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La gran alegría de Cristo Resucitado nos ha hecho entrar en un ambiente de gozo y de mirada hacia delante. Es como si se nos abriera un marco impresionante de luz y de esperanza mientras mantenemos y cantamos el Aleluia.
Fr. Imanol Larrinaga, OAR - 21/04/2017

Llegó el momento de la alabanza y así va a continuar un buen tramo de tiempo mientras somos capaces de confesar en la fe: Dios de misericordia infinita, que reanimas con el retorno anual de las fiestas de Pascua, la fe del pueblo a ti consagrado, acrecienta en nosotros los dones de tu gracia.

En plena Pascua aparece hoy el dia de la Divina Misericordia. Cristo Resucitado es un presente y una presencia y hace “encuentro” con nosotros para que aspiremos y gocemos la paz y la verdad que Êl viene a darnos. El Amor de Dios que habita en nosotros es, junto al perdón que Él siempre nos otorga, la prueba más elocuente de la Pascua; no se le ve a Él, se nos ve a nosotros que amamos con su mismo amor generoso y constante. Por eso, dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia (Salmo 117).

Estamos en Pascua y a la vez que se hace radiante la misericordia infinita, analicemos la dirección de nuestra fe que nos invita a encontrar el modo de ser felices desde la misericordia de Dios: No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo véis, y creéis en Él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado. Son las palabras del apóstol Pedro que nos manifiesta el contraste entre la vivencia de la alegría y la cruda realidad del sufrimiento y de la persecución. La fe en Jesucristo suscita una alegría que arrebata. Las vicisitudes propias del momento presente constituyen una oportunidad extraordinaria para hacer desarrollar una fe que se concentra exclusivamente en el amor entrañable a la persona de Jesucristo, en quien, una vez resucitado, está la fuente inagotable de la alegría y la primicia de la salvación.

Vista y vivida así la Pascua encontramos la forma de entender plenamente las palabras de Jesús en el evangelio:“Porque me has visto has creído. Dichosos los que crean sin haber visto”. ¿Qué nos plantea esta afirmación? La última palabra de Jesús antes de la primera conclusión del evangelio de hoy es una bienaventuranza. El acto de fe de Tomás tiene sin duda un valor extaraordinario. «Ver y creer» es abrirse a la gracia de Dios  y obtener la vida eterna. Ver al Hijo ha sido un privilegio de los apóstoles. Quizá el evangelista recuerda aquellas palabras de Jesús: «dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis», Sin embargo, Jesús indica a continuación que también los que no le han visto físicamente pueden participar en la dicha de la fe,

Esta “bienaventuranza” que dirige Jesús a Tomás está en estrecha relación  con la pronunciada en la Cena: dichosos vosotros si lo hacéis. Lo que los discípulos han  de cumplir son las obras del servicio mutuo que expresa el amor y hace libres. Ese amor hace a Jesús presente, vivo y activo en nosotros.

Todo creyente, de cualquier época, tiene que ver al Señor y esa visión se realiza al experimentar la vida que él comunica; Vosotros, en cambio, me veréis, porque yo tengo vida y también vosotros la tendréis. Es la comunicación del Espíritu la que produce esa clase de visión. La experiencia se perpetúa en la celebración de la Eucaristía y esa experiencia produce el conocimiento: la vida es la luz del hombre.

El evangelio queda abierto al futuro: dichosos los que, sin haber visto, llegan a creer. Creerán por el mensaje de los discípulos, quienes continuarán manifestando en medio del mundo el amor de Jesús.

NUESTRA REALIDAD

Se nos presenta una hermosa realidad: la fe en Jesús vivo y resucitado consiste en reconocer su presencia  en la comunidad de los creyentes, que es el lugar natural donde él se manifiesta  y desde donde irradia su amor. Si recordamos al apóstol Tomás caemos en la cuenta de que es la figura de aquel (¿nosotros?) que no hace caso del testimonio de la Iglesia  ni percibe los signos de la nueva vida que en ella se manifiesta. En lugar de integrarse y participar de la fe, pretenden obtener una demostración particular desde sus propios argumentos. Y, lo más triste es que no buscan a Jesús, que es la fuente de la vida. ¡Cómo deberíamos agradecer al Señor el don de la fe y de la realidad que se nos señala con su gracia!

Recordemos: la fe es la búsqueda serena de Dios, que sale a nuestro encuentro y quiere penetrar en nuestro camino de la historia para dar sentido a nuestra vida. La confesión de Tomás es una respuesta lógica y de verdadera  experiencia de su vida, tema que a todos nos debe llegar al corazón ya que está en juego el seguimiento del Maestro. Ya no valen las medias tintas. Jesús ha resucitado y su victoria es un triunfo de alegría y de fuerza, de perdón y de gracia, un caudal impetuoso  de luz y de gozo que nos llega a todos y a cada uno de los que en Él creemos.

Llega a nosotros el gozo: Escuchad: hay cantos de victoria en las tiendas de los justos. No es un canto sin más, es el Aleluia que suena con esplendor y que debemos repetirla una y mil veces.

EXAMEN y ORACION

¿Alguna vez nos hemos preguntado si somos testigos de Cristo? La pregunta no nos debe sorprender, la debemos plantearnos con valentía ya que está en juego la verdad de nuestra fe. Es fácil cantar repetidamente el Aleluia y pretender que con ello creemos y por ello manifestamos el gozo. El Señor dijo a Tomás: Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo sino creyente. Estas últimas palabras son una invitación para provocar el acto de fe del discípulo y la respuesta de Tomás es la confesión más clara de la divinidad de Cristo: Señor mío y Dios mío.

Esta respuesta nos hace recordar las palabras del salmo 35, 23: Despierta, levántate en mi defensa, Dios mío y Señor mío, en mi causa. Dios nunca nos deja solos siempre que vayamos caminando en su presencia y con fe. La certeza de nuestro Dios no está solo en las palabras; la vida de fe debe hacernos expresar la presencia del Resucitado en nuestro corazón. Nunca mejor que recordar la oración después de la Comunión:Concédenos, Dios todopoderoso, que el sacramento pascual recibido permanezca siempre en nuestros corazones.

Puede ocurrirnos pensar que lo anterior está fuera de nuestro alcance y, si embargo, todo se nos pone a nuestro favor según nos dice san Pedro: No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación,

 CONTEMPLACION.       * UN CANTO a la MISERICORDIA de DIOS *

«Grande eres, Señor, y muy digno de alabanza, grande tu poder y tu sabiduría no tiene número». ¿Y pretende alabarte el hombre, pequeña parte de tu creación, y precisamente el hombre que revestido de su mortalidad, lleva consigo el testimonio de su pecado y el testimonio de que «resistes a los soberbios»? Con todo, quiere alabarte el hombre, pequeña parte de tu creación. Tú mismo le excitas a ello, haciendo que se deleite en  alabarte, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.

Dame, Señor, a conocer y entender qué es primero, si invocarte o alabarte, o si es antes conocerte que invocarte. Mas ¿quién habrá que te invoque si antes no te conoce? Porque, no conociéndote, fácilmente podrá invocar una cosa por otra. ¿Acaso, más bien, no habrá de ser invocado para ser conocido? Pero «¿y cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán si no les predicas?» Ciertamente, , porque los que le buscan le hallan y los que le hallan le alabarán.

Que yo, Señor, te busque invocándote y te invoque creyendo en ti, pues me has sido hay predicado. Invócate, Señor, mi fe, la fe que tú me diste  e inspíraste por la humanidad de tu Hijo y el ministerio de tu predicador (san Agustín en  Confesiones I, 1).

ACCIÓN. Oremos: Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.. (san Agustín en  Sermón 231, 3-5).

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