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A primera vista, parece algo conocido y, sin embargo, la realidad es bien grande y total: El CUERPO y la SANGRE de CRISTO. Llevada así al interior, el cristiano se encuentra ante un misterio que trasciende la valoración y la profundidad que nosotros podemos hacer.
Fr. Imanol Larrínaga, OAR - 30/05/2018

Las palabras de Jesús son claras: Tomad, esto es mi cuerpo; Esta es mi sangre. Las palabras son pronunciadas en un momento trascendental, lleno de amor y con el deseo de que los apóstoles vivan el gran don que se les ofrece y, en adelante, se transforme en alimento total de todos los que sigan al Maestro.

         La Eucaristía nos hace gozar de tres realidadrs que son gracia: el Señor regala al pueblo de Israel los diez mandamientos que corresponden al código de la Alianza que será para el pueblo de Dios el símbolo de la vida. La venida de  Cristo a la historia del mundo es el “sacerdocio” de Cristo: Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes defintivos; es decir, de la buena nueva hasta el punto que el sacrificio de Cristo es ser “mediador de la alianza nueva”. Él viene a la historia humana como Redentor, entregando su cuerpo y su sangre para la salvación de la humanidad. 

         Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos. Dios ha querido la salvación de la humanidad y ha hecho realidad para nosotros la presencia de su Hijo como gracia que nos renueve. Cristo se ofreció a sí mismo y este auto-ofrecimiento se hace a través del Espíritu eterno, o sea, del Espíritu de Dios, que lo recibió en la eternidad e hizo posible la redención eterna, recibiéndolo en el santuario celeste -ante el Padre- donde ejerce eternamente su sacerdocio intercesor.

         Toda nuestra atención es la “vida en la fe” y  debe estar fundada en el Cuerpo entregado-sangre derramada: Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos.Derramar la sangre es el signo de la nueva alianza que Dios hace con toda la humanidad; es la entrega de la vida hasta el extremo como señal de la salvación definitiva realizada por Dios. Este regalo nos debe llevar a una experiencia interior que modifique totalmente nuestra vida, oriéntandola desde la convicción total del Hijo de Dios que nos ama y hasta se convierte en alimento vital que manifieste su origen y su presencia. La sangre de Cristo llega a purificar  nuestra conciencia para que nosotros quedemos purificados cuando nuestros pecados son perdonados. Así podemos comprender que los cristianos somos llamados para formar un solo cuerpo animados  por el único Espíritu que actualiza en nosotros la presencia de Jesucristo. El Hijo de Dios, roca y fundamento de la comunidad cristiana, es un acontecimiento sin igual, una Persona que da nuevo horizonte a nuestra vida y, con ello, una orientación decisiva. 

         ¡Ojalá fuéramos los cristianos capaces de entrar en la riqueza de este misterio y dar a nuestra vida una visión y una experiencia de fe basada el misterio de la Eucaristía! Él se nos hace presente en la Eucaristía, se nos hace cercano y accesible; nos habla a cada uno sin pronunciar palabras y nos lleva hacia lo bueno. Cristo Jesús, desde su presencia en la Eucaristía, nos enseña a manifestar gestos desde la fe y a poner signos en la vida de las personas, para hacer creíble la cercanìa de Dios.

RESPUESTAS desde NUESTRA REALIDAD

         Ante el maravilloso don que el Señor nos concedió en el Jueves santo, su propio Cuerpo y Sangre, tenemos el maravilloso regalo de la presencia del Hijo de Dios para siempre y por siempre. Nunca mejor, que hoy, el poder recordar el Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. La certeza de su presencia y su promesa de permanecer siempre con nosotros es el alimento que nunca nos va a faltar. De ahí que, por nuestra parte, debemos ser personas con conciencia de Quién ha entrado “en mi casa” y  estar abiertos a la experiencia de Dios. ¡Qué tal sin meditáramos que el Hijo de Dios es roca y fundamento de toda la comunidad cristiana y que nos da un horizonte a la vida y, con ella, una orientación definitiva a nuestra fe!

ORACION

         Oh Dios, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión, te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas…

PENSAMIENTO AGUSTINIANO

         Lo que estáis viendo, amadísimos, sobre la mesa del Señor, es pan y vino: pero este pan y este vino se convierten en el cuerpo y la sangre de la Palabra cuando se les aplica la palabra. En efecto, el Señor era «la Palabra en el principio y la Palabra estaba en Dios y la Palabra era Dios». Debido a su misericordia que le impidió despreciar lo que había creado a su imagen, «la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros». Como sabéis, pues, la Palabra misma asumió al hombre, y se hizo hombre permaneciendo Dios. Y, puesto que sufrió por nosotros, nos confió en este sacramento su cuerpo y su sangre, en que nos transformó también a nosotros mismos, pues también nosotros nos hemos convertido en su cuerpo y, por su misericordia, somos lo que recibimos (san Agustín en Sermón 229. 1-2).

 

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