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Para ser cristianamente felices hay que dar un paso desde lo convencional a lo auténtico. Lo dice claramente el Señor: estad alegres y contentos porque vuestra recompensa está en los cielos. Un domingo como hoy nos facilita un aire de verdadera felicidad, suena a música gozosa, nos invita a ser dichosos. No en vano, el evangelista Mateo presenta a Jesús como el nuevo Moisés y en el monte de las Bienaventuranzas encontramos el eco y la plenitud del monte Sinaí.
Fr. Imanol Larrínaga, OAR - 27/01/2017

¿Queremos ser felices? Para responder tengamos adelante el marco de lo personal, la fe y una vida cristiana. El análisis de la realidad, incluyendo la invitación a vivir con una cierta soltura, no da muchas veces un margen de verdad. Más aún, si confrontamos la publicidad de un mundo con sus dioses y la verdad de Dios, topamos inmediatamente el cambio absoluto: la publicidad es convencional y Dios sigue eternamente en la vida humana con un lenguaje eterrno y gratuito: el Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos.

         Siempre resulta liberador no tener que vivir de las apariencias. Estas son contrarias al espíritu del Evangelio. El Señor promueve siempre alma, Espíritu, amor, alivio, aunque nosotros queremos ignorar nuestra fragiliadad, Dios se compromete con nosotros en la pobreza, en el sufrimiento, en la persecución, en la búsqueda de la paz… Es la eterna apuesta de Dios por el hombre, una apuesta con vocación de eternidad. Y Dios quiere y por ello invita a que nosotros - sois en Cristo Jesús, en este Cristo que se ha hecho por nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención-, a que seamos felices, dichosos, bienaventurados.

         La imagen del creyente, la vida en fe, no necesita muchos estímulos externos que, en el fondo, son una perspectiva perturbadora en la vida. Urge quebrar la densidad de esta superficie y penetrar en el espíritu para que brote de él una respuesta auténtica, limpia, llena de visión sobrenatural. Sólo del propio corazón, lleno y seguro por los valores trascendentes, puede surgir la verdadera felicidad. Por eso el Señor se acerca a nuestra vida hablándonos para encontrar en él la verdadera respuesta: buscad al Señor los humildes de la tierra, que cumplís sus mandamientos; buscad la justicia, buscad la moderación, quizá podéis ocultaros el día de la ira del Señor. Si algo claro aparece en las Bienaventuranzas es sobre los humildes, sobre los que lloran y los que sufren, los que se dejan mirar por su amor y por los que quieren quedar marcados por la Cruz. El futuro proyectado y querido por Dios para el hombre pertenece a los que carguen sobre sus hombros su misma cruz, los que se sienten como propia libertad el vivir desasidos y con la mirada en el cielo, los que no se dejan seducir por los halagos de la vanidad y los que saben que vuestra recompensa será grande en el cielo.

         En la vida cristiana es necesario buscar un fundamento sólido en la fidelidad Y es aquí donde somos felices. El mero cumplimiento se convierte en actitudes convencionales y nunca propician una verdadera felicidad. Ser creyente es vivir permanentemente a la escucha del Dios encarnado en Jesús y aprendiendo a vivir día a día con estilo pleno liberado. El testimonio de ser dichosos, bienaventurados, nos plantea como siempre la conciencia de ser testigos de Cristo para “ser perfectos” y para orar ante el Señor que lleve a buen fin lo que Él ha iniciado en nosotros.

         Los gestos ampulosos, con ruido y mucha escena, provocan, después de la primera impresión, un vacío en el cual uno se pone a pensar hasta qué punto es “oro todo lo que reluce”. Dios trae siempre a la historia y, por supuesto al corazón, una novedad con característica única: Él no pasa, permanece en el corazón y esto origina una respuesta continuada porque Dios da alegría, serenidad… ¿Cómo va a ser de otra manera cuando Dios siempre nos ama y quiere nuestra felicidad?

NUESTRA REALIDAD

         La razón del ser de nuestras personas tiene una motivación sin comparaciones: Cristo se hace presente como Salvador y llega a la humanidad como Luz. Desde ahí comienza una nueva vida; es la luz del perdón, responder al mal con el bien, al odio con el amor. Y Jesús se adentra siempre en la misma vida cotidiana nuestra siendo levadura de la masa, mostrando al mismo Dios misericordioso que crea, se hace presente en el corazón humano y nos habla a través de su Hijo. Eso nos lleva a una verdadera valoración del ser y de la misión a la que estamos llamados. De hecho, los cristianos no gozamos del don de Dios. ¿Será por ignorancia, por descuido o indiferencia? Recordemos: buscad al Señor, los humildes de la tierra, que cumplís sus mandamientos;buscad la justicia, buscad la moderación,, quizá podéis ocultaros el día de la ira del Señor. Se nos abre así un presente y un futuro que siempre es gracia, un aire de verdadera felicidad para ser dichosos, bienaventurados, y en ese regalo continuo del Señor nuestros corazones están llamados a una entrega total, sin retroceder cuando la prueba se hace molesta y la cruz pesada.

EXAMEN y ORACIÓN

         El evangelio de las Bienaventuranzas es como una campana hermosa que anuncia la felicidad total. El Maestro, ante una multitud de gente sencilla que le sigue, abre un mensaje lleno de amor; no es un conjunto de prescripciones sino una recopilación de palabras de Jesús destinadas a dar un orientación y una dirección a la conducta de los discípulos. Lo que importa es hacer surgir una nueva disposición interior a fin de que esa disposición se convierta en guía y en impulso para la acción. La respuesta de llevar a la práctica la enseñanza de Jesús dependerá en gran medida del nivel de nuestra fe y de nuestro testimonio cristiano.

         Jesús toma al ser humano, a nosotros, en su totalidad, colocando la práctica de su enseñanza en el nudo unificador de lo individual y lo colectivo, lo espiritual y lo corporal, la interioridad de la persona y la acción exterior. No solo cuenta nuestra intención sino también la acción y el resultado, ya que la acción por excelencia es el amor. La fe nos lleva a un análisis de nuestro interior y a descubrir si es Dios y su gracia lo que nos ilumina el camino de la vida y el testimonio que como creyentes debemos manifestar y anunciar.

         ORACIÓN: Señor, concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda también a todos los hombres. Por J, N. S. Amén.

CONTEMPLACIÓN

            Se nos invita a hablar a vuestra caridad de aquella exhortación que poco ha  nos hacía el Señor en el evangelio, exponiendo los muchos medios de llegar a la vida feliz, cosa que todos desean. No puede encontrarse, en  efecto, quien no quiera ser feliz. Pero, ¡ojalá que los hombres que tan vivamente desean la recompensa no rehusaran la tarea que conduce a ella! ¿Quién hay que no corra con alegría cuando se le dice: «¿Vas a ser feliz?». Mas ha de oír de buen grado lo que se dice a continuación: «Si esto hicieres». No se rehúya el combate si se ama el premio. Enardézcase el ánimo a ejecutar alegremente la tarea ante la recomendación de la recompensa. Lo que queremos, lo que deseamos, lo que pedimos vendrá después. Lo que se nos ordena hacer con vistas a lo que vendrá después, hemos de realizarlo ahora.

            Comienza, pues, a traer a la memoria los dichos divinos, tanto los preceptos como los galardones evangélicos. «Dichosos lo pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos». El reino de los cielos será tuyo más tarde; ahora sé pobre de espíritu. ¿Quieres que sea tuyo el reino de los cielos más tarde? Considera de quién eres tú ahora. Sé pobre de espíritu. Nadie que se infla es pobre de espíritu; luego el humilde es el pobre de espíritu. El reino de los cielos está arriba, pero (san Agustín en el Sermón 53, 1-6).

ACCIÓN.- Leamos y meditemos con fe las BIENAVENTURANZAS.

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