cierta testarudez recurrente que lleva a una vida  que termina  siendo un vacío total. Nuestras pequeñas deslealtades, nuestros instintos de debilidad, capricho o pereza, se acumulan y nos cierran la figura auténtica del que sigue a Jesús. El gran peligro del cristiano en no entrar en sí mismo y descubrir que la falta de alegría en nuestra vida es por los momentos de descuido, de precipitarnos a actuar y hablar sin reflexión permanente. 
No se puede seguir a Cristo desde nuestra sola mirada, hay que entrar en su vida, presentándolo como único maestro y razón de nuestra existencia cristiana. Comenzar deliberadamente su seguimiento requiere una pausa inicial, un acto de de fe en Dios que nos llama y nos abre el camino para que su imagen viva, tal como aparece en el Evangelio, sea el modelo y la fortaleza. Si nuestro seguimiento no se encara con humildad y alegría, el camino se tuerce pronto o se pierde. Dar a Cristo un sí es dejarle libre para que haga de nosotros lo que Él quiera y en esa línea nos introduce en la parábola del samaritano para que hagamos lo mismo que él.
Ser felices es una experiencia de haber encontrado el Camino y poner en  Él toda nuestra esperanza; la siembra es del Señor y deja que nuestra libertad asuma con conciencia agradecida el ser fieles para dar fruto fecundo para nosotros y para los demás. El rostro de la misericordia será la luz y la fortaleza.

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