lunes, 21 de agosto de 2017
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¡Resucitó, resucitó, Aleluia, aleluia…! Llegó el gran Día, la Pascua, el grito de la vida para siempre… Hemos llegado a la gran fiesta, al día de expresar la victoria de Cristo. Sintamos el gozo del triunfo sobre la muerte y encontrémonos esperando a Quien resucitó: ¡Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse! (Hechos 10, 40).
Fr. Imanol Larrinaga, OAR - 12/04/2017

En un ambiente de tanta fragilidad el anuncio de la Resurreción es algo así como un despertar y salir de los caminos repetidos en la fe. De hecho, se nos concede a quienes celebramos la solemnidad de la Resurrección del Señor, que, renovados por su Espíritu, resucitemos a la luz de la vida. Si valorásemos desde la fe esta gran verdad, seguro que nuestra vida tomaría un ritmo completamente distinto ya que esto supondría un cambio total de orientación en el ser y el hacer.

         Nuestra vida necesita luz que se difunda sobre la existencia humana y que consiguientemene se refleje en el mundo y en la historia. El camino no lo podemos nosotros comenzar ni seguir si no es desde la gracia y esto nos sitúa necesariamente en actitud de atención y de esperanza. Tomamos la existencia como propiedad nuestra y hasta nos sentimos dueños de toda motivación dejando de lado lo que lleva consigo que solo Jesús, con su resurrección, nos hace posible la esperanza de vida.

         Hoy suena en todo su esplendor el salmo responsorial: Este es el día en que actuó el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo. Es un canto que expresa totalmente la superación de la muerte en la resurrección. Es nuestro himno pascual más bello y todos los que temen al Señor tienen el derecho y el deber de cantarlo.

         Este es el día en que actuó el Señor, el día en que rompió con violencia y para siempre las cadenas de la muerte, cuando removió la losa de granito que tapaba la tumba. El Cordero salvó al rebaño. De ahí que para nosotros es necesidad hoy una confesión en la fe: se ha realizado el prodigio inefable de la victoria de Cristo  sobre la muerte. Nosotros, los que creemos en Él, hemos despertado del sueño de la muerte; hemos comenzado la grandiosa aventura de vivir la misma vida de Dios, la vida que dura siempre.

         Es cierto, como dice san Pablo, que nuestra vida está escondida en Cristo y cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria. La liturgia nos invita hoy a cuidar ese aspecto de  nuestra vida que está “escondido” y al que a veces a nosotros mismos no no resulta fácil acceder, pero que constituye lo más auténtico de nuestra existencia: la amistad con Dios, la unión con Cristo, la vida en el Espíritu.

         La Pascua no es la celebración de un acontecimiento del pasado, que cada año que transcurre, queda un poco más lejos de nosotros. Los creyentes celebramos hoy al Resucitado que vive ahora llenando la vida de historia de los hombres. El hecho histórico de la pasión y resurrección se hace acontecimiento de salvación, nosotros participamos efectivamente muriendo y resucitando con el Señor.

         Creer en Cristo resuctado no es solamente creer en algo que le sucedió al muerto Jesús. Es saber escuchar hoy desde lo más honfo de nuestro ser estas palabras: No tengáis miedo, soy yo el que vive. Estuve muerto, pero ahora estoy vivo pos los siglos de los siglos. Para nosotros es una gran invitación a la esperanza. Cristo resucitado vive ahora infundiendo en nosotros una energía vital; de manera oculta pero real va impulsando nuestras vidas hacia la plenitud final. De ahí que gozar en la fe el Paso del Señor es sentir en el corazón la bendición de Dios que nos llena  de vida nueva. Pascua es la novedad que llega a la humanidad cargada de paz y de de esperanza.

NUESTRA REALIDAD

         ¿Qué supone en nuestra fe personal la Pascua? De entrada, deberíamos preguntarnos qué necesitamos y la respuesta puede ser hoy una sorpresa. Celebrar la Pascua es entender la vida de manera diferente. Intuir con gozo que el Resucitado está ahí, en medio de nuestras pobres cosas, sosteniendo para siempre todo lo bueno, lo bello, lo limpio que florece en nosotros como promesa de infinito y que, sin embargo, se disuelve y muere sin haber llegado a su plenitud: la resurrección corporal de Cristo, haciéndonos hijos de Dios.

         Examinemos el ritmo de nuestra vida y pensemos: ningún ser humano está solo: el Resucitado está con nosotros y en nosotros para siempre. Si examinamos cómo vivivmos y celebramos la Pascua debemos llegar a un contacto vital con Cristo como alguien que está vivo y da vida. Los cristianos no hemos de olvidar que la fe en Jesucristo resucitado es mucho más que el asentimiento a una fórmula del credo. Creer en el Resucitado es creer que ahora Cristo está vivo, lleno de fuerza y creatividad, impulsando la vida hacia su último destino y liberando a la humanidad de caer en la destrucción de la muerte. El alma humana no tiene luz por sí misma, ¿dónde encontrar la Luz que quite nuestra opacidad? Ojala nos lo preguntáramos muchas veces…

 

EXAMEN y ORACION

         ¿Cómo vamos a celebrar nosotros la Resurrección? Antes de nada, creer que es la manifestación del amor infinito de Dios. que nos salva de la muerte y del pecado. Y, desde ahí, una consecuencia: lo primero que debemos hacer es tomar conciencia de que la vida está habitada por un Misterio acogedor que Jesús llama Padre. Recordemos que nuestra existencia está sostenida y dirigida por Dios hacia una plenitud final. Y esto lo debemos  empezar a vivir desde nuestro propio ser: yo soy amado por Dios; a mí me espera una plenitud sin fin. Hay tantas frustraciones en nuestra vida, nos queremos a veces tan poco, nos despreciamos tanto, que ahogamos en nosotros la alegría de vivir. La Resurección  puede despertar de nuevo nuestra confianza y nuestro gozo.

            ¿Pensamos alguna vez si trasmitimos la fe a los demás? La misma Resurrección de Cristo ¿qué margen de alegría nos proporciona para gritar a los demás cómo nos ama Dios? Pensemos despacio: hemos recibido la gracia del perdón y de la misericordia; ¿sentimos y deseamos que nuestra vida tiene otra forma de entender la realidad de cada día porque van naciendo en nuestro corazón nuevos planteamientos de oración, de vivencia de la Palabra, de la fuerza de la Eucaristía…?

         Oración: Derrama, Señor, en nosotros tu Espíritu de caridad, para que hagas vivir concordes en el amor a quienes has saciado con los sacramentos pascuales. P. J, N. S.

CONTEMPLACION

            Escuchemos lo que dice el Ápostol: «si habéis resucitado con Cristo… » ¿Cómo vamos a resucitar si aún no hemos muerto? ¿Qué quiso decir entonces el Apóstol con estas palabras: «Si habéis resucitado con Cristo?» ¿Acaso él hubiese resucitado de no haber muerto antes? Hablaba a personas que aún vivían, que todavía no habían muerto y ya habían resucitado. ¿Qué significa esto? Ved lo que dice: «Si habéis resucitado con Cristo, gustad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios; buscad las cosas de arriba, no las de la tierra, pues estáis muertos» . És él, no yo, quien lo dice, y dice la verdad, y por eso lo digo también yo, ¿Por qué lo digo también yo? «He creído y por eso he hablado».

            Si vivimos bien, hemos muerto y resucitado; quien en cambio, aún no ha muerto, ni ha resucitado, vive mal todavía, y, si vive mal, no vive; muera par no morir. ¿Qué significa «muera para no morir»? Cambie de vida, para no ser condenado. Repito las palabras del Apóstol: «Si habéis resucitado con Cristo, gustad las cosas de arriba, no las de la tierra, pues estáis muertos y vuestra vida está escondiuda con Cristo en  Dios, Cuando aparezca Cristo, vuestra vida, también vosotros apareceréis entonces en la gloria con él». Son palabras del Apóstol. A quien aún no ha muerto, le digo que muera; a quien aún vive mal, le digo que cambie. Si vivía mal, pero ya no vive, ha muerto; si vive bien, ha resucitado (san Agustín en  Sermón 231, 3-5).

ACCION,- Cantemos en oración constante Este el día del Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo…

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