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28 de agosto
Fr. Imanol Larrínaga, oar - 23/08/2016

En pleno verano todavía, aparece el recuerdo imborrable de san Agustín (28 de agosto), un cantor imparable de la misericordia de Dios y dispuesto siempre a reanimar nuestra pereza en la vida desde la gracia que jamás falta y que siempre necesitamos. Nuestra vida, cristianamente hablando, es siempre un milagro en razón de la gracia de Dios y de la doble y constante actitud que se estila en nuestro camino (caemos y nos levantamos).

Necesitamos luz para poder salir de nuestro equívoco planteamiento de la fe; de hecho, nos convertimos en dueños de nosotros mismos y un tanto plenamente dominadores del mundo en que vivimos, cuando en realidad nuestra existencia siempre es gracia y la presencia del Señor permanece siempre. De ahí que cuando analizamos la vida personal en todos sus factores es fácil constatar un desnivel muy llamativo entre el interior y nuestra expresión de la vida. Estrenamos muchas cosas, intentamos adaptamos a un sinfín de novedades, vamos caminando como dueños de la situación hasta que en un momento determinado caemos en la cuenta de nuestras banalidades. Nos encontramos en dos visiones de nosotros mismos, el interior y el exterior, el retrato y el vacío... San Agustín analiza esto en sí mismo: “Yo me hacía cada día más miserable y Tú te acercabas más a mí”.   

¿Es posible vislumbrar un horizonte limpio y cargado de esperanza? Agustín habla desde su propia experiencia y nos adelanta una respuesta: la misericordia y la verdad se dan la mano. Esta hermosa lección no es una simple amistad, conlleva el infinito amor de Dios que abre sus puertas sin medida y otorga al hombre el abrazo limpio. Dios quiere ocupar siempre el corazón humano enseñándonos así que se puede amar en la verdad y en la misericordia. La base agustiniana no es solo pensar en una bandeja de misericordia de Dios; implica un amor infinito que Él quiere transmitir al hombre de toda edad y tiempo como una atmósfera limpia que traspasa los límites de la comodidad.

Soñemos, porque es posible, una realidad sin límites, más allá de lo acostumbrado y que señala un estilo de vida más allá desde un plan cargado de bendición. El querer vivir en una visión de lo eterno es gracia que se nos concede y que articula la humano con la fe para dar a nuestra existencia la posibilidad de que la vida no se cierre en lo cotidiano sino que respire la gracia de Dios que es misericordia y amor.

Cada día se nos plantea si es posible vivir de manera distinta a lo acostumbrado y esto, a primera vista, se nos hace casi imposible, ya que sobrepasa los límites y, sin embargo, la gracia nos concede y nos insta a que miremos la realidad desde un clima más de Dios que de nosotros. Es necesario creer que Dios es amor, misericordia y verdad; esa convicción nos ilumina el sentido distinto de ver, sufrir, de sembrar y de expresar que Dios multiplica su presencia en la medida que nosotros estemos atentos al perdón y a la bendición constante.

En un mundo en el que la palabra “distancia” nos lleva a la medida, es posible que hay una gracia tal como Agustín indica: el que ama la misericordia se compadece. A lo mejor, la enseñanza agustiniana nos suena un tanto difícil y, sin embargo, es la gran verdad. Agustín experimentó en propia carne cómo Dios llegó a él invitándole a creer que “es el Corazón que se apiada”. Algo así como que era posible un corazón limpio desde la gracia que iba a recibir. Es gracia que Dios nunca no niega al hombre cuando éste descubre una gracia sin medida de tiempo ni lugar y que quiere entre en el corazón humano que busca verdaderamente la felicidad. Cuando Agustín ora: “tarde te amé hermosura tan antigua y tan nueva” es porque ha sentido en su propia alma la gracia de la compasión y del perdón; una gracia que moviliza su corazón hacia la capacidad de amar en la verdad, una gracia que es fuerza que cambia el deseo y la mirada hacia Alguien que supera todo. A nosotros el “tarde te amé”, referido a Dios, nos lleva a acercarnos a Agustín y a contemplar cómo él roza más el amor que el esfuerzo necesario para volcarse a Dios y es ahí donde experimenta de cómo se compadece de él porque es la Misericordia.

¿Qué ha experimentado Agustín? No me levantaré yo el primero para ir a ti, sino que tú viniste a mí a despertarme, porque la misericordia de Dios se adelantó. La primacía de Dios, siempre llena de amor, es como un torrente de gracia que llega al corazón, nos invade, nos purifica y nos hace creer que es posible una vida nueva que renace en nosotros desde la misericordia de Dios y, una vez que nosotros hayamos creído y aceptado su gracia. Sentir el despertar de Dios es creer que se acerca a nuestras personas para permanecer por siempre y para siempre. Dios siempre respeta nuestra libertad y, a la vez, nos ofrece la opción de vivir en una confianza total en Él, nos regala un "hogar" para que jamás perdamos su presencia. Agustín remarca siempre la presencia de Dios y a nosotros nos ofrece, desde la libertad, aceptar la gracia que brota de su amor infinito. La síntesis es agustiniana: Señor, Dios mío, descúbreme mi propio yo.

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