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El tiempo y el peregrinar son dos cosas inseparables en la vida y con un detalle particular para el cristiano: Dios todopoderoso, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra, escucha paternalmente la oración de tu pueblo, y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz (Oración colecta).
Fr. Imanol Larrinaga, OAR - 12/01/2017

La oración se convierte en respiro agradecido y motiva además una esperanza ya que es dar a Dios su verdadero lugar y poder así nosotros también encarar la existencia desde un sentido de gracia y de libertad.

Estamos ya en el “tiempo ordinario” y, a la vez, encontramos en la Palabra de Dios la figura de Juan recogiendo unos testimonios sobre Jesús y poniendo de manifiesto su identidad y su misión. Se deduce de ahí que es posible una invitación para que nosotros no sólo queramos vivir un tiempo nuevo (el año que ha comenzado) sino ofrecernos un “camino nuevo” para que el cristiano, puesta su mirada en el “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” se encuentrre con quien va a “bautizar con Espíritu Santo”, Cristo.

Si recordamos el año pasado caemos en la cuenta de las cosas que han quedado en el aire, han faltados testigos, las palabras vivas no han sonado como actitudes verdaderas… Es verdad que no debemos quedarnos en el análisis de culpabilidades. Vayamos a nuestro examen personal y analizar si el “testimonio” ha sido la clave de nuestra vida. Si centramos hoy nuestras personas a lá luz de un verdadero testimonio desde la fe, debemos, antes de nada, precisar la fundamentación de vivir como hijos de Dios: tú eres mi siervo de quien estoy orgulloso (Isaías 49, 3); yo lo he visto y he dado testimonio de que éste es es el Hijo de Dios (Juan 1,34). Todos nosotros,  desde el bautismo, compartimos de una u otra manera, el conocimiento verdadero o de Alguien hasta el punto de dar fe. Y aquí aparece un elemento importante: la implicación de lo propia vida del que lo testifica. Los cristianos no somos unos meros espectadores sino creyentes que hemos experimentado en nuestras propias carnes en qué consiste la salvación de Dios. Por eso, el testigo auténtico (por ejemplo, Pablo, Juan el Bautista) están verdaderamente calificados como exigencia de verdad en la propia vida y no circunstanciales presencias en el ámbito de la multitud.

La declaración sobre Dios cuenta para el cristiano con el respaldo de la Encarnación. Jesús de Nazaret -el Cristo, el Hijo de Dios (Juan 20 - 31)-, es un hombre como nosotros, visible a los ojos del mundo y, especialmente, de aquellos que convivieron con Él. Conviene que recordemos lo que el Maestro dice de sí mismo, la condición singular de Jesucristo -hombre y Dios- otorga a sus palabras y gestos una novedad y una dificultad: precisamente, la doble naturaleza es uno de los motivos de descrédito para uno y de confianza total para otros. Jesús se considera a sí mismo el único testigo fidedigno del Padre y, al mismo tiempo, el Padre mantiene que solo el Hijo puede dar testimonio directo y veraz sobre Él.

Por lo que se refiere a los que conocieron al Maestro en esta vida, se fiaron de Él y pusieron sumo cuidado y atención en transmitir fielmente lo que sucedió en aquel tiempo: de hecho, sus manifestaciones también adquieren un protagonismo incuestionable. En este grupo destacan dos figuras: Juan Bautista (es quien reconoció que en el Nazareno se cumplían las promesas del Antiguo Testamento y condujo a sus discípulos a Él) y, sobre todo, María de Nazaret, la madre que lo llevó en seno durante nueve meses, la que lo mimó y lo alimentó, la que le vió crecer  y le escuchó, la que le conoció mejor que nadie en este mundo, la primera discípula del Hijo. En una línea semejante  estarían los Doce, María Magadalena y el resto de mujeres que se dedicaron a seguirle de lejos, así como la mayoría de los curados, los perdonados, los seguidores humildes y los buscadores del Reino… Y, desde ahí, los que conocieron en persona a Jesús y todos aquellos a los que llegó la Buena noticia.

NUESTRA REALIDAD

         Creer en Cristo Jesús es para nosotros una de las experiencias internas más completas ya que se unen el misterio del amor en Él y en nosotros. La valoración de nuestras personas, en su ser y en su misión como discípulos de Cristo, solo tienen conocimiento y compromiso desde la gracia que se nos concede. Desde este Cristo que viene a salvarnos, nuestra existencia se convierte en una espera confiada, en un encuentro  constante, en una manera de vivir la gracia de Dios que nos concede. Al propio tiempo, tenemos que descubrir el Verbo para acogerlo y llevarlo como testimonio de nuestra fe en Él que es nuestro único Maestro. Es hermoso, especialmente en este domingo, agradecer a Dios que nos llame a ser personas místicas, a vivir con una hondura suprasensible, siempre en busca de la Verdad,  de la Palabra que desborda el plano de los sentimientos y deseso de nuestros corazones.

         Como cristianos tenemos que asumir, en clara lógica, el don que hemos recibido de ser hijos de Dios y hermanos todos en Cristo. Desde su persona, en conciencia clara a la vocación de cristianos a la que hemos sido llamados desde el bautismo en el Espíritu, debemos exigirnos un testimonio de vida como hijos de Dios.

EXAMEN y ORACIÓN

            Debemos reconocer el camino de nuestra vida. Es lógico pensar que se trata del camino de la fe. Somos personas bastante apegadas a unas costumbres e, incluso, a repetidas formas de vivir incluso en el ámbito de la fe y eso nos lleva a una expresión muy por debajo de lo que exige, en este caso, la fe y sus posibilidades. Es cierto que la realidad de la vida nos conduce constantemente a una repetición de cosas y actitudes pero también es cierto que hay momentos en que salimos de lo ordinario y enfocamos la realidad con un aire distinto y hasta con un esfuerzo comprometido. ¿Por qué no somos capaces de levantar el vuelo a nivel de fe y nos empeñamos a vivir teniendo delante la presencia de Dios?

         Hoy podríamos pensar en tres citas de la Palabra de Dios y orientar nuestra vida: Tú eres mi siervo de quien estoy orgulloso; la gracia y la paz de parte de Dios sean con vosotros; este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. La referencia tiene para nosotros una llamada que debería tener una respuesta: aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

         Esta actitud conlleva para nosotros un acto de fe que abarque toda la vida y nos sitúe en una plegaria tal como clama hoy la Iglesia: Derrama, Señor, sobre nosotros tu espíritu de caridad para que. alimentados con el mismo pan del cielo, permanezcamos unidos en el mismo amor (Oración después de la Comunión).

CONTEMPLACIÓN

            Y no os extrañe la multitud de cristianos malos que llenan la Iglesia, que comulgan del mismo altar, que alaban a grandes voces al obispo o al presbítero, que hablan sobre las buenas costumbres. Gracias a ellos se cumple lo que predijo en el salmo quien nos ha congregado: <hice el anuncio, hablé, y se multiplicaron por encima del número>. Pueden  estar con  nosotros en la Iglesia en este tiempo, pero no le será posible en aquella asamblea de santos que tendrá lugar después de la resurrección. La Iglesia de este tiempo es igual a una era que tiene grano y paja mezclados, es decir, buenos y malos juntos. Después del juicio, en cambio, tendrá solamente buenos sin malo alguno.

         Esta era contiene la mies sembrada por los apóstoles, regada hasta el presente por los buenos doctores que le han sucedido, y no poca trillada por las persecuciones de los enemigos, pero – y esto es lo único que queda- aún no purificada con la última bielda. Llegará, sin embargo, aquel de quien recitasteis en el Símbolo de la fe: «De allí vendrá a juzgar a vivos y muertos» y, como dice el evangelio, «tomará  el bieldo en su mano y limpiará su era; reunirá su trigo en el granero, y a la paja, en cambio, la entregará a un fuego inextinguible»… Escucha, pues; séate de provecho la paciencia de Dios; que el contacto y la amonestación del grano te convierta en grano. No te falta la lluvia de la palabra de Dios; no sea estéril en vosotros el campo de Dios. Reverdeced, pues; granad, madurad. Quien os sembró quiere encontrar espigas, no espinas (San Agustín en el sermón 223, 2).).

ACCIÓN. Repitamos con fe: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

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