lunes, 26 de junio de 2017
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El camino de Pascua es una puerta siempre abierta a la luz y a la esperanza y ambas realidades son como una constante invitación a centrar nuestra atención en el Resucitado que nos enseña a vivir en el amor. El santo pueblo de Dios es gente que está de pie y camina en la esperanza, allí donde ya sabe que el amor de Dios lo ha precedido: no hay parte del mundo que escape de la victoria de Cristo Resucitado: es la victoria del amor.
Luciano Audisio - 05/05/2017

Caminar en esa convicción es situarnos en una actitud en la que están claros el principio y el fin de la misma: El Señor es mi pastor, nada me falta. Nuestra camino tiene entonces una seguridad, por supuesto, no basada en nuestras fuerzas sino en la gracia que se nos da desde el Buen Pastor. Es cierto que en nuestro interior se entremezcla una cantidad de piedras y lazos, -muchas veces adelantados por nosotros-, que dificultan el caminar según nuestro Maestro y que originan para desgracia nuestra resbalones y caídas.

 

         Es posible que la causa de tanto caer, no esté en el camino sino en nuestra falta visión del Camino: Cristo. El Evangelio de hoy especifica con verdad y fuerza el punto de partida, el modo de caminar y cómo llegar a la meta: él va llamando a sus ovejas, le siguen y entran en la puerta de aquel que dice: «Yo soy la puerta de las ovejas». El planteamiento es una elegancia de fondo y forma: Dios todopoderoso y eterno, condúcenos a la asamblea gozosa del cielo, para que la debilidad del rebaño llegue hasta donde le ha precedido la fortaleza del pastor (Oración colecta). Vivir en esta confianza es tener la certeza de quién es nuestro pastor y cómo nuestro camino tiene siempre la luz verdadera que ilumina nuestro andar. Es cierto que muchas veces desconfiamos de nuestras fuerzas y, sin embargo, eso no es negativo porque en esa actitud podemos encontrar al Camino, a nuestro pastor; lo malo es cuando salimos a la vida con capacidad y fuerzas nuestras como fondo total para enfrentarnos a la realidad y… nos llenamos de golpes.

 

         No en vano dice el Señor: Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante. Nadie puede afirmar lo que anuncia el Buen y único Pastor ni tampoco nadie podrá formular, si no es Él, «Yo soy la puerta», afirmación que procede de Quien «cargado con nuestros pecados, subió al leño, para que muertos al pecado, vivamos para la justicia». Seguro que el análisis que hacemos de nosotros mismos no entra en nuestro interior y, consiguientemente, desvanece el sentido de la vida de fe, dejamos de lado el ejemplo de Cristo y no nos valoramos cómo Dios nos ama. Definirnos a nosotros con solo la base de los propios deseos, no puede generar sino confusión y nuestra dignidad cristiana queda al aire y a los vaivenes de nuestro humor y de criterios poco positivos.

 

         Si fuéramos agradecidos al Señor, teniendo en cuenta su amor y su mirada sobre nosotros, el enfoque de nuestra fe no podría quedar en un mero cumplimiento; tendría que sobrepasar con elegancia la mera respuesta de momento y sostenernos desde Dios en razón de los dones que hemos recibido. Nos hace mucha falta situarnos ante la identidad con la que el Señor define nuestras personas desde una eternidad y que jamás las cambia. De ahí que no es posible por nuestra parte mantener un estilo de vida cristiana si su ejemplo e identidad no las planteamos y no las llevamos al ambiente en que vivimos con los rasgos de Cristo.

 

         Él nos abre la puerta de la fe, de la esperanza y del amor, y nos presenta todo el ambiente en el que manifestaremos quién es Dios, cómo nos ama y hacia nos dirige nuestra vida para que seamos testigos suyos. Lo que importa fundamentalmente es que vivamos su propia imagen: «pasó haciendo el bien» y se convirtió en garantía de felicidad eterna. ¿Por qué no somos capaces de encajar en el camino de Cristo y manifestar su vida y su amor para poder expresar ante los demás el mismo amor?

 

NUESTRA REALIDAD

 

         Somos parte de la Iglesia y, en esta certeza, nuestra vida cristiana debe proporcionar un clima de agradecimiento al Señor y, a la vez, una actitud de escucha a su voluntad. En el día de hoy, la Iglesia acentúa su atención en la Oración por las vocaciones religiosas y sacerdotales. Recordemos que celebramos la fiesta del Buen Pastor y es lógico que Él, en su amor infinito manifieste la necesidad de la oración para que Él haga llegar al corazón de muchas personas la vocación a ser sus testigos en el mundo.

 

         No es, sin más, una invitación. El Buen Pastor, desde sí mismo, llama para que su ejemplo de vida llegue a quienes descubran que el amor infinito de Dios es la fuerza que puede cambiar el sentido de la humanidad si hay testigos fieles y deseosos de manifestar el anuncio del Reino de Dios y de la felicidad que conlleva caminar en su presencia.

 

         Hoy es un día en el que la Iglesia quiere, desde la referencia del Buen Pastor, llegar a las personas creyentes que son capaces de escuchar su llamada y decir “sí” con la certeza de vivir siempre en el camino de Cristo y manifestar desde su propia vida que ha sido el Señor quien les ha llamado a seguirle y que, desde esta convicción, llaman a los demás para que sean anunciadores del Evangelio.

 

EXAMEN Y ORACIÓN

 

         A la luz de la llamada de Jesucristo, nuestras personas no pueden permanecer sin un margen de preocupación. La vida no es propiedad nuestra, siempre es don de Dios, y, como tal, la llamada del Señor puede llegar a nuestro corazón en cualquier momento.

 

         Cuando se habla de la vocación parece que el tema no va con nosotros y, enseguida despejamos la posible inquietud que nos puede producir. ¿Acaso tenemos miedo que Dios nos pida mucho? O, tal vez, ¿nos arrinconamos hasta el punto de quedarnos al margen de lo que puede convertirse en una respuesta sencilla, humilde y feliz? La convicción de ser ovejas al estilo del Evangelio es una forma de vivir la fe siempre que sigamos el camino del Maestro pero jamás podemos quedar satisfechos por seguir en una línea más de cumplimiento que de donación de nosotros mismos.

 

         El salmo responsorial de hoy suscita un mirar hacia el horizonte cuando nos presenta el camino de nuestra vida: el Señor es mi pastor, nada me falta; me guía por el sendero justo; tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida. No quedemos en las palabras sino dejémonos mirar por el Maestro que quiere llegar a lo más íntimo de nuestro corazón y descubrirnos que es el Buen Pastor que está siempre con nosotros. ¡Qué hermoso es creer y llevar a la vida lo que dice el apóstol Pedro!: Andabais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas.

 

CONTEMPLACIÓN

 

         «Mis ovejas escuchan mi voz y me siguen». Aquí encuentro a todos los pastores en uno solo. No faltan los buenos pastores, pero se hallan en uno solo. Aquí se anuncia uno solo porque se recomienda la unidad. Quizá digas que ahora no se habla de pastores, sino de un solo pastor, porque no encuentra el Señor a quien confiar sus ovejas. Entonces las confió porque encontró a Pedro. Al contrario, en el mismo Pedro nos recomendó la unidad. Eran muchos los apóstoles y a uno solo se le dice: «Apacienta mis ovejas». ¡Lejos de nosotros afirmar que faltan ahora buenos pastores; ¡lejos de nosotros el que falten, lejos de su misericordia el que no los haga nacer y otorgue! En efecto, si hay ovejas buenas, también hay pastores buenos, pues de las buenas ovejas salen buenos pastores. Pero todos los buenos pastores están en uno, son una sola cosa. Apacientan ellos: es Cristo quien apacienta. Los amigos del esposo no dicen que es su voz propia, sino que gozan de la voz de su esposo. (san Agustín en Sermón 46, 30).

 

ACCIÓN

 

         Repitamos muchas veces ante el Señor: Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan.

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