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Ya llevamos varios días contemplando Belén, lugar y espacio del misterio de la Navidad. Nos hemos acostumbrado en el tiempo a contemplar tres figuras que motivan especialmente desde la fe una presencia única ya que, desde su silencio, muestran la expresión más bella de la Sagrada Familia. La llamamos así porque es verdad y porque es también referencia total del plan de Dios en la salvación de la humanidad.
Fr. Imanol Larrínaga, OAR - 26/12/2017

Debemos preguntarnos: ¿cómo encontrar su verdadera definición? «Dios, Padre nuestro, que has propuesto a la Sagrada Familia como maravilloso ejemplo a los ojos de tu pueblo…» (oración colecta). Por supuesto que esta oración nos lleva a un quedar asustados hasta el punto de preguntarnos: ¿es posible en el mundo este tipo de familia? Puede que hoy estemos un tanto abrumados por el desencaje de aquello que todos soñamos que pudiera ser la base de una felicidad compartida: una familia en el amor, en la comprensión mutua y en el testimonio de la verdad no solo con referencia a una casa sino como expresión del cariño expresivo que une a quienes son miembros de una verdadera expresión mutua de común‑unión y alegría.

Por eso, la solemnidad de la Sagrada Familia es una luz que ojalá pudiera permanecer en el tiempo como signo de tres aspectos fundamentales que se deducen desde la Palabra de Dios: descendencia, tierra y bendición. Quien sea capaz de entrar en el ámbito de esta trilogía está creyendo, antes de nada, que la familia no es una simple conjunción de personas sino un reflejo de lo que Dios manifiesta y quiere en la continua recreación del mundo y de la historia. Estamos, incluso los cristianos, muy lejos de la fundamentación de la familia desde Dios, y basta profundizar en la Palabra de Dios para descubrir cómo Dios quiere descubrir desde sí mismo lo que debe ser la familia y, especialmente, la familia cristiana. Es un hecho real que la familia es la conjunción en la expresividad de lo que somos nosotros ya que, por justificarnos, aludimos en muchos casos a elementos exteriores para silenciar nuestro poco sentido y valor de la familia.

A lo largo de la Biblia vamos encontrando la providencia de Dios en la cercanía de los hombres que serán en el tiempo y en la historia de la humanidad los elementos claves de la definición, desarrollo y misión de una expresión viva de la familia según la voluntad de Dios. En la primera lectura de hoy Abraham aparece como figura ejemplar; es el modelo del que confía en el Dios que viene a su encuentro y por la confianza entra ya en posesión de lo que espera. Sus descendientes son y serán testigos de que su fe no será defraudada.

Esta es una gran lección para todos nosotros. Recordemos lo que dice el Señor a Abraham: «no temas, yo soy tu escudo, y tu paga será abundante» (Gn 15, 1). Dios es fiel a su palabra y mantendrá su alianza por siempre, incluso cuando los acontecimientos en el tiempo (infidelidades, desconfianzas y soberbia…) sean una expresión humana muy lejos de la promesa de fidelidad por parte de Dios. Hoy debemos precisar que la falta de fe en el plan de Dios no es un fundamento en el que se basa el sentido del amor fiel y de la presencia total, incluso en las dificultades. Es cierto que se olvida o se ignora la voluntad de Dios y que, por eso, cada cual se cree dueño y señor de romper la alianza prometida y recibida. El ejemplo de Abraham, desde Dios, es una gran luz que hoy, como siempre, se traduce en fidelidad perpetua y un motivo de recordar en propia carne cómo el Señor nos llama en cada momento a iniciar y a llevar a cabo la historia de su pueblo elegido, hoy como mañana.

Muchas veces somos personas inconsecuentes; no aceptamos nuestras propias sombras en el momento y por eso mismo no descubrimos nuestro centro interior, el núcleo de nuestro ser; olvidamos que el corazón tiene su fuente en Dios: “somos su pueblo elegido, Él nos perdona todo, nos insiste en la vivencia del amor, su paz es la que actúa de árbitro en nuestro corazón…” (Glosa a la carta de san Pablo a los Colosenses 3, 12‑21). El texto paulino entra de lleno en el contexto de la familia ya que su enseñanza hace referencia a las virtudes comunitarias para que sean realidad en la familia y con un acento particular: exhorta a los colosenses a “que se pongan a dar gracias”, o sea, que celebren la Eucaristía. En ella debe predominar la “mesa de la Palabra” para que luego nos sentemos en la mesa del Pan…

Desde la elección de Dios a la común‑unión, un camino siempre bendecido por Dios. Y, ahora, la pregunta necesaria siempre: ¿cómo ser familia en el Señor? Meditemos: «Dios, Padre nuestro, que has propuesto a la Sagrada Familia como maravilloso ejemplo a los ojos de tu pueblo, concédenos, te rogamos, que, imitando sus virtudes domésticas y su unión en el amor, lleguemos a gozar de los premios eternos en el hogar del cielo» (Oración colecta). Llegamos a ese misterio pero, al fin y al cabo, con personas en humanidad, reflejo de la presencia Dios en la historia. Cierto que la familia de Nazaret es la expresión viva de Dios en su Hijo, en la Madre de Dios y en el hombre elegido que “Dios hace crecer” (José).

Para los cristianos el misterio de la Sagrada Familia solo es comprensible desde el “Sí”: “no se haga mi voluntad sino la tuya” (Jesús), “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según su palabra” (María) y “José hizo como el ángel del Señor le había mandado y tomó consigo a su mujer” (José). Es lógico de ese “Sí” a Dios Padre surgiera el misterio de la presencia divina en la tierra y en la historia para siempre. De ahí se puede decir algo maravilloso: solo la fidelidad a la voluntad puede hacer nacer una familia de Dios a la cual estamos llamados y con cuya identidad nos convertimos en testigos del amor de Dios como lo fueron Jesús, María y José.

Nuestra oración: «Al ofrecerte, Señor, este sacrificio de expiación, te suplicamos, por intercesión de la Virgen, Madre de Dios, y de san José, que guardes a nuestras familias en tu gracia y en tu paz verdadera» (Oración después de la comunión).

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