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¿Alguna vez nos preguntamos cuánto nos ama Dios? Al leer y meditar hoy la Palabra es como si sonara en mi interior esta pregunta, un interrogante que apenas me planteo y que, por otra parte, no hago otra cosa que sacarlo a relucir como sea. Y, como es lógico, algún día suena muy fuerte y me lleva a plantearme: ¿creo de verdad en Dios?
Fr. Imanol Larrínaga, OAR - 17/03/2017

En la vida, como es natural, pretendemos caminar con los oídos muy abiertos y hasta curiosos en la actitud de oír todo lo que suena y, en cristiano, mientras constantemente Dios nos habla ¿qué tal nos suena lo de ojala escuchéis hoy la voz del Señor; no endurezcáis vuestro corazón?  Si valoramos desde la fe esta invitación que nos dirige el salmo, en el fondo, es más bien, una llamada muy comprometida: ¡Ojalá le hagáis caso hoy!. Por supuesto que es un regalo ya que siendo personas, entendemos que creyentes, en sí es la expresión del amor de Dios y un ofrecernos el mayor regalo en todo momento.

            Adelantándonos en la lectura de la Palabra de hoy encontramos tres expresiones que, ojalá, insertáramos en nuestra vida como fundamento de  nuestra fe: ¿está o no está el Señor en medio de nosotros? (Éxodo 17, 7); ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios (Romanos 5, 1); Soy yo; el que habla contigo (Juan 4, 26). En el fondo, es una total lección de amor por parte de Dios y que, lógicamente, viene dirigida a nosotros como expresión de un amor infinito. Cuando al principio nos surgía una doble pregunta, no era tan solo pensar en esa situación personal a veces tan lejos del misterio del amor de Dios hacia nosotros, sino la llamada a mirar la vida desde la siembra constante de gracia que Él nos regala.

            En una falta de escucha y de cercanía somos muy propicios a ser espectadores y quedarnos en una admiración más bien de momento que de llamada que el Señor nos dirige como gracia que cambie nuestra vida. Situémonos como pueblo de Israel, torturado de sed; como Pablo que pone a Cristo que murió por nosotros; y no olvidemos a la samaritana en busca de la “verdadera agua”. Las tres referencias son expresivas desde Dios en nosotros y estamos, por lo tanto, en posibilidad de centrar nuestras personas en el marco de la gracia del Señor y sentir en nuestro corazíón la cercanía de la “verdadera agua que salta hasta la vida eterna”.

            Estamos, pues, ante una necesaria realidad a la que debemos dar respuesta ya que la gracia de Dios tiene su tiempo y la necesidad de escucha y de aceptación de lo que se nos ofrece. Cuando escuchamos el evangelio de hoy necesitamos, desde la fe, no ser espectadores sino más bien los necesitados del “agua que salta hasta la vida eterna”. Cada día nos espera el Señor en la fuente de vida a que nos encontremos con Él y sintamos su amor infinito en cada momento de nuestra existencia y cada uno debemos pensar qué es lo que prevalece en nuestro acontecer cada día: si nuestra preocupación única es el seguir viviendo sin más, el necesitar un descano, el pensar que la vida es muy larga, en dejarlo todo para mañana o… El ejemplo de la samaritana puede suponernos a primera vista un encuentro sin más en la fuente con un extranjero, algo que, en el plano de la fe, nos puede ocurrir en cualquier momento.

            Con fe ¿somos capaces de sustituir a la samaritana? Es cierto que esta mujer va solo por agua a la fuente, ¡cosa muy natural!, pero en el plan de Dios siempre está presente la salvación humana y, por ello mismo, se acerca en cualquier momento a ofrecernos la paz y la felicidad. En en el evangelio es importante el agua pero, en primer lugar, Alguien está esperando. Y esto nos advierte de cómo nosotros esperamos calmar nuestras necesidades si contamos con la gracia de Dios.

            Nuestra vida no es solo consumir, es una apertura diaria al milagro de su propia presencia y, desde Él, querer comprender que hay un surtidor que salta hasta la vida eterna. Al final del encuentro con el Señor, la mujer samaritana habrá conocido quién es Jesús, que no es lo mismo caminar con Jesús que caminar a tientas, que no es lo mismo ignorar su Palabra que escucharlo, que no lo mismo descansar en Él que no hacerlo.

NUESTRA REALIDAD

            Somos hombres y mujeres de toda condición, con fe y con un estilo de vida con manifestaciones propias ante la verdad y la vida. Somos personas que debemos plantearnos si somos capaces de enfrentarnos a nosotros mismos. Pero, cuidado, no nos hagamos jueces de nosotros mismos; subamos hacia la fuente de vida que es Cristo y dejémonos de entrada en dejarnos mirar por Él.

            En su amor y, con sencillez, nos pregunta por la dirección de nuestra fe y si queremos librarnos de la sed que nos dificulta el camino de la vida. A primera vista puede parecernos algo milagroso y, sin embargo, nos hace caer en la cuenta de que no es lo mismo construir el mundo con su Evangelio que hacerlo sólo con la propia razón. Así nos enseña la fuente del agua viva y dónde a Él encontramos en todo tiempo y lugar. El camino es la fe y la orientación de nuestro viaje si sinceramente buscamos a Él.

EXAMEN y ORACIÓN

            Cuando leemos en el Evangelio que Jesús dice a la mujer samaritana: soy yo (el Cristo) el que habla contigo, sentimos seguramente una gran sorpresa y hasta casi una envidia:¡qué suerte tiene esa mujer al escuchar cara a cara al Hijo de Dios que le habla! La sorpresa ciertamente es un regalo para la mujer que abre no solo los ojos ante quien tiene delante sino que su corazón vibra al caer en la cuenta de la identificaciónm de la persona que está ante ella.

            Para nosotros no puede quedar solo en una admiración sino más bien en una necesidad de saber que el Mesías está siempre en y con nosotros. Es cierto que necesitamos no solo una vida de fe que nos haga entrar en la verdad de un Dios que inicia en nosotros la obra buena y la lleva hasta el final, sino también vivir en atención constante a la gracia que recibimos.Lo manifiesta claramente la oración colecta: Señor, Padre de misericordia y origen de todo bien, que aceptas el ayuno, la oración y la limosna como remedio de nuestros pecados, mira con amor a tu pueblo penitente y restaura con tu misericordia a los que estamos hundidos bajo el peso de las culpas.

            La oración nos sitúa ante dos realidades: nuestra persona sedienta de felicidad y un Hijo de Dios que se hace el encontradizo con nosotros. El hecho mismo de creer no solo en la posibilidad sino de una presencia divina en nosotros nos descubre el amor infinito y nuestra necesidad de agua “que salta hasta la vida eterna. ¿Lo creemos…?

CONTEMPLACIÓN

            Le dice Jesús: «dame de beber. Los discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos. La mujer samaritana le contestó: «¿cómo tú, siendo judío, me pides agua a mí, que soy samaritana?». Los judíos, en efecto, no tienen buenas relaciones con los samaritanos He aquí la prueba de que los samaritanos  eran extranjeros. Los judíos no se sirven jamás de sus cántaros, y como ella llevaba para sacarla, se extraña de que un judío le pidiese agua, hay que los judíos no suelen hacerlo. Pero, en realidad, quien le pedía de beber, tenía sed de la fe de aquella mujer.

            Escucha ahora quién le pìde de beber. «Jesús le responde y le dice: si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: “dame de beber”, seguramente se lo hubieras pedido tú a él y él te hubiera dado agua vida». Pide agua y promete agua. Se manifiesta como necesitando recibir y al mismo tiempo como desbordante para saciar. «¡Si conocieras el don de Dios!».  El don de Dios es el Espíritu Santo. Todavía le habla Jesús veladamente, pero poco a poco va entrando en el corazón (san Agustín en el comentario sobrfe el ev. según san Juan 15, 5-6, 9-12).

ACCIÓN.- Vayamos al Sagrario  y  meditemos el diálogo de Jesús con la samaritana.

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