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Nuestros santos agustinos
Administrador - 22/05/2010
Rita de Casia es una de las santas más populares. Lo fue ya en vida, y lo es sobre todo después de muerta. Su devoción se ha ido difundiendo de forma espontánea y espectacular por toda la cristiandad. A ella se encomiendan hombres y mujeres de diferentes naciones y lenguas, de culturas e ideologías diversas, de distintas edades y condiciones sociales…, invocándola como la «abogada de los imposibles».

Sin embargo, la historia no nos ha legado frases ni escritos auténticos suyos. No se ha conservado ni una sola de sus palabras; ni siquiera su autógrafo.
Es más, como ha ocurrido con otros santos, la vida de Rita se nos ha trasmitido envuelta en milagros y leyendas. Nuestra Santa no ha sido muy afortunada con los biógrafos. La primera biografía suya, que sirvió luego de base a todas las demás, se publicó el año 1610; es decir, ¡unos 150 años después de muerta la Santa!.

Abundan, en cambio, las biografías tardías, que ensartan los prodigios, uno tras otro. Éstas no sólo no enriquecen la vida de Rita, sino que, incluso, la oscurecen y hacen más lejana.
Nosotros no nos proponemos tejer la apología de santa Rita, sino decir qué hay de cierto en su vida. Queremos escribir una biografía breve y creíble, contando los hechos históricos firmes y conocidos con seguridad. Para ello tendremos que enmarcarla en su contexto histórico concreto y distinguir entre historia, tradición y leyenda. Finalmente, expondremos su mensaje espiritual para el hombre de hoy, deduciéndolo de su vida real.

Creemos que de esta forma la vida de la Santa resultará más auténtica y comprensible. Y, desde luego, esperamos no entibiar en modo alguno el fervor de sus muchos devotos; al contrario, ojalá podamos fortalecerlo.

La tierra y el tiempo de rita
Al pensar en los santos, tendemos a situarlos, quizá, en un pasado ideal, hermoso, más feliz y edificante que el momento actual. Pero no siempre es así, ni mucho menos. En todos los tiempos, el que aspira a la santidad se encuentra rodeado de personas de carne y hueso, con sus virtudes y defectos, sus ilusiones y miserias.

1. Marco político
Rita vivió durante el último tercio del siglo XIV y la primera mitad del XV. Una época tan difícil o más que la nuestra. Una época de grandes conflictos políticos, sociales y religiosos. Un mundo dominado por la ambición, la lucha por el poder y los privilegios.

La actual Italia estaba dividida en dos bandos: los llamados güelfos o «romanos» y los gibelinos, que luchaban entre sí, ensangrentando ciudades y pueblos. Los primeros eran partidarios del papa, los segundos del emperador alemán. Aunque, con frecuencia, el papa y el emperador eran tan sólo el pretexto para satisfacer las hostilidades y venganzas de las familias poderosas.
La ciudad de Casia está ubicada a unos 150 kilómetros al norte de Roma. Era una ciudad-fortaleza que dominaba sobre 23 castillos y unas 40 aldeas, con una población total de 20.000 habitantes.

Casia, y en general toda la región montañosa de Umbría –donde está enclavada–, era refugio de salteadores y bandidos. Por ser zona fronteriza entre el reino de Nápoles y los Estados Pontificios, sufría, además, los ataques de una y otra parte. Y, desde luego, estaba dividida entre güelfos y gibelinos, entre burguesía y pueblo, entre ricos comerciantes y campesinos pobres. Era, en fin, un campo muy abonado para las revueltas, las sublevaciones y las venganzas.

Políticamente era una pequeña república, orgullosa de sus libertades, que se regía mediante un complejo aparato democrático, compuesto por los tres poderes: el legislativo, el ejecutivo y el judicial. Pero –cosa curiosa–, al igual que otras muchas ciudades, Casia prefería ser gobernada por forasteros. Tan sólo el poder legislativo estaba reservado a los casianos, mientras que tanto jueces como miembros del ejecutivo habían de ser de fuera, de lugares distantes no menos de 30 kilómetros. Así les era más fácil mantener la independencia de los varios órganos de gobierno e impartir justicia en aquel ambiente tan revuelto.

Incluso, debido a la falta endémica de paz, existía la posibilidad legal de la «pacificación» fuera de los tribunales, aunque con efectos jurídicos. Este oficio lo ejercían una especie de jueces de paz, los llamados «pacificadores». El padre de nuestra Santa será uno de ellos.

2. Marco económico y social
Casia no era una población encerrada en el cerco de los montes circundantes, sino una ciudad viva y bien comunicada. Por ella pasaba un camino real que la unía con las grandes ciudades tanto del norte como del sur de Italia.

Debido a su ubicación, se había convertido a fines de la Edad Media en un importante centro comercial. Y el comercio traía consigo trabajo, riqueza, progreso, cultura y la aspiración a una vida más digna.

En Casia había plateros, papeleros, tintoreros, cristaleros, tejedores y artesanos de todo tipo. Todo este complejo mundo laboral y mercantil se regía según una normativa municipal que salvaguardaba la justicia en los negocios, fijaba la reglamentación vigente en tabernas y posadas, y establecía controles sanitarios en las carnicerías y panaderías.

Bastaba ver la ciudad para darse cuenta de que corría el dinero. Sus imponentes murallas y torres. Los techos de las casas, ya recubiertos de teja. Agua había, aunque no fuera abundante; pero tenía un estanque magnífico y varias fuentes. En fin, la limpieza urbana funcionaba bastante bien.
Lo que dejaba que desear era la seguridad ciudadana; ya lo hemos visto. Nadie podía alejarse del cerco de la ciudad, sin exponerse a un mal encuentro con alguna partida de bandidos. Y, aun dentro de la población, al que era sorprendido de noche fuera de casa, la ley lo consideraba un presunto asesino. El mismo médico, cuando hacía alguna salida nocturna, debía señalar su presencia con una antorcha encendida.

Podríamos decir que la violencia estaba institucionalizada. No eran raras las «cabalgadas» o razzias de una población contra otra, destruyendo, violentando e incendiando campos y casas. La ley amparaba el derecho de represalia, e indirectamente alimentaba la espiral de violencia.
Con todo, no nos imaginemos el ambiente de santa Rita todo de color negro. En lo alto del cielo, como siempre, resplandecía el sol. La generalidad de las personas eran buenas, sencillas, de corazón noble y fe ardiente.

3. Marco eclesial y agustiniano
La situación de la Iglesia durante estos siglos tampoco era nada halagüeña. Piénsese, por ejemplo, en el Cisma de Occidente (1378-1417), cuando dos y aun tres papas se presentaban como legítimos sucesores de san Pedro, y toda la cristiandad estaba dividida en otras tantas obediencias.
A ello hay que añadir la vida poco edificante de amplios sectores de la jerarquía y el pueblo cristiano. Escritos de la Casia de aquel tiempo describen con detalle los trucos de la coquetería y vanidad femeninas, lo mismo que la sensualidad y la ira, más característicos de los hombres; a éstos los increpan, por ejemplo: «En vez de una bofetada, querriais dar una cuchillada y aun matar, si pudierais».

Con todo, como siempre, tampoco en este período faltaron santos. Es el tiempo de la heroína francesa santa Juana de Arco (1412-1431) y del gran predicador valenciano san Vicente Ferrer (1350-1419); el de san Bernardino de Siena (1380-1444) y san Juan de Capistrano (1386-1456); del beato agustino Simón de Casia († 1348), etc.

Por lo que se refiere a Casia, el ambiente religioso era intenso y, por ello, florecían las vocaciones religiosas y sacerdotales. En la ciudad abundaban las iglesias. Unas eran administradas por el clero secular; otras tenían los agustinos y los franciscanos.

La presencia de frailes agustinos en Casia era muy antigua. Se remontaba a mediados del siglo XIII, es decir, al tiempo de la constitución de la Orden. Desde entonces data la fundación del convento de San Agustín y su iglesia homónima, situados en pleno centro de la ciudad. En dicha iglesia se veneraba de forma especial a san Juan Bautista, a san Agustín y a san Nicolás de Tolentino, que serán los tres santos protectores de Rita.

Había además dos monasterios de monjas agustinas, el de Santa María Magdalena y el de Santa Lucía. Y, por si ello fuera poco, la ciudad estaba circundada por una corona de eremitorios agustinianos. A Rita no le tuvo que resultar difícil conocer el ideal de la familia agustiniana y dejarse fascinar por él.

Su vida
1. Infancia al calor familiar
No sabemos con certeza en que año nació nuestra Santa. Se supone que en 1381. Vino al mundo en una pequeña aldea llamada Roccaporena. Dista 5 kilómetros de Casia, y de ella dependía en su vida social, política y religiosa. Como casi todas las poblaciones de la región de Umbría, Roccaporena está enclavada entre montañas y asomada a un pequeño valle. Nunca tuvo más de 200 vecinos.

Rita fue hija única. Sus padres se llamaban Antonio Lotti y Amada Ferri. Consideraron a aquella criatura como un verdadero regalo del cielo. La bautizaron en la iglesia parroquial, en Casia, y le pusieron por nombre Margarita, que en latín significa «perla» o «piedra preciosa» –«perla preciosa de Umbría», la llamará siglos más tarde León XIII–. Sin embargo, siempre fue conocida por el diminutivo cariñoso, Rita, y con ese nombre pasará a la posteridad.

Ésta de su bautismo es la primera vez que la niña está en Casia. Después volverá un sinfín de veces con sus padres para hacer las compras, participar en las celebraciones litúrgicas, escuchar a predicadores de renombre, etc.

No son muchas las noticias seguras que conocemos acerca de la infancia de Rita ni de su familia. A juzgar por el tratamiento de «señora» que recibe en algunas actas notariales, no debió de ser de baja condición. Sus padres no serían nobles de sangre ni tampoco muy ricos. Pero sí pertenecían seguramente a la clase acomodada e influyente de aquella sociedad.

Eran personas sencillas, de fe inquebrantable, cristianos auténticos. Serían probablemente analfabetos, como la mayoría de la gente de aquella época. Pero frecuentaban la iglesia, aprendían de memoria el evangelio y lo vivían. Así, de forma espontánea y natural, enseñaron a la pequeña Rita a dar los primeros pasos en la vida cristiana.

En aquel hogar cristiano Rita fue creciendo con normalidad, tanto espiritual como corporalmente. Desde niña aprendió a ser generosa con los pobres: nos dicen los testigos que «daba a los pobres las mejores cosas que tenía».

En la casa de Rita se rezaba. Rezaban todos, en la iglesia y en familia. Hacían de la vida una oración. Al calor del ambiente familiar, contemplando el maravilloso paisaje de los montes Apeninos, aprendió Rita a cultivar «una tierna piedad hacia el Creador». Allí comenzó a sentir y a vivir la devoción a la pasión de Cristo, que más adelante será el rasgo característico de su piedad. Allí se inició la que años después llegaría a ser una gran mística.

Y otra cosa. Los biógrafos nos dicen que los padres de Rita eran pacieri, o sea, «pacificadores»; porque hacían de mediadores de paz entre contendientes, bandas armadas o familias enemistadas. El oficio de pacificador no era solamente expresión de caridad cristiana, sino un verdadero servicio cívico. Era un oficio importante y necesario en aquella época de luchas intestinas; un oficio difícil y arriesgado, pero muy propio de cristianos. De sus padres aprendería Rita este oficio de perdonar y hacer las paces.

2. Juventud
Por cuanto se puede concluir de sus restos y los retratos que de ella nos quedan, Rita debió de ser una mujer de constitución delicada, aunque sana. Para entonces, sería de estatura normal: alrededor de metro y medio, dado que su ataúd mide 158 cms. de largo.

Podemos suponer que su juventud transcurriría como la de las demás chicas del pueblo. Centrada, por un lado, en las labores domésticas; y, por otro, en las prácticas piadosas. Visitaba a las monjas agustinas del monasterio de Santa María Magdalena. Acudía también a la iglesia de San Agustín. Y ya desde entonces, seguramente, comenzó a sentir especial devoción a los tres santos que en ella se veneraban: san Juan Bautista, san Agustín y san Nicolás de Tolentino, y los escogió como protectores.

Más aún, desde muy jovencita pensó consagrarse por entero al Señor haciéndose religiosa. Pero, ante la oposición de sus padres, que la querían casada, gustosamente se sometió a su voluntad. Paradójicamente, Dios le concederá llevar a cabo sus deseos, pero después de muchos años y por caminos distintos de los que ella imaginaba.

3. Esposa
Pronto le surgió un pretendiente más o menos de su edad. Se llamaba Fernando Mancini, y era un joven normal, con los defectos ordinarios en aquella época: de carácter áspero e irritable, era violento y vengativo. Lo cual no significa que fuera el ogro que, para realzar la paciencia de Rita, nos han pintado con frecuencia los biógrafos. Seguro que, de haber sido Fernando tan fiero, los padres de Rita no habrían consentido que su hija se casase con él. Y sabemos que ellos le insistieron para que lo aceptara.

No pensemos que Rita fue forzada al matrimonio. Era lo normal entonces: los padres eran los encargados de preparar la boda de sus hijos y, más aún, de las hijas. Rita aceptó aquel casamiento y se dispuso a vivir cristianamente con el hombre que Dios había puesto en su camino. Apoyándose en la fe, dio a su matrimonio la dimensión de un verdadero sacramento, y se comprometió a amar siempre a Fernando en el amor del Señor.

Procuró conocer los deseos y las necesidades de su marido para complacerlo en todo. Con humildad y mansedumbre, con delicadeza y bondad fue limando poco a poco sus asperezas de carácter. Le ayudó a reformar sus costumbres, e hizo así posible una vida de paz y de concordia.

4. Asesinato del marido
Llevaban casados unos 18 años, y tenían dos hijos –los dos varones–, cuando le asesinaron al marido. ¿Cuál fue el motivo? ¿Cómo ocurrió el crimen? La historia no ha querido revelarnos el secreto. Ya conocemos el transfondo de revueltas y venganzas de aquel tiempo. En uno de tantos episodios de violencias perdió la vida Fernando Mancini.

En realidad, las circunstancias del asesinato interesan poco. Lo que a nosotros nos importa es saber que Rita supo encajar con entereza este duro golpe de la vida. Aun estando abatida por un inmenso dolor, perdonó de todo corazón a los asesinos. De rodillas ante el crucifijo, había aprendido de Cristo a perdonar. Por eso, ahora perdonó inmediatamente. Perdonó y rezó por los asesinos de su marido.

Más aún, según la tradición, hizo cuanto pudo para que sus hijos perdonaran también. Y, al notar en sus corazones el veneno del odio, prefirió verlos muertos para que no progresara en ellos aquella enfermedad, mortal para el alma. Le pidió a Dios que se los llevara en su paz. Y, efectivamente, su oración fue escuchada; ambos murieron en menos de un año.

He aquí la actitud de una madre profundamente cristiana. Sin duda, quiere con toda el alma que sus hijos vivan. Pero, puesta en un dilema tan lacerante como aquél, no duda en elegir.
En el caso de Rita, esta elección era además humanamente comprensible. Dado el rigor de la ley de Casia, la venganza habría puesto en peligro no sólo la vida eterna de sus hijos, sino también su misma vida temporal. Para ir al cadalso, bastaba haber dado fuego a una casa, por ejemplo; cuánto más si se trataba de delitos de sangre.

5. Viuda
Así, pues, en muy poco tiempo Rita había perdido a toda su familia. Quedaba sola en el mundo. Sola, pero con el corazón lleno de amor.

Pensó realizar los deseos de su juventud: consagrarse a Dios en la vida religiosa. Y pidió ingresar en el monasterio agustino de Casia. Pero no fue admitida. Insistió y volvió a ser rechazada.
Rita no se desanimó; rezó, esperó. Cada día sentía con mayor claridad y fuerza la vocación religiosa. No huía del mundo. Lo que la movía a suplicar la admisión en el monasterio no era el miedo. Era el amor. Siempre se había guiado por el amor. Y por amor quería ahora consagrarse enteramente a Dios.

Por fin, después de no pocas contrariedades y reiteradas súplicas, hacia el año 1407 logró ser admitida en el monasterio agustiniano de Santa María Magdalena de Casia.

Se ha dicho que no la aceptaban en el monasterio por ser viuda. No es cierto; la viudez de por sí no constituía impedimento. La dificultad estaba en que Rita era viuda de un hombre asesinado, y un crimen tan horrendo podía desencadenar una serie de odios y venganzas. Era preciso pacificar antes los ánimos de todos sus parientes con la familia de los asesinos de su marido. La ley estipulaba que los responsables de ambas partes debían presentarse ante tres «pacificadores» honrados y comprometerse bajo juramento a respetar siempre la paz. Por eso, cuando, gracias a los buenos oficios de Rita, llegó a firmarse la paz, pudo ella ser admitida como agustina.

6. Religiosa agustina
El monasterio de Santa María Magdalena estaba situado a las faldas de una montaña bordeada por el río Corno. Tenía forma de L mayúscula, con el lado más largo asentado sobre la montaña, mientras que la base estaba orientada hacia el valle. Contaba además con una pequeña iglesia contigua. El entorno ofrecía una panorámica maravillosa, con hermosos montes y fértil vegetación.

Pues bien, en este monasterio ingresó Rita. Aquí, al cabo de un año de noviciado, profesó como monja agustina. Aquí fue aprendiendo en la vida cotidiana a caminar por las sendas que san Agustín había descubierto y trazado en su regla y obras monásticas. Aquí se esforzó por cumplir perfectamente las recomendaciones del Obispo de Hipona a «seguir al Cordero adonde quiera que vaya» y a «contemplar con los ojos interiores las llagas del Crucificado, las cicatrices del Resucitado, la sangre del Moribundo, sopesándolo todo en la balanza de la caridad».

Eran en comunidad diez o doce monjas; de siete de ellas conocemos incluso el nombre. Las que sabían leer dedicaban buena parte de la jornada a recitar el oficio divino; las otras se dedicaban preferentemente a tareas manuales. Rita parece haber sido de las primeras, a juzgar por las pinturas antiguas, que la representan con un libro abierto en la mano.

7. Estigma: la espina en la frente
En Santa María Magdalena vivió Rita alrededor de cuarenta años. Lo que hizo allí fue rezar. «Durante cuarenta años –dirán unos apuntes extendidos a poco de su muerte– vivió en caridad al servicio de Dios». De hecho, cuando quieran retratarla en la caja solemne que la sirve de ataúd, la representarán con el rosario en la mano.

Con el rosario en la mano y contemplando la escena de un Cristo doliente que resucita. Porque, efectivamente, en la oración se identifica día a día con el Cristo sufriente. Lo ponen de relieve sus primeros biógrafos: «Siendo monja, no podía estar siquiera un momento sin orar ni meditar sobre la sacratísima pasión». En su celda tenía pintados el monte Calvario y el santo sepulcro, para que le recordaran de continuo los padecimientos del Señor.

Llega así a identificarse interiormente con Cristo hasta el punto de exteriorizar su dolor de modo visible en la herida que le aparece en la frente.

Hablan los biógrafos de un sermón sobre la Pasión que Rita escuchó a un gran predicador franciscano. Quedó tan impresionada que derramó copiosas lágrimas. Después se postró ante un crucifijo y se puso a meditar sobre el inmenso dolor y el amor ardiente de Cristo. Abismada en esta contemplación, llegó a pedirle la gracia de compartir sus sufrimientos. En ese momento, se desprendió de la corona de Cristo una espina que fue a clavarse en la frente de Rita, produciéndole una llaga dolorosa y fétida que le acompañará los últimos quince años de su vida. Es el estigma con que normalmente se le representa.

De ello no hay duda: Rita fue una estigmatizada. El fenómeno de la estigmatización es lo que más impresionó a los testigos oculares. Por eso lo repiten una y otra vez las fuentes coetáneas; es el rasgo más documentado de la vida de nuestra Santa. Aun hoy día, después de seis siglos, puede notársele de alguna forma el estigma de la frente, como reconocieron los especialistas al examinar sus restos en 1972.

Por lo demás, la estigmatización no es tampoco un fenómeno tan raro. Por ejemplo, antes de santa Rita y en la misma región de Umbría, lo habían experimentado san Francisco de Asís (1182-1226) y santa Catalina de Siena (1347-1380). Médicamente puede no tener explicación fácil, pero para la teología no es difícil conocer su causa. Ésta radica en la intensidad del amor. Los estigmas son, ante todo, un hecho interior del espíritu, una herida de amor. Y no de un amor débil o mediocre, sino fuerte y tierno, ardiente y compasivo, deseoso de sufrir con la persona amada que sufre, en este caso Cristo coronado de espinas y crucificado.

Los estigmas adoptan formas diversas. Lo normal es que reproduzcan las llagas de Cristo en manos, costado y pies, o las de la corona de espinas en la cabeza. En el caso de santa Rita fue una sola espina, que se le hincó en la frente y le hizo participar de los sufrimientos de Cristo. Tuvo que ser una llaga sumamente dolorosa, pero Rita la recibió como un regalo y, durante los quince últimos años de su vida, la tuvo como un sello de amor.

Que sepamos, la única ocasión en que nuestra Santa habría preferido no tener la llaga fue con motivo del año santo de 1450. Dado lo extraordinario de la ocasión –cuentan unánimemente los biógrafos–, la abadesa permitió a las monjas viajar a Roma. Hubo gran entusiasmo en el monasterio. También Rita, que, debido al hedor de su estigma, vivía recluida en una celdita, quería ganar el jubileo. Pidió permiso para ir con la comunidad, pero la abadesa se lo negó; la razón era la herida y el mal olor. Rita no se dio por vencida: echó mano de algunos remedios naturales, pero sobre todo rogó a Jesús que por unos días le cerrara la herida y le hiciera desaparecer el hedor. Y así sucedió. La abadesa, maravillada, no pudo menos que dar su asentimiento. Rita marchó a Roma y ganó el jubileo. Pero, al volver a Casia, nuevamente se le reprodujo la herida en la frente.

8. Muerte y glorificación
Santa Rita estuvo gravemente enferma los cuatro últimos años de su vida. Al acercarse ya el momento de su muerte, se despidió de las hermanas y les dejó su testamento espiritual. Les dijo: «Animo, mis queridas hermanas, ha llegado el momento de mi partida. Permaneced en el amor de Jesús amoroso». Pidió, luego, los últimos sacramentos, y «los recibió con grandísima humildad y devoción». Exhortó a la comunidad a observar fielmente la regla de san Agustín y a obedecer en todo a la abadesa y a la Santa Madre Iglesia. Finalmente, pidió perdón a todas las hermanas, y una vez más las animó a «vivir en paz y en caridad fraterna».

Su fallecimiento tuvo lugar el día 22 de mayo de 1457. Según la tradición, contaba 76 años de edad y unos 40 de vida consagrada. Al funeral acudió muchísima gente, atraída por la fama de su santidad.

Enseguida, grupos de fieles de Casia y  alrededores comenzaron a peregrinar al monasterio de Santa María Magdalena para venerar su cuerpo. La fama de los milagros de santa Rita empezó a propagarse rápidamente, y el nombre de la taumaturga quedaría para siempre unido a su intervención en casos «imposibles».

Muy pronto exhumaron su cuerpo y lo depositaron en una caja de madera ricamente decorada con pinturas, donde todavía hoy se conserva incorrupto. El artista tuvo entonces la feliz idea de reproducir en varias escenas los rasgos físicos de la Santa. Estos retratos suyos, junto con el epitafio anexo, hacen de esta preciosa caja un documento importantísimo sobre su vida y espíritu.
Impresionado por las peregrinaciones de los devotos y por la gran cantidad de milagros atribuidos a ella, el papa Urbano VIII –antiguo obispo de Espoleto, la diócesis de Casia– abrió en 1626 el proceso para el reconocimiento de las virtudes heroicas de nuestra Santa; y la beatificó a los dos años, el 16 de julio de 1628. El proceso permaneció después detenido durante siglos. Sin embargo, en todo el mundo Rita era venerada y tenida por santa. Finalmente, fue canonizada por León XIII el año 1900.

Leyendas y su fondo histórico
Por lo general los grandes personajes del pasado que llegaron a ser populares, y de manera especial los santos, tienen un perfil más o menos legendario. Y es que al pueblo le encantan las anécdotas y las crónicas sensacionalistas. Los predicadores de otros tiempos supieron explotar estos sentimientos, narrando hechos extraordinarios, y luego el pueblo los trasmitía de boca en boca, añadiéndoles incluso nuevos adornos hasta ir formando las leyendas.

Pues bien, las leyendas religiosas son las predicaciones del pueblo sencillo. Pueden hacer sonreir a los doctos, escandalizar a los medio sabios y poner en embarazo a los historiadores. Pero suelen expresar los grandes valores humanos y religiosos, y poseen un enorme poder de persuasión. Las leyendas hagiográficas, pues, merecen todo el respeto que se debe a la fe, a la poesía y al amor del pueblo de Dios.

Como santa popular, también Rita de Casia es rica en leyendas. Quizás estas leyendas no reflejen hechos realmente acaecidos. Pero no hay duda de que trasmiten con extraordinaria eficacia el rostro auténtico de la santidad de Rita. Repasemos las más notables y conocidas, separando en ellas la fantasía y el núcleo histórico.

1. Las abejas y la niña
Esta hermosa y dulce leyenda aparece en los testimonios más antiguos. Se refiere a la primera infancia de Rita. Sus padres la dejaron en la cuna a la sombra de un árbol, mientras ellos segaban hierba y cortaban leña para el invierno. De pronto vieron revolotear alrededor de la cuna un enjambre de abejas blancas. Algunas de ellas se iban posando en los labios de la niña. Entraban y salían de su boca sin hacerle ningún daño.

Esta preciosa escena bucólica fue embellecida, o mejor falsificada, con algún otro milagro. Un campesino que se había cortado con la hoz en un dedo, fue inmediatamente curado al intentar espantar a las abejas para que no picaran a la niña. Estupefactos ante el milagro, los padres de Rita y el segador se abrazaron, alzaron los ojos al cielo y alabaron al Señor.

Fondo histórico
En tiempos de nuestra Santa había muchos apicultores en los campos próximos a Casia. Hoy día incluso pueden verse en los mismos muros del monasterio agustiniano algunos agujeros, donde viven las llamadas «abejas de santa Rita». Seguro que no tienen nada que ver con ella, pero están allí desde el siglo XVII. Son sólo un simpático recuerdo de su santidad, grata a Dios y más dulce que la miel.

Pero permanece algo mucho más importante: «abejas» o «abejillas» de santa Rita se llama hoy a las huerfanitas que residen en un centro contiguo al monasterio, y son cuidadas y educadas con las rentas de santidad que Rita legara.

2. Los santos protectores
Rita se había quedado viuda. Quería hacerse monja. Acudió tres veces al monasterio pidiendo ser admitida, pero las tres veces fue rechazada. Estando una noche en oración en un monte próximo a Roccaporena, sus tres santos protectores –san Juan Bautista, san Agustín y san Nicolás de Tolentino– le anunciaron el cumplimiento de sus deseos. Y, efectivamente, los tres protectores la llevaron milagrosamente por los aires hasta Casia y la introdujeron en el monasterio, estando cerradas las puertas. A la mañana siguiente, las monjas se la encontraron en el coro. Al ser interrogada, Rita contó lo sucedido. Las hermanas vieron en ello la mano de Dios y la admitieron.

Fondo histórico
San Juan Bautista, san Agustín y san Nicolás de Tolentino eran muy venerados en las iglesias agustinas de Casia. Probablemente Rita les tenía mucha devoción desde niña. A estos tres santos confiaría su ardiente deseo de consagrarse al Señor. Les pediría que arreglasen lo suyo: que se reconciliasen su familia y la de los asesinos de su marido, de modo que ella pudiera entrar monja. Y, en efecto, la paz no tardó en recuperarse. Este habría sido el «milagro».

3. La parra de la obediencia
Es una de las más simpáticas y conocidas. En los conventos era normal poner a prueba a los aspirantes. A Rita la abadesa le mandó regar todos los días un sarmiento seco. Ella obedeció puntualmente. En realidad, no se fijaba en la materialidad de lo que hacía. Podía tratarse de una cosa u otra, importante o humilde, razonable o no; para ella era lo mismo. Lo único que miraba era la motivación, el motivo por que lo hacía; y en este caso era por obediencia a la superiora y por amor a Dios.

El caso es que, milagrosamente, el sarmiento cobró vida y se convirtió en una parra fecunda que aún hoy sigue dando fruto. La abadesa pudo constatar que la uva era buena y, sobre todo, que eran sólidas las virtudes de la novicia.

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Esta leyenda tal vez se forma a partir de unas pinturas antiguas, casi del tiempo de la Santa, que han llegado a nuestros días. En una de ellas se ve una parra junto a la puerta principal del monasterio. Las palabras que explicaban el simbolismo estaban tan deterioradas que la imaginación popular comenzó a fantasear. Pensarían entonces en la anécdota clásica del viejo monje que plantó su bastón en tierra y mandó al novicio regarlo hasta que floreciera, como así ocurrió en premio a la obediencia de éste.

Con todo, la parra que actualmente existe en el huerto del monasterio y se muestra a los peregrinos como la del milagro, no tiene nada que ver con la vida de la Santa.

4. La escalera al cielo
Cuentan que, la noche siguiente a su profesión religiosa, Rita tuvo la siguiente visión. Lo mismo que la Biblia cuenta del patriarca Jacob, vio una escalera. Uno de sus extremos llegaba al cielo; el otro se posaba en la tierra. Por ella subían y bajaban los ángeles. En lo alto estaba el Señor. El primer peldaño simbolizaba la obediencia, el segundo la pobreza, el tercero la castidad; luego seguían todas las virtudes. Por ellos habría subido Rita hasta Cristo.

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Con dicha leyenda se quería expresar el rápido progreso espiritual de santa Rita, que antes de la profesión religiosa habría alcanzado ya todas las virtudes y llegado a la unión mística con Cristo.

5. Rosas en el crudo invierno
Era el último invierno de la vida de Rita. Varios familiares y amigos de Roccaporena, sabedores de su estado grave, subieron a visitarla. Rita los recibió sonriente, y les agradeció la visita. Luego les dio importantes consejos espirituales. Al despedirse, una prima suya le hizo una pregunta de cumplido: «Rita, ¿quieres algo?». Y ésta, para sorpresa de los presentes, le contestó: «Sí, tráeme una rosa del huerto de mi casa». Todos creyeron que deliraba: era el mes de enero, no paraba de nevar y no podía haber rosas. No obstante, la prima prometió cumplir su ruego.
En llegando a Roccaporena, fue enseguida al huerto, y allí, en un rosal semicubierto de nieve, para pasmo de todos, encontró una rosa fragante de colores vivísimos. La cortó y se la llevó a la enferma. Rita dio gracias a Dios y, tras olerla, la entregó a las monjas; éstas no se cansaban de admirarla, pasándosela de mano en mano. La habitación, que durante quince años había olido tan mal, se llenó de suave y celestial fragancia.

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Parece tratarse de una leyenda basada en algún hecho real, que ha sido después adornado con detalles imaginarios. También aquí podría decirse: quien quiera creer, que crea… La vida de santa Rita comenzaba con la leyenda de las abejas y termina con la fragancia de la rosa. No falta, sin duda, una lejana inspiración en san Pablo, que llama a la santidad «el buen olor de Cristo» en nosotros.

Como sabe el amable lector, todos los años, el 22 de mayo, en la fiesta de santa Rita, se bendicen y reparten rosas entre los devotos. Muchas personas enfermas las toman, pulverizadas y disueltas en alguna infusión, mientras piden al Señor, por intercesión de la Santa de Casia, la curación de sus males.

6. Las campanas que tocan solas
Otra piadosa leyenda cuenta que, a la muerte de Rita, repicaron a gloria las campanas del monasterio, sin que nadie las tocase. El rostro de la Santa, deformado por la enfermedad y las penitencias, recobró su anterior hermosura; el olor insoportable que despedía el estigma se trocó en perfume celestial, y la habitación resplandeció como el sol.

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Rita murió, tal como había vivido, santamente, y así entró en la gloria de su Señor. El repique de campanas no es más que el pregón jubiloso de aquella muerte santa. No importa, pues, quién tirase de la cuerda, si un ángel o una monja entusiasmada ante la santidad de la difunta.

MENSAJE ACTUAL
Hemos recordado la vida de santa Rita, los ejemplos de sus altas virtudes, su figura mística, tan amada por el pueblo cristiano. Hemos comprobado que es poco lo que se sabe de ella con absoluta certeza. Nos hemos visto obligados a distinguir entre lo que es propiamente historia y la leyenda. Podríamos decir que santa Rita pertenece al grupo de santos que han hablado poco, pero han obrado mucho. Podríamos llamarla «la Santa del silencio».

Por eso, para reconstruir su figura espiritual y comprender su mensaje, tenemos que recurrir al testimonio silencioso de su vida. Porque la Santa de Casia, con su rica y variada experiencia humana, con su vida ejemplar fundamentada en la oración y la fidelidad, nos enseña muchas cosas a sus devotos.

1. Llamada universal a la santidad
En primer lugar, nos enseña que es posible decir «sí» a Dios desde las más variadas formas de vida. Ella pasó por todos los estados –fue soltera, esposa, madre, viuda y monja–, y en todos nos dejó ejemplo de santidad. Su ejemplaridad no excluye a nadie. Sea cual sea nuestro estado o condición, nos dice, siempre es posible ser santos. Más aún, es preciso ser santos, tender a la santidad o unión con Dios en Cristo.

2. Fe
Rita nos da ejemplo de fortaleza y de fe. Ella fue antes que nada una mujer creyente. La fe le permitió brillar con luz propia en las circunstancias más difíciles, inesperadas y contradictorias de la vida. Gracias a la fe, Rita pudo ver, en medio de paradojas, la voluntad de Dios y su plan sobre ella en cada detalle de la vida. Detrás de todo cuanto le ocurría, estaba Dios. No era el destino, ni la desgracia, ni la maldad de los hombres; era la providencia de Dios Padre que todo, absolutamente todo, lo disponía para el bien de Rita, su propia gloria divina y la salvación del género humano.

3. Confianza en el Señor
Rita nos enseña a confiar en el Señor, a progresar en el camino de la santidad abandonándonos ciegamente en sus manos. Nos exhorta a vivir siempre abiertos a los planes de Dios, que son planes de misericordia y bondad, porque todo conduce al bien de los que le aman.

4. Aceptación del sufrimiento
 Nos enseña a aceptar con amor la cruz de cada día; a soportar con paciencia el dolor, no por impotencia o por simple resignación pasiva, sino por amor a Cristo crucificado, para identificarnos más con Él. Nos enseña no sólo a aceptar el sufrimiento con amor, sino incluso a desearlo como don de Dios. Porque todo sufrimiento, grande o pequeño, si se acepta con amor y en unión a la pasión de Cristo, tiene también un gran valor redentor.

Este es, sin duda, el aspecto más difícil de entender de todo el mensaje espiritual de Rita. Pero es al mismo tiempo el más sublime. Este es ciertamente el punto focal de su espiritualidad: nuestra Santa comprendió la «sabiduría de la cruz», de que habla el apóstol Pablo. El amor a la cruz fue el secreto de su santidad y es su mensaje principal; un mensaje centrado en Cristo, que nos invita a contemplar su cruz, porque en ella está la solución de todos nuestros problemas.

5. Perdón
Nos transmite también un mensaje de perdón, que es la expresión más alta de la sabiduría de la cruz. Arrodillada ante el crucifijo, aprendió a perdonar; así, perdonó a los asesinos de su marido y rezó por ellos. ¡Qué testimonio tan admirable! ¡Qué ejemplo tan elocuente para tantas personas que en nuestros días pierden a sus seres queridos, víctimas del odio y la violencia! ¡Qué lección para todos nosotros también, que, tal vez por pequeñas ofensas, regateamos el perdón!

6. Paz y reconciliación
Rita nos invita, además, a ser mensajeros de paz y reconciliación, como lo fue ella, como lo fueron sus padres; sobre todo, como lo fue Cristo, quien con su sacrificio en la cruz pacificó a los hombres con Dios, y nos enseñó a ser y sentirnos hermanos. Rita aprendió de sus padres y de Cristo a ser «pacificadora».

Una lección muy actual para un mundo como el nuestro: violento, lleno de discordias, atentados terroristas, guerras, amenazas… Una lección que es preciso aprender urgentemente, si no queremos que el mundo se nos convierta en un campo de batalla y destrucción.

7. Alegría
A primera vista, el de la alegría podría parecer un mensaje impropio de Rita, ya que su vida estuvo marcada por el sufrimiento y la tragedia. Sin embargo, a pesar de los dramas y dolores que pasó, tuvo siempre el corazón rebosante de alegría, y la derramó a su alrededor. Difundió la alegría del perdón inmediato y generoso; la alegría de la paz amada y perseguida como bien supremo; la alegría del amor fraterno, intenso y sincero; la alegría de la confianza plena y filial en Dios; la alegría de la cruz llevada con Cristo y por Él.

Pero no todo terminó con su muerte. Santa Rita de Casia ha continuado difundiendo esa misma alegría en un ámbito mucho más amplio, pues llega ahora a todos los confines de la Iglesia. Desde el cielo sigue intercediendo en favor de los enfermos, los afligidos, los desesperados… Su intercesión es tan poderosa que el pueblo devoto le llama hiperbólicamente «la Abogada de los casos desesperados», «de la última esperanza», «la Santa de los imposibles»…

Los milagros y prodigios que Dios realiza por medio de su intercesión son signo de que Él continúa presente en medio del pueblo que peregrina hacia la patria celestial, y, al mismo tiempo, son invitación a imitar las virtudes de santa Rita y a acoger sus mensajes.

Después de enviarnos estos mensajes de alegría, humildad, paz y perdón; tras enseñarnos a rezar de verdad, a llevar con amor la cruz de cada día, y, sobre todo, a ser santos en todos los estados de la vida, santa Rita –contenta por haber cumplido la misión divina en la Iglesia– vuelve al silencio. Y en silencio permanece vigilante ante Dios Padre, dispuesta siempre a interceder en favor de quienes recurren a ella con fe.


Fechas principales

1381    Nacimiento y bautismo
1395    Matrimonio
1413    Asesinato del marido
1414    Muerte de sus hijos
1417    Ingreso en el monasterio agustino de Santa María Magdalena
1418    Profesión religiosa
1432    Aparición de la llaga en la frente
1450    Año Santo y viaje a Roma
1453    Comienzo de su grave enfermedad
1457    Muerte a los 76 años.
 
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