viernes, 20 de octubre de 2017
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Nuestra vida va pasando en el tiempo y es obvio que en algunos momentos queramos y sepamos parar y reflexionar para analizar lo que ocurrre como corriente y entremos en un silencio para preguntarnos algo tan fundamental: ¿cómo es mi vida y hacia dónde camino? La idea, que, por supuesto, es un interrogante necesario, me surge cuando meditaba el salmo responsorial de la Eucaristía de hoy: Señor, me enseñarás el sentido de mi vida.
Fr. Imanol Larrinaga, OAR - 26/04/2017

Nosotros debemos recordar a Cristo Resucitado, el Hombre que confió plenamente en Dios, el creyente por excelencia, el que murió en la cruz, pero a quien Dios no abandonó en la habitación de los muertos y, en cambio, le hizo conocer el camino de la vida, es decir, el de la resurrección. Nosotros, creyentes cristianos, debemos hacer nuestra esta profesión de fe, esta adhesión incondicional a Dios, esta certeza y la esperanza de la resurrección que Dios nos ofrece en Cristo.

          Nos encontramos en camino pero ¿es el de Dios? El primer paso es, según nos dice el apóstol Pedro, recordando a David, vivir con alegría: se me alegra el corazón, exulta mi lengua y mi carne descansa serena. Todo eso debe llevar una convicción por nuestra parte: caminar con rumbo fijo y estar atentos a Dios que sale a nuestro encuentro: es su Palabra que nos sorprende, nos deleita y hasta nos convence. Tenemos que plantearnos si esa Palabra, que es Dios mismo, la queremos gustarla, saborearla y dialogar con Ella.

         Además, el camino en la fe se hace realidad cuando está unida a la conversión y a un enfoque de la vida que respira a Cristo. El hecho mismo de plantear esta gran verdad es tener en cuenta de lo que se nos dice en la segunda lectura:  Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza. La resurrección y la glorificación de Cristo abre una perspectiva de esperanza hasta el punto que abre el camino a una fe firme en Dios y en la resurrección   de Cristo que repecurten inmediatamente en los cristianos en una vida impregnada de esperanza, es decir, de una existencia colmada de alegría espiritual en medio de toda circunstancia, incluida la adversidad, en virtud del destino próximo y remoto que aguarda a los creyentes. Este destino es Dios mismo. De ahí que la esperanza a la que se refiere el discurso de Pedro lleva consigo la fe inquebrantable en Dios, el amor apasionado a Jesucristo y la necesidad inagotable el Espíritu, como distintivos de la identidad cristiana.

         Lo importante del relato evangélico es el reconocimiento de Jesús como Señor. Los dos discípulos de Emaús pasan del no reconocimiento a la identificación, de la incertidumbre a la visión plena, de la increencia a la fe. Ciertamente el camino entre Jesús y los dos discípulos se presenta a realidades plenas: comprensión y escucha de la misma Palabra y además el reconocimiento de la misma Palabra en la fracción del pan. La aspiración de los dos discípulos de Emaús se transforma en una oración llena de fe: ¡Quédate con nosotros! y el caminante anónimo realiza ante ellos unos signos que, en su memoria, recuerdan la Última Cena, los gestos de la Eucaristía. Entonces se les abrieron los ojos  y reconocieron al Señor, el Resucitado. Para llegar a esta realidad es necesario tener en cuenta cómo el Señor manifiesta su actitud de no forzar de ningún modo a los que tiene delante de él en la mesa. Su pedagogía es, antes de nada, la expresión plena de amor y de prudencia. En ningún momento provoca una situación de exigencia ya que a través de la Escritura les ayuda a comprender el significado de su  vida y de su misión. Los cristianos tendríamos que examinar nuestra fe a la luz de Cristo resucitado en un ambiente de humildad, de escucha y de gracia. Para nosotros es la experiencia fundamental de la fe y de la esperanza en Dios que resucitó a Jesús para renovarnos y para hacernos herederos de su promesa. Y esto nos lleva a un acto de fe: Bendeciré al Señor que me aconseja; hasta de noche nos instruye eternamente (salmo 16, 7).   

NUESTRA REALIDAD

Cuando los cristianos hablamos del Resucitado no lo debemos tomar como confesión de fe. San Pablo nos enseña que consiste en conocer a Cristo y el poder de su resurrección, hasta el punto que llega a decir: Ya no vivo yo, sino que es Cristo que vive en mí. Necesitamos examinar muy en serio y reavivar nuestra fe recuperando la experiencia viva del Resucitado.

¿Somos capaces de afirmar en la fe que Él está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo? Los discípulos de Emaús salieron del encuentro con Jesús con la certeza de no estar solos en la vida y es que no volvieron a ser los mismos. La vida del cristiano, una vez que vive y goza la Resurrección, acepta en su interior y en la expresión de su vida. una conciencia de nunca estar solo sino de querer ver y vivir la realidad con los ojos de Cristo. Ya nunca estamos solos, contaremos siempre con un Dios Padre que nos quiere ver llenos de vida y en el futuro creer que solo hay una manera cristiana de vivir.

EXAMEN y ORACION

Estos días vamos leyendo y escuchando lo referente a la resurrección del Señor y todo eso ¿qué valor tiene para un cristiano? Leyendo el Evangelio encontramos felices a los apóstoles, ilusionados a los discípulos de Emaús, un lenguaje total de esperanza y ciertamente muchos discípulos cristianos manifestando una alegría plena y hasta un deseo de manifestarlo sin limitaciones.

Nosotros, que nos definimos como cristianos y vivimos en este momento de la historia, estamos llamados a plasmar si la Resureción del Señor penetra en nuestro interior, si aparece con la alegría de vivir y gozar, si nuestro estilo de testimonio traspasa lo corriente y manifiesta el espíritu de los creyentes que caminan con Jesús.

Nunca mejor que hoy manifestar desde la fe, que somos caminantes en la convicción de que no vamos solos y que la presencia del Resucitado se manifiesta en nuestra vida y en nuestro testimonio. ¿Hasta que punto creemos el contenido de la oración-colecta de hoy en la Misa?: Que tu pueblo, Señor, exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu, para que todo el que se alegra ahora de haber recobrado la gloria de la adopción filial ansíe el día de la resurrección con la esperanza cierta de la felicidad eterna. Por J. N. S. Amén.

CONTEMPLACION.      

Esta esperanza de la Resurrección, este don, esta promesa, esta gracia tan  grande la vieron desaparecer de su alma los discípulos cuando murió Cristo. Con su muerte, se les vino abajo toda su esperanza. Se les anunciaba que había resucitado, y les parecía un delirio las palabras de quienes lo anunciaban. ¡La verdad se había convertido en un delirio! Si alguna vez se anuncia la resurrección en nuestro tiempo, y a alguno le parece ser un delirio ¿no dicen todos que bastante desgracia tiene? ¿No lo detestan todos, lo aborrecen, se apartan de él y no quieren escucharlo? Esto eran los discípulos tras la muerte del Señor; lo que nosotros detestamos, eso eran ellos…

Al verlo muerto perdieron la esperanza en él. Les abrió las Escrituras para que advirtiesen que, si no hubiese muerto, no hubiera podido ser el Cristo. Con textos de Moisés, del resto de las Escrituras, de los profetas, les mostró lo que les había dicho: «Convenía que Cristo muriera y entrase en su gloria». Lo escuchaban, se llenaban de gozo, suspiraban; y según confesión propia, ardían, pero no reconocían la luz que estaba presente (san Agustín en sermón 236, 2-3).

ACCIÓN.- Delante del Sagrario meditemos y dirijamos al Señor Resucitado las palabras de los discípulos de Emaús: QUEDATE CON NOSOTROS PORQUE ATARDECE y el DIA VA de CAÍDA.

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