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La vida tiene muchas ilusiones, las pensamos y soñamos con ellas para que sean realidad. Y, día a día, la realidad nos enseña que no somos dueños de todo y que necesitamos una cura constante de realismo y de sacrificio.
Fr. Imanol Larrinaga, OAR - 02/04/2017

El hecho de formular esta idea me la proporciona hoy el salmo responsorial: mi alma espera en el Señor, espera en su palabra. Situarnos así en la vida es una expresión total de fe y que hace real la presencia de Dios.

         Estamos de camino y muy cercanos a la muerte y resurrección del Señor, un camino que exige claridad y total limpieza de miras ya que nos acercando al misterio de la salvación y de la redención ¿Sentimos la necesidad de creer: «sabréis que yo soy el Señor»; de dejarnos llevar «por el Espíritu que habita entre nosotros» o «no te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios»? El evangelio quiere llegar siempre a nuestro corazón ya que es nuestra luz y nos conduce por el único camino a la verdadera felicidad. Necesitados como estamos todos de encontrar el verdadero y único camino que nos conduce a vivir en alegría y esperanza capaces de otorgarnos la razón de nuestra existencia, es bueno recordar lo que dice el Señor: Yo he venido para dar vida a los hombres y para que la tengan en plenitud (Juan 10, 10).

         La Palabra de Dios puede llevarnos hoy a interpelar nuestras personas en su forma de vivir la fe pero desde una visión completamente distinta. Son interrogantes que esencialmente nos hacen mirar hacia adelante y con la certeza de la gracia de Dios que nunca nos falta: Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa. Es afirmación clave para nosotros y seguridad  hasta el punto que llegamos a decir: sé de quién me he fiado. Vivir así y en plena convicción desde dónde venimos y hacia dónde vamos nos clarifica algo muy fundamental: sé cuál es mi opción de vida y dónde pongo mi felicidad.

         Es cierto que esa posibilidad y deseo de dar a la fe un verdadero valor no puede entenderse sin lo que dice el Señor: os infundiré mi espíritu y viviréis. Cuando uno es capaz de analizar su camino en la fe y piensa en  la base que es necesaria y no la tiene sino que debe arrodillarse y decir: Te rogamos,Señor Dios nuestro, que tu gracia nos ayude, para que vivamos siempre de aquel mismo amor que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo. Nunca mejor que en este camino ya cercano al misterio de la redención que nos acerquemos a la Luz; ella sigue iluminándonos las fuentes a las que debemos buscar y encontrar así una mirada de Cristo que no hace otra cosa que acercarse a nosotros.

         Uno de los detalles del evangelio de hoy y que, incluso acaso no llaman la atención, está en las palabras del Señor: Lázaro, nuestro amigo, está dormido, voy a despertarlo. ¿Sómos capaces de creer que esa misma frase ocurre con nosotros? Como creyentes tenemos posibilidad de decir sí a Dios pero esa actitud no puede ni debe mantenerse solo en un tiempo. Recordemos que Dios nos regala un tiempo irrepetible para culminar nuestra existencia y en esa convicción debemos recibir la gracia, que en el fondo es siempre una resurrección.

         Conscientes de nuestra fe es precisamente este momento de nuestra vida cuando tenemos que abrir nuestra existencia a un horizonte nuevo. Un detalle: ¿somos capaces de creer que la Vida es más que esta vida? El camino del discípulo de Cristo no se puede ni se debe medir a su estilo, es el Señor quien inicia la buena obra y la lleva hasta el final. Recordemos lo de san Pablo: vosotros no estáis en la carne sino en el espíritu ¿Hasta qué punto valoramos y vivimos  nuestra identidad cristiana?

         Está casi terminando el tiempo de la Cuaresma ¿Ha cuajado en nuestros corazones “mi alma aguarda al Señor”? Meditemos y valoremos la gracia que el Señor nos ofrece para que nuestra vida responda al amor de Dios.

NUESTRA REALIDAD

         ¿Cuál es nuestra actitud ante la Palabra de Dios? Todos tenemos en el diario caminar una especie de itinerario de dos niveles: sabemos a dónde vamos pero ¿hasta aqué punto valoramos el camino hacia el cual se debe dirigir nuestra vida? Hay que pensar, -ojalá fuera verdad-, que la dirección de nuestra existencia no está ni en los meses ni en los años sino hacia la eternidad y eso reclama sin aspavientos una visión personal, en plena libertad, valorar los días como los años desde una orientación más allá de nuestros cálculos.

         La resurreción de Lázaro no es sin más una anécdota que leemos o escuchamos; es la realidad de nuerstras personas, su principio y su fin, el tiempo y lo eterno, nosotros y Dios. Es lógico, pues, que nos situemos de una vez por todas en una mirada hacia dentro y plasmemos el camino de la existencia como una preparación para llegar a la meta. Providencialmente, Dios es la razón de nuestro todo y sólo Él nos descubre y describe el camino de una existencia que, al fin y al cabo, es amor y gracia por nosotros.

EXAMEN y ORACIÓN

         ¿Quién ilumina nuestra vida? Muchas veces estamos más pendientes del qué y no tanto de quién. Y la referencia necesita una clara respuesta ya que estamos en juego nosotros y Dios. Lo necesario es precisar quién es la causa de nuestra realidad humana y de la dirección que debe asumir la existencia.La oración sobre las ofrendas nos ofrece la respuesta: Escúchanos, Dios todopoderoso, tú que nos has iniciado en la fe cristiana, y purifícanos por la acción de este sacrificio.

         Verse a sí mismo en esta orientación, siempre gracia, da un margen total a la definición de uno mismo: no soy una máquina, tengo libertad, sé hacia dónde me dirijo, no estoy solo en el camino… En el fondo descubro que hay una Luz sin medida y es la razón de mi vida.

         Caminar teniendo delante esta Luz supone la convicción de la presencia de Dios, una fuerza que hace posible vivir en el Espíritu de Cristo y caminar con la mirada abierta a otra dirección que es la de la fe y del amor a Dios y al prójimo. Tener conciencia y hacer realidad la Luz de Cristo significa una vida lanzada desde el misterio y con la convición  de que no se va por nuestros caminos sino por los de Dios. ¿Cómo suena en nuestro corazón Yo soy la resurrección hy la vida? Sintamos dentro de nosotros mismos el anuncio salvador de Cristo y gritémosle: despiértanos, levántanos y sé nuestra eterna Luz.

CONTEMPLACIÓN

            Amadísimos, oigamos esto de forma que quienes están vivos sigan viviendo y quienes se hallan muertos recobren la vida. Si el pecado está en el corazón y aún no ha salido fuera, haga penitencia, corrija su pensamiento y resucite al muerto en el interior de la conciencia. No pierdas la esperanza ni siquiera en el caso de haber consentido a lo pensado. Si no resucitó el muerto dentro, resucite fuera. Arrepiéntase de lo hecho y resucite rápidamente; no vaya al fondo de la sepultura, no reciba sobre sí el pecado de la costumbre. Quizá estoy hablando a quien se halla oprimido por la dura piedra de la costumbre, quien se ve atenazado por la fuerza de lo habitual, quien quizá ha hiede de cuatro días. Tampoco éste ha de perder la esperanza; es verdad que yace muerto en lo profundo, pero profundo en Cristo. Sabe quebrar con su voz los pesos terrenos, sabe vivificar interiormente y entregarlo a los discípulos para que lo desaten. Hagan penitencia también ellos, pues ningún hedor quedó a Lázaro, vuelto a la vida, a pesar de haber pasado cuatro días en el sepulcro. Por tanto,  los que gozan de vida, sigan viviendo; si alguien se halla muerto, cualquiera que sea la muerte de las tres mencionadas en que se encuentre, haga lo posible por resucitar cuanto antes (san Agustín Sermón 98, 4 – 7).

ACCIÓN.- Encontrémonos con el Señor en el camino de la vida y digámosle muchas veces: Señor, mírame y sálvame.
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